Este es un Blog en donde reuno artículos de prensa de los últimos 30 años, ensayos históricos y políticos, cuentos, poesía y novelas breves que resumen una visión de la Colombia posible, con la que todos soñamos...
Si Alvaro Gómez se hubiese salvado de la conspiración urdida por la narcoparamafia que mandaba en el país, en los terribles días en que se decidió su asesinato, hoy a sus noventa años de edad, estaría aconsejando a Colombia sobre la conveniencia de volver a construir un nuevo ACUERDO SOBRE LO FUNDAMENTAL, principio elemental elaborado en su mentalidad de brillante estratega.
Han pasado catorce años de su inútil y cada vez más despreciable sacrificio y lo único que queda claro es que ésta nación sería otra si hubiésemos elegido a Alvaro en 1.986 o en 1990. Pero a los colombianos nos pudo más la consigna sectárea e irredimible del tripartidismo sembrado a lo largo de todo el pasado siglo, causante de gran parte de los males que nos aquejan y preferimos reeditar caudillos gastados y bribones audaces que se tomaron la nación a su antojo.
Sinembargo, ¡qué paradojas tiene la vida! Aquel viejo axioma, producto de sus cavilaciones cuando aseveraba que "Colombia es un país conservador que tiene la costumbre de votar por los liberales", o aquel gracejo tan evidente hoy como ayer de que "las encuestas son como las rellenas, que son muy sabrosas pero es mejor no saber como las hacen" se volvió más cierto que nunca después de su muerte. Los liberales, al igual que en los tiempos de Tomás Cipriano de Mosquera y de Rafael Nuñez, apoyaron un disidente de ideas tan conservadoras como las de Alvaro Gómez Hurtado y los copartidarios del malhadado dirigente, quienes solo se unían para estar en su contra, ahora lo hacen por quien mejor interpreta sus propuestas e ideas de siempre. ¡Más Alvarista de pensamiento y de corazón que Uribe, tan solo el propio Alvaro Gómez!
Alvaro Uribe releyó los cuarenta y un libros publicados por Alvaro Gómez y se dedicó a interpretar la partitura de ese elaborado pensamiento nacional descrito en "Hoy en el pensamiento de AGH" (1968) y "Políticas para un país en desarrollo" (1973), pasando por "La revolución en América" (1958) hasta llegar a la propuesta que presentó como plataforma el Movimiento Primero Colombia, que es una reedición de "La posibilidad de hacer política limpia: una democracia sin partidos"(1995). El "Ideario", "Posiciones políticas", los "Temas cardinales" y "La calidad de la vida", sumadas a aquella profética conferencia de construir un Acuerdo sobre lo fundamental, pronunciada en 1989, constituyen la razón de ser del éxito de la política Uribista.
Los hombres sinembargo, gobiernan de la misma manera como siempre han vivido, al igual que los cirujanos operan de la misma manera como caminan. Genios de la palabra terminan convertidos en monumentales fiascos en la gestión¿Cómo olvidar el fracaso como Alcalde Mayor de Bogotá del elocuente Jorge Eliécer Gaitán? La melancólica, cobardona y humillante gestión de Pastrana Arango? ¿El populismo ramplón del hombre que permitió que se hiciera de todo a sus espaldas? O la melancólica indefinición del gobierno del Mandato Claro, que de claro tuvo muy poco y de mandato popular como lo había presupuestado en quince años de oposición su orquestador tuvo mucho menos?
¿Cómo habría sido un gobierno de Alvaro Gómez? No se estaría hablando de patria, de nación, de visiones proféticas y del pensamiento Bolivariano? No estaría igualmente dedicado a erradicar la guerrilla, el narcotráfico y rechazando el nacionalismo de izquierda tan de modo por estos días? Un hombre que soñaba con las muchedumbres y banderas del alegre Otto Morales Benitez, seguramente que se habría dejado seducir por el mismo virus empalagoso del poder omnipresente e igualmente habría sucumbido ante la visión mesiánica de la democracia. El, al igual que Alvaro Uribe Vélez, se habría agazapado a la espera de que el populismo estripase su personalismo cuartelario contra la democracia venezolana, boliviana, ecuatoriana, argentina, paraguaya y hasta estadounidense, para erguirse una vez más como el último mohicano en defensa de sus viscerales convicciones de derecha, con la simulada oposición del neoizquierdismo que recorre América.
PUERTO TEJADA “EL PUEBLO QUE REGALO UN ARBOL DE CACAO EN ORO”
EBRIOS DE LIBERTAD, CONSUMIDOS POR EL FUEGO DEL LIBERALISMO QUE SENTIAMOS CORRER POR LAS VENAS, CREIMOS QUE ERA LA MEJOR MANERA DE ABRIRNOS PASO HACIA EL FUTURO. NO COMPRENDIMOS EL PRECIO QUE PAGARIAMOS POR NUESTRA INGENUIDAD.
Felipe Zapata apenas andaba por sus veinte años y había aprovechado la llegada del candidato presidencial del Liberalismo, Eduardo Santos, a Puerto Tejada, no solo para dar rienda suelta al potro brioso que cabalgaba sangre arriba al paso de las mujeres más bellas del norte del Cauca de aquellos brillantes días, sino para moler la caña de sus primeras mieles en la política. Había madrugado desde Las Cosechas, vereda del Corregimiento de Padilla, en Corinto y en compañía de centenares de campesinos, negros Liberales como él, se les metió en el cuerpo el gusanillo de querer darle la mano a uno de los grandes de la República Liberal.
Puerto Tejada era entonces la “Capital cacaotera de Colombia” y quien visitaba al Cauca sobreviviente de las hecatombes civiles de finales del siglo XIX, se encontraba con sus calles polvorientas, rectas y alegremente arborizadas, apretujadas por las recuas de animales cargados con las cosechas de sus 10.000 hectáreas sembradas en cacao y centenares de balsas de guadua atracadas en el entrecruce de sus dos ríos a la espera de los compradores de cacao, café, plátano y oro. Las mujeres lucían atuendos multicolores y esterlinas de oro con una africanidad cercana. Los hombres de entonces se ataviaban con sombreros de fieltro, paño real inglés y zapatos tres coronas. Los negros ostentaban con orgullo su libertad y lucían sin falsas modestias su momento de prosperidad.
Una decena de jóvenes, ardidos por el fuego de las pasiones partidistas, hijos y nietos de esclavos y libertos que aún en esa época exhibían las cicatrices que desde los pasados años les estrujaba el alma, en sus buhardillas de estudiantes en la Capital habían atisbado incrédulos el ingreso de Olaya Herrera al Palacio de San Carlos, participado de la agitación revolucionaria que los cachacos le habían armado al gobierno de López Pumarejo, recitaban de memoria apartes de los encendidos discursos del “Negro” Gaitán, se sentían dueños del sueño que mecía los destinos de un Partido que había realizado la reforma constitucional del siglo, la reforma educativa, la política agraria, la ley 200, en fin, se sentían comprometidos con los caudillos de esa masa irredenta de colonos y campesinos que solo conocían de sudor, zancudos, fatigas y soledad sin nombre.
Los Peña, los Viáfara, los Viveros, los Mancilla, los Mina, Ararat, Lasso, Villegas, Casarán, Balanta, toda esa camada de negros en quienes la dignidad y el orgullo no desentonaban, solo entendían entonces que la hora para que el negro ocupara otro lugar en aquel concierto que vivía la Colombia recalcitrante nacida de la Revolución en Marcha, había llegado.
Aquella multitud vociferante, animada por la brisa fresca que llegaba del río Palo y por el aguardiente que corría a mares, se aprestaba a participar de un espectáculo insólito que debió causar un sentimiento de culpa en el propio candidato presidencial Eduardo Santos y su comitiva de auxiliares sofocados y displicentes, porque ese pueblo de miserables, ese pueblo de negros palenqueros y “huidos” de las haciendas de los Arboleda y los Mosquera, ese mismo hato de rebeldes que al ruido del cohete se alineaban en la plaza de los samanes igualmente gigantescos, con sus machetes listos para cualquier cosa, que no tenían agua potable en 1.938, ni la tendrían sesenta años después cuando su nieto estuviese haciendo el mismo recorrido para hacerse con la Presidencia antes de terminar el mismo siglo, que no tenían nada, ni luz eléctrica, ni colegios, ni grandes obras que mostrar….¡le entregaría ese medio día un árbol de cacao con treinta y tres mazorcas hecho en oro!
La joya que tenía unos diecisiete centímetros de altura, hojas que imitaban las de la planta y las mazorcas, todo hecho en oro de buen quilate, le fue entregada por las jóvenes más distinguidas de aquella sociedad de linajes arrancados a jirones de las guerras civiles. Santos respondió a los discursos citando los lugares comunes por donde todos transitamos en Colombia. Su discurso dejó la sombra de una pena…el eco de un dolor inexplicable.
Pero ni Eduardo Santos, ni los que le sucedieron a excepción de Carlos Lleras, entendieron el mensaje del árbol de cacao que envolvía los sueños de los negros! En sus ramas se resumía el respaldo unánime que brindaba un pueblo hambrientote Liberalismo que rechazaba erguido el llamado a la “desobediencia civil” que había hecho el “leopardo”Augusto Ramírez Moreno desde los micrófonos de la Voz de Colombia, como recuerda sesenta años después uno de los organizadores de aquel acto tan criticado desde entonces. Sus frutos simbolizaban lo que puede hacer la libertad en los hombres y cuanto puede alcanzarse cuando hay justicia!
Pero nada! Nada nos ha llegado! Solo la muerte donde pueda encontrarnos!
Para 1950 las tierras sembradas en cacao eran ya solo 6.000 hectáreas, en 1960 se contabilizaron 4.200 y la producción de cacao seco había disminuido de 6.000 a 888 toneladas. En 1970 las tierras sembradas en cacao eran inferiores a 1.000 hectáreas y hoy…”nos hacinamos 32 miembros sobrevivientes de la Federación de cacaoteros en 100 hectáreas” –confiesa con amargura Fabián López su vocero más obstinado-, para quien- “los últimos gobiernos “dizque liberales”, sobretodo el de Gaviria”, hicieron hasta lo imposible por acabar con el campesinado. Y casi lo consiguen”!!
Para los campesinos norte caucanos la historia del “árbol de cacao en oro que se le dió a Eduardo Santos”, está enmarcada en la interminable cadena de frustraciones que los ha llevado al escepticismo total de la clase política.
-“Gaviria llegó a la Presidencia sin la conciencia clara de lo que tenía que hacer. Los remordimientos que lo consumen son los que lo sacaron del país. Para nosotros…éste semillero de jornaleros que dejó enterrado en vida, lo tenemos por bien ido- agrega Fabián, sin importarle los logros y sabores de aquel mandatario.
Para Felipe Zapata, con las encallecidas manos que más parecen de tallador furtivo de máscaras ceremoniales, las desilusiones acumuladas en los años de abandono que a duras penas le permiten sobrevivir en su perdido rincón de Las Cosechas le han quitado el brillo de los ojos acostumbrados a la soledad de su platanera en las vegas del río Güengüé, pero una resaca de amargura hiela su sangre donde los buenos recuerdos empiezan a marchitarse.
- La plaga conocida como “escoba de bruja” acabó con nuestra solvencia y jamás respondieron a nuestras súplicas de ayuda, después los créditos infernales de la Caja agraria nos fueron quebrando. Y luego vino el desastre cuando nos metieron en el engaño de sembrar el cacao “ingerto” cuya producción no era comprada con el cuento de que parecía el cacao que se le robaban a los importadores del Ecuador. Y para terminar, cuando arrancamos el cacao nos metieron hasta por los ojos la bendita soya que nos trajeron los gringos del CIAT, que al poco tiempo no la compraban ni fiada…en fin! La mayoría se entregó. Embargados regalaron la tierra a los judíos para sembrar caña, porque no tenemos gobierno que nos respalde! Al paso que va el Liberalismo terminaremos respaldando un candidato conservador!!”-
Cuando venga Juan Manuel Santos a Puerto tejada – dice uno más proveniente de La Caponera- me gustaría que lo invitaran a la Casa campesina, para que vea en lo que quedó nuestra lucha: en mano de los Testigos de Jehová, cómo le parece carajo!!”
La clase política de Puerto Tejada perdió la dignidad, su orgullo y altivez de antaño. El pueblo sigue igualmente polvoriento y bullanguero aunque sin sus ceibas milenarias y cada vez más difícil de contemplar sin sentir una sensación de vacío, porque una raza que pierde la brújula de su identidad cultural pierde hasta las razones del corazón y después de eso solo Dios sabe lo que le queda por soportar a un pueblo!
Pese a que el viejo Cauca Grande en política quedó convertido en un desierto de cenizas petrificadas donde no hay espacio para las conquistas del espíritu sino para las ligaduras de la devoción mecánica, pese a que tan solo quedan tizones de derrotas y humareda de orgullos, pese al tufo melancólico de los recuerdos y la taciturna embriaguez de los pequeños logros de ahora, el pasado siglo le perteneció al Cauca.
Todavía me parece escuchar el chasquido de placer con el cual los Payaneses celebran haber llevado al solio de Bolívar catorce presidentes en toda la historia de la república: nueve titulares y cinco encargados. Y nadie se sonroja porque en la lista aparezcan tres nacidos en Cali y Buga, porque desde entonces y sin remordimientos “el Valle era parte de la Provincia del Cauca, como lo fue después del Estado Soberano del Cauca y de nuestro departamento hasta 1.910”. Y es cierto. Los Caucanos no se equivocan. Fueron presidentes titulares en su orden: Joaquín Mariano Mosquera en 1.830; Tomás Cipriano de Mosquera 1845 a 1849, 1861 a 1864, 1866. José Hilario López 1849 a 1853; José María Obando 1853-1854; Manuel María Mallarino 1855-1857; Julián Trujillo 1878-1880; Carlos Holguín Mallarino 1888-1892; Manuel Sanclemente 1898-1900 y Guillermo León Valencia 1962-1966. Además ejercieron la Presidencia de la República en calidad de encargados Froilán Largacha (4 meses en 1863), Ezequiel Hurtado (4 meses en 1884), Eliseo Payan (5 y ½ meses entre 1887 y 1888, Euclides Angulo (1 mes en 1908) y Víctor Mosquera Chaux (8 días en 1981).
Sin embargo, el Valle generó de su tierra cuatro presidentes indiscutibles.
MANUEL MARIA MALLARINO, gallardo y prestigioso abogado cuyo talento y patriótico desempeño ha sido reconocido por todos los historiadores, gobernó entre 1855 y 1857 un barco que había soportado la tormenta de anarquía que se tomó el país ante la mediocre y paupérrima gestión de Obando. Precursor de una desusada decencia y una desconocida búsqueda del entendimiento Nacional, desarmó el espíritu filibustero que recorría el país sometido a los hervores de la inmadurez política y el olor a pólvora que envenenaba la sangre de nuestros caudillos.
MANUEL ANTONIO SANCLEMENTE nacido en Buga en 1814 y muerto en Villeta en 1902. Al igual que su antecesor abogado de la Universidad del Cauca fue electo Presidente cuando solo se debe ser abuelo, para el sexenio 1898-1904. Padeció como nadie los sinsabores del poder: la guerra de los mil días iniciada por el Liberalismo en octubre de 1899 y cuyo trágico final acompañado del desgarro de Panamá no alcanzó a vislumbrar.. La hiel del desengaño tocó a la puerta de su residencia de convaleciente en Villeta, de la mano del cobarde traidor elegido como vicepresidente, José Manuel Marroquín quien le dio golpe de Estado. Sanclemente, agonizó en silencio, cavilando, con sus ojos almendrados y opacos mirando el más allá, en la convicción de que algunos hombres tienen misiones y oficios más elevados que quitar la vida a sus semejantes y así mejor la muerte en olor de dignidad, tal vez con el pudor de los años, aunque lejos de los bosques y guaduales por donde se perdía el humo de los trapiches del Valle.
ELISEO PAYAN nacido en Cali en agosto de 1825 murió en la hacienda de la familia en las afueras de Buga en junio de 1895. Después de combatir en las guerras civiles de entonces por cerca de 45 años al lado de los Liberales y de haber ejercido la Presidencia del Estado Soberano del Cauca que era como el 30% de la Colombia actual, defendió con denuedo el gobierno Regenerador de Núñez, Conservador entonces, en 1895. Esto le permitió ser elegido Designado y encargarse de la Presidencia en dos oportunidades en 1887 y 1888. Pero su espíritu libertario lo perdió frente al criterio cerrado y la estirpe Calvinista que destilaba la reciente Constitución de Núñez, quien propició la ley que revocaba su investidura.
Por todo lo anterior, quien llena las mejores páginas de los Presidentes del Valle del Cauca es indudablemente JORGE HOLGUIN MALLARINO. Linajudo, aristócrata, pero con un carisma que difícilmente han heredado a migajas sus descendientes. Nació en Cali en 1848 y murió en la agitada neblina de la polémica Bogotá en marzo de 1928, aquel inolvidable año de los debates por la “masacre de la Bananeras”, cuando la ciudad tenía tranvía. Fue el primero y el último Presidente del siglo XX nacido en el Valle del Cauca. Hombre de excepcionales condiciones de quien se escribió: “no tuvo la ilustración de su hermano (Carlos Holguín, nacido en Nóvita Chocó quien gobernó entre 1888 y 1892) ni su elocuencia parlamentaria, ni fue tampoco un escritor tildado y elegante, ni un polemista de primera talla, pero aventajó a aquel en el conocimiento de los hombres y en lo que fuera su cualidad predominante: el buen humor..”
Con raras excepciones los Presidentes de Colombia posan de una solemnidad que carcome el más elemental sentido de espontaneidad y naturalidad. Viven sometidos a un idolátrico complejo megalomaníaco que los hace torpes, inauténticos, atorrantes y posesos de divinidad.
De Holguín en cambio, se cuentan anécdotas que han sobrevivido al tiempo, como aquella de sus años de Ministro, cuando le gritaban desde las barras del Congreso que explicara el origen de sus riquezas, lo retratan felizmente:
- “…Que cómo hice los pesos que poseo? Van a saberlo: yo tuve poco Colegio. Eso de los latines, de los artículos en los periódicos y de los discursos, es de mi hermano Carlos. Yo, ni sé latín, ni sé escribir en los periódicos, ni sé hacer discursos. Todo el talento se lo llevó mi hermano! Pero una cosa sí tengo. ¡Soy vivito para los negocios! Alguna cosa habría de tener..”
Y así, con ese desparpajo típicamente nuestro se encargó de la Presidencia de la Republica tres veces. Quizá porque en él las heridas de las campañas y la amargura de las guerras no dejaba cicatrices de rencor o porque comprendió que el ejercicio del poder no es una meta sino un aparejo de viaje en el camino de la vida de un hombre público.
En abril, la callada muchedumbre de negros de la vereda El Barranco en el municipio de Corinto, abandona sus casas a las orillas del río Güengüé desde el amanecer. Una llovizna gris les provoca un atrancón de nostalgia, y un amago de tristeza inexplicable le estruja el alma. Es un mes que resuma un atafago de éxtasis y agonía para quienes tienen el privilegio de visitar la hacienda de García Abajo, en el norte del Cauca, sitio de incalculable valor histórico, conservado fortunosamente con un esmero intachable y un rigor de sacrificio que no tienen precio.
La grandiosa construcción, plena de valiosos secretos y rodeada de un halo de misterio, es la más artística demostración del siglo XVIII en nuestras tierras. Las “haciendas” como tales, nacieron en tiempos de la Colonia Española Para suplir el abastecimiento agrícola indígena ante el crecimiento de la población y las exigencias de Encomenderos y Mineros. Así fue como a fines del siglo XVII y comienzos del XVIII las primeras haciendas de valle del río Cauca surtían de carne a las regiones mineras del Viejo Antioquia y el Cauca Grande. Los hacendados vivían en Caloto, Santiago de Cali, Guadalajara de Buga y Popayán desde donde coordinaban el trabajo de sus peonadas y cuadrillas de esclavos. Una extensa bibliografía descubre como en 1688 los Arboleda compraron en 60.660 pesos de la época la Hacienda de La Bolsa. En 1777 don Francisco Arboleda adquiría la hacienda de Japio en 70.000 pesos a los Jesuitas, quienes no solo criaban ganado allí sino en Llano grande donde tan bien mantenían centenares de esclavos.
En el norte del Cauca sobreviven hermosas haciendas: Japio, Quintero, La Bolsa, Pílamo y Garcíabajo. Si bien un alto porcentaje de las tierras están dedicadas al cultivo intensivo de la caña de azúcar, en la mayoría subsisten pequeños potreros circundantes a las grandes mansiones donde pastan a placer algunas vacadas. Pero García Abajo tiene el privilegio de ser la memoria viva de una etapa grandiosa y trágica de nuestra historia, a la que debemos volver sin sobresaltos para entender mejor las intensas contrariedades que nos afligen.
La hacienda está ubicada a unos cinco kilómetros del municipio de Padilla a mitad de camino de agradable carretera pavimentada que une a Miranda con Corinto. Medio kilómetro adelante del “ puente de los esclavos” que se levanta sobre el río Güengüé bajo cuyos arcos descienden tormentosas y acorazadas en un lecho de piedras brillantes sus aguas cristalinas, se encuentra el camino de ingreso; la carretera bordeada de samanes centenarios que forman un arco de sombras bienhechoras invita a caminar e imaginar, cómo hace doscientos años el cabriolé o landó de la familia Mosquera, traslado a por el mismo camino a Ana Maria Crespo, hija natural del aristocrático tronco que daría tanto prestigio y tantos dolores de cabeza a la naciente república en el pasado siglo.
El camino hace una curva al final y de pronto bajo un concierto de gorriones y azulejos aventureros, el vuelo plácido de una garza extraviada y grupos dispersos de aves que viven a plenitud en el inmenso samán central, aparece la magnificencia del pasado en los múltiples arcos victoriosos de la gran casona y sus regias construcciones circundantes: los cimientos visibles de piedras pulidas, las columnas histriónicas delineadas con columnas antropomorfas e inscripciones egregias, amplios corredores cercados de chambranas talladas en madera, estratégicas ventanas entreabiertas, fuentes de helechos arqueados, y hojas rotas gigantescas que rivalizan con soberbios tinajones exhalando una frescura de encanto donde sobreviven sombreros de esparto dejados al azar sobre baúles sin tiempo y los altos asientos en cuero repujado. Aquí y allá grandes bateas de cobre reposan después de haber cumplido su cita con el pasado y a un costado emergen las huellas de los caneyes donde departían los esclavos y donde seguramente, anduvo cabriolando con los hijos de los trabajadores negros el niño rubio que estaba predestinado a representar mejor que nadie una alianza implícita y una empatía natural con los negros del Patía y del Norte del Cauca a lo largo de sus interminables guerras civiles.
Al anochecer una brisa fresca y voluptuosa que juguetea alrededor de la casa con las columnillas de humo azul que serpentean entre la llovizna, permite volver a escuchar el resoplido de los caballos y el cocear de las mulas en la cuadra, como cuando llegaba de paso, cubierta la capa impermeable por el barro del camino, el fantasma de esa mansión solariega, el pelo revuelto por la peso de la amargura, la casaca abierta, los bigotes ensortijados por el sudor y el polvo del exilio en los ojos encandilados por la resolana del trópico descubren de nuevo la varonil figura del general Obando.
Los contornos de García Abajo no son menos dignos de la tradición histórica que envuelve la región. Cerca de allí, de este y del otro lado del río, las “mamalúas” Yorubas continúan pitonizando los sueños de sus hijos y dándole a cada circunstancia de la vida el rigor fantástico que les viene de su cultura Africana. Desde entonces han transcurrido dos siglos, pero en los ojos de los negros aún yace la misma llama nostálgica que los mantiene atados al pasado impidiéndoles romper el cascarón de su soledad.
La historia ha comprobado el insólito fervor popular que acompañó a Obando en su vida pública. El haber nacido hijo natural de Ana María Crespo y el Cirujano español José Iragorri, combatir decididamente por España al comienzo de la guerra y mantener la dignidad como soldado de la revolución al lado del coro de aduladores que asfixiaba al Libertador, su enfrentamiento con el atildado abolengo que lo había desconocido y negado, no le impidieron llegar a la Presidencia de la Republica en hombros del populacho de la Sociedades Democráticas, los artesanos y las negrerías que engrosaban sus batallones. En 1832 como Vicepresidente elegido, se encargó de la alta dignidad por ausencia del titular, exilado entonces, general Santander. Y en 1853, contra todos los pronósticos que acompañan el vivac de un perseguido político, vuelve a ser electo. Haberlo conseguido le generó dolorosos enfrentamientos y odios viscerales que llevaron a sus enemigos a utilizar toda la gama de la falacia política hasta verlo derrotado, al punto que biógrafos respetables han encontrado en su existencia el “sino trágico de abril” : “en abril había tomado posesión del mando, en abril lo derrocaba Melo, en abril lo sentenciaba el Congreso a la pérdida de la investidura y moriría el 29 de abril de 1861, cuando paradójicamente por primera y por vez última peleaba una nueva guerra junto a su archienemigo primo hermano Tomás Cipriano de Mosquera”. En abril siempre llovizna en El Barranco. Es una época extraña, tal vez un poco triste. (OCCIDENTE abril 22 de 1.994)
Recuerdo que esa tarde gris de finales de enero de 1978 en el Líbano Tolima, los campesinos paisas provenientes de aquellas montañas rebeldes colonizadas bajo el humo de los últimos tizones de las guerras de mediados del pasado siglo, parecían silenciosos testigos de un hecho histórico y no los fervientes partidarios de un caudillo que había guiado con el fuego de su luz el sendero de la república liberal.
Carlos Lleras Restrepo lucía una guayabera blanca que le dejaba en plena libertad los brazos desnudos para asaetear el carcomido tronco del partido, destruido y maloliente como una cloaca por el clientelismo sibarita a que lo habían sometido sus dirigentes. Cada frase de su discurso tenía un desusado matiz de irreverencia, una lacerante connotación de latigazo, hiriente, corrosiva, dejando el efecto de una chispa sobre materias inflamables. El cuarto de plaza de quienes le escuchábamos habíamos tenido que soportar los gritos destemplados del Senador Alfonso Jaramillo Salazar y su combativa cónyuge, quienes sentían como propias las heridas sobre las cuales introducía su dedo acusador el candidato a la reelección presidencial… Eran las cinco y treinta de la tarde… y ni siquiera aquella luz abstracta, opaca, descolorida y sin aliento ni aquel posterior crepúsculo inmóvil, inmutable y sin contenido aparente nos hizo caer en cuenta que asistíamos a los funerales electorales de uno de los más grandes líderes del siglo en Colombia.
Aquella campaña terrible había despertado al Liberalismo como las corrientes de un electrochoque agitan las extremidades inertes de un moribundo. Ningún mensaje de reconciliación, ni un solo planteamiento ideológico a lo largo de catorce dolorosos meses de reyerta. A duras penas, anécdotas insanas que el tiempo cobraría como cuando en las paredes del Tolima los unos escribían “Turbay 78 – Santofimio 82” y los otros agregaban : “años de cárcel”.
Sin embargo y pese a ese mal disimulado pesimismo que nadie supo entonces descifrar si acababa de comenzar o venía desde los erráticos días del LleroLopizmo entre los agitados días de octubre de 1971 y abril de 1974, ya que Carlos Lleras no definió con certeza sus verdaderos propósitos sino cuando Alfonso López Michelsen era incontenible, aquella noche lo vi reír divertido, cuando alguien leyó en voz alta el boceto de epitafio futuro que le había dedicado Ciro Mendía en su libro “Caballito de siete colores”:
Don Carlos Lleras y Restrepo, era Un horno de energías superado, El magnate de ideas al contado, El feliz combatiente de bandera.
Un treinta y ocho corto era por fuera Y por dentro fue un mástil historiado, Con su llave maestra abrió confiado, La puerta de la patria…Toda entera La casa adecentó, le cambió el techo, La dejó como nueva, ante el despecho De la fallida, de la inepta tropa.
Falleció de un resfrío, porque inquieto Con su pistola de agua un guapo nieto, Le perforó la calva a quemarropa.
Por allá en los tiempos de la adolescencia cuando observábamos absortos las explosiones de júbilo conque la generación anterior celebraba “los últimos estertores de la violencia”, recuerdo la tarde memorable en que Carlos Lleras Restrepo fue presentado ante una marea humana como jamás volvería a ver, formada por negros de todos los confines del norte del Cauca. Tronó la voz ardida de sentimientos recónditos de Diego Luis Córdoba, el vigor inusitado de Migdonia Barón, irisó la brisa de la tarde la elocuencia incontenible de Carlos Colmes Trujillo y aún se alcanzó a sentir la quietud expectante de julio Cesar Turbay Ayala. El candidato de la provincia norte caucana era el médico del pueblo, el hombre de los “impromptus”, de la deliciosa camaradería exenta de subterfugios y dobleces, Rubén Ramírez Vivas, quien sin encontrar un epíteto diferente y un adjetivo nuevo a los elogios que se le habían hecho al candidato, solo atinó a decir…:”Después de escuchar las mentes más brillantes y los mejores oradores de Colombia, solo me resta por decir, que verdá pa Dios que me gusta Lleras!!”. A renglón seguido, habló el candidato presidencial en aquel bullicioso diciembre de 1965:
“Copartidarios: después de escuchar el más corto y vibrante discurso de mi vida, en la persona del Dr. Ramírez Vivas y de aceptar complacido el insobornable testigo que él ha invocado esta tarde, no me queda la menor duda de que llegaremos al palacio de San Carlos el próximo siete de agosto!”
La vieja tierra de Padilla reblandecida por una lluvia diáfana, se guardó una imagen sublime de aquella noche de ensueño. El polvo y el lodo de las calles no impidieron que el mensaje de persuasión que entregaron aquel puñado de soñadores delirantes sobreviviera al paso de los años, intacto, pese a los desengaños, al dolor de las frustraciones vivientes, los anhelos de cambio incumplidos, los sueños de redención inalterados y multiplicados por los bramidos y rugidos de las hormigas humanas. En Padilla Cauca, todavía se recuerda las anécdotas de la visita de Carlos Lleras Restrepo.
Quizá, movido por el sentimiento cautivo de los primeros sueños de la vida, por una convicción más profunda que un impulso, al comenzar la década de los setenta algunos jóvenes fuimos seducidos por la imagen de firmeza incorruptible y la transparencia insobornable que parecía emanar del pensamiento de Carlos Lleras y entramos de lleno a organizar los cuadros del Movimiento de Izquierda Liberal o LleroLopizta del Cauca. Movilizamos una formidable maquinaria de entusiasmo e ingenuidad que no obstante la pudibundez e inexperiencia de que hacíamos gala, logró entrabar el aceitado engranaje que como herencia de familia utilizaba con eficaz precisión Víctor Mosquera Chaux. Después de las elecciones de abril de 1972 visitamos la residencia del expresidente en la capital, para darle el “parte de victoria”, y Oh sorpresa! Después de brindarnos un tinto en la imponente biblioteca de la casa, de escuchar con el ceño fruncido por una impaciencia que parecía venirle desde los recovecos más profundos del hígado, nos metió entre los incisos de sus odios aparentes y sus cariños reales demandando respeto y trato muy decente para con el Jefe liberal del Cauca.
Salimos confundidos, regañados, posesos de una resaca de inconformidad que a duras penas logramos disipar en una bacanal de miedo que siguió de largo al amanecer y aún percibo el aliento de hastío de alguno de mis compañeros de aventura en el vuelo de regreso cuando manifestó con amargura:
“¿Qué chiquito tan berraco, no carajo?”…
Y sin embargo anda con el corazón compungido desde cuando le dijeron que el “viejo” se está muriendo…
(Publicado en “OCCIDENTE” domingo 4 de septiembre de 1994)
Periodista, Historiador, Profesor de Literatura y Médico desde hace 45 años. Viajero por Europa Central (España, Francia, Italia) Norte, Centro, Suramérica y las Antillas. José Ramón Burgos además ha escrito siete novelas inéditas: "Hubo una vez un comandante en tres esquinas"(EL REGRESO) (1972), "LA SANGRE DE DAVID" (1988), "Aquellos días difíciles" (2003), "EL MENSAJERO DE SATMAR"(2017), "LA DIPUTADA FRANCESA"(2019) "CYRANA"(2020), "AL FINAL DE LA ESPERA"(2020), Obras de Teatro "YO CARLOS", Ensayos históricos y artículos de prensa sobre la situación nacional y latinoamericana.
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