LA HUELLA DE TUS MANOS
Es un tallo de nieve y ola breve,
es un tallo de musica tan suave,
que el corazón- tu corazón- no sabe
si es el amor o el tallo que se mueve.
En ese tallo- es flor de tu cabellera-
está de punta en blanco la blancura
y amapolando gracias se consume.
Un tallo tan sutil que si no fuera
por la luz que sostiene tu cintura,
hasta lo doblaria tu perfume.
El PECADO DEL ÁNGEL
Siempre cuando en su alcoba perfumada
la amada al desnudarse pretendía,
el Ángel de la Guarda se salía
al momento del cuarto de la amada.
De la vecina estancia distinguía,
con el placer de un alma enamorada,
el ruido de la seda liberada
de aquella blanca y dulce tiranía.
Una noche el buen Ángel, de repente,
en el espejo vio las maravillas
de aquel desnudo cuerpo transparente.
Y al sentir que en pasión se iba abrazando
cayó, como un esclavo de rodillas
ante la luna de cristal llorando.
OTRA VEZ
Otra vez, corazón, has claudicado,
otra vez, corazón, has delinquido,
otra vez, corazón, estás perdido,
otra vez, corazón, te han derrotado.
Te han herido otra vez, viejo bandido,
te han herido otra vez, oso cansado
te han herido otra vez , roto soldado
te han herido otra vez. Y mal herido!
Te dije que: !No más! Así flechado
quería verte. Y a tu edad... rendido,
te presentas de nuevo: enamorado?
¡Qué atrevido!
Por el momento quedas perdonado.
Pero que sea la última....querido!

Virgilio Olano pertenece a ese grupo de personajes en vía de extinción: médico, poeta, escritor, diplomático, compositor, muralista, académico, en fin, cuesta mucho trabajo separar los elementos esenciales de una personalidad tan polifacética, y más cuando se descubre que en cada una de ellas es un valor destacado.
A los cincuenta y tres años es un exitoso médico especialista en cirugía: -“El cirujano es el poeta que escribe el verso sobre el pergamino de los hombres y lo firma con el sello inconfundible de su cicatriz”- afirma en uno de sus casi cuarenta libros publicados. Nada de ello le ha disminuido en lo más mínimo su espontaneidad, ni siquiera ahora cuando después de muchos viajes a España en su inalterable periplo taurófilo recibe el reconocimiento de los andaluces y Granadinos por su monumental “Misa flamenca, gitana y torera” presentada con la misma majestuosa cascada de simbolismos espirituales con que conmovió los cimientos de la catedral de sal de Zipaquirá hace dos años.
En sus novelas (Tras la senda de Manolete, Tras la senda de Federico, La tauromaquia de Van Gogh, entre otras) estila la manzanilla de sus oneirismos peninsulares, porque para Virgilio Olano sus nostalgias son más por los tablaos sonoros, el aire abrasador de los redondeles taurinos, las hojas secas sin color esparcidas por las alamedas de la Alambra, que por el mismísimo olor de la guayaba. Sus pequeños dramas, sainetes y sátiras (El Bachiller, Al Diablo con la pezuña, City Tour) y sus zarzuelas (De España vengo, La Gitana y el doctor, La Princesa de El Dorado) así como sus deliciosos Romances Taurinos y Pasodobles a todas las plazas de Colombia lo retratan de pies a cabeza:
-“Soy un hombre del toro! Siento un apasionado respeto por cuanto, lo rodea: su historia, su fuerza creadora, su música, su literatura, su entorno humano. Mis amigos están inscritos en ese marco: libros, música y toros!”-
-“¿Todos tus amigos?”- le interrogo a quemarropa.
-“Bueno. ¡Nadie es perfecto!”- agrega con una amplia sonrisa.
Le he visitado en el primer piso de la Clínica Bogotá donde ejerce como su director científico y espiritual desde hace varios años. Ese es su verdadero centro de gravedad del cual escapa esporádicamente para reconciliarse con la cultura del Universo. Ha permanecido como embajador de la república en las repúblicas de Corea, Indonesia y Filipinas y la última vez que fui convocado por su encantadora Maria Cecilia a la Gran Casona donde ha sentado sus reales, era para recibir al Embajador no residente de Chipre en Colombia del cual es su Cónsul en nuestro país.
Sin embargo entre los alamares de la diplomacia, por entre las hendijas de un tiempo avaro que le impide dar aún más de si mismo en la Sociedad Bolivariana de la cual es su reelecto presidente, en la Academia de la Lengua, las Academias de Historia de Cundinamarca, Sanmartiniana, Boliviana, en fin… todavía le queda soplo vital suficiente para padecer poesía y ser al mismo tiempo piloto privado!
-¿Qué otra cosa puede apasionarte?_ le digo ya sin sorprenderme.
-“Todas las posibilidades de la existencia”- afirma con su vehemencia gentil.
-“Tengo la convicción que la juventud es la capacidad de emocionarse que posee el hombre. Aún me conmueve un buen libro, la música me sigue transportando a sitiales maravillosos y no cambio nada por una tarde de toros. Me han practicado cuatro by pass en el corazón pero ninguno en el alma!”-
Hemos hablado sin descanso sobre la cultura nacional, el fenómeno Mockus y hasta sobre la moribunda luz de las luciérnagas que animan el espíritu de los Cachacos. Virgilio es un hombre con una vitalidad ideológica sorprendente.
-“Hay gentes que muestran una cosa distinta antes de mostrar su cara –dijo refiriéndose al nuevo Alcalde Mayor de la capital- ¡No sabemos quién es! Pero la expresión del rostro de un hombre es un reflejo de su personalidad en él apenas tenemos datos de algunas señales particulares, de las cuales esperamos no tener que acordarnos cuando expire su mandato. Por lo mismo no creo que nos vayan a convertir en la “tenaz” Suramericana como se está registrando en los graffiti”-
-“La cultura nacional viaja en coche y allí ocupa un lugar el “espíritu cachaco”. Ese espíritu que no han logrado destruir ni la superpoblación ni la subcultura para el consumo masivo que “venden” los medios de comunicación de masas y que corresponde a una actitud ante la vida, de la cual soy uno de sus representantes, sobrevive! Y la vanguardia de esta convicción está la mujer. ¡En la actualidad existen veinte mujeres poetas por cada hombre!! Desde la fanática hasta la erótica estamos bajo su sino incontenible!”-
Virgilio Olano construye sus castillos con la fe indoblegable de un alfarero que hace de la arcilla su mejor refugio frente a la realidad. Quiere convocar a todas las Sociedades Bolivarianas en Panamá con motivo del hallazgo de las actas originales del Congreso Anfictiónico convocado por el Libertador Simón Bolívar hace 170 años, las cuales aparecieron en Brasil uno de los países que se excusaron de asistir entonces.
Quien duda que moverá cielo y tierra para conseguirlo?
(Publicado en “OCCIDENTE” el 13.11.1994)
LA ÚLTIMA NOCHE DE MISTER BABALÚ
La mañana de aquel miércoles de neblinas huidizas y eucaliptos inquietos Miguelito Valdés había abordado el teleférico de Monserrate no porque tuviese el sueño premeditado de mirar por última vez la ciudad, sino porque en su caminata se había topado con un agradable grupo de trasnochadores impenitentes del Valle del cauca y llevado por una ráfaga de confianza, les había seguido la corriente, aceptándoles discutir el tema eterno de su peregrinar de siempre: la música. Sin la amargura de las desilusiones ni el peso del olvido que iba adquiriendo su fama legendaria de antaño, disfrutó el escándalo que causaba en los peregrinos la grabadora inmensa que desgranaba aquellos boleros morunos de su viejo amigo Tito Rodríguez. Pero ni en ese momento ni después a lo largo del día intuiría que el tiempo es un insobornable testigo de la existencia y que sus horas estaban contadas.
Seguramente hubiese disfrutado el incógnito de aquella fuga de la realidad sino fuera porque, mas que libertad, era búsqueda de aire puro para un cuerpo golpeado por el tufo de los cabarets y el humo sempiterno de los habanos “Cohíba” con que exorcizaba sus presentaciones, sino lo hubiera delatado su caminar desenvuelto de Caribe indomable, el sombrero negro de bailarín de milonga y su traje todo negro cortado sobre medidas en Los Angeles donde residía. Pero Miguelito Valdés, Mr. Babalú como se le conocía en los medios tenía el alma abierta y el espíritu desenvuelto que lo convertían sin proponérselo en el centro de atracción donde quiera que se presentase. La ocasión era válida.
La gloria de haber sobrevivido a la herrumbre de la revolución Cubana le había convertido en un vagabundo célebre, así como errantes y exitosos deambulaban como corsarios sus compañeros de exilio: Miguel Matamoros, Arsenio Rodríguez, y Celia Cruz. En su fardo de recuerdos estaban las grandes orquestas: Casino de la Playa, Xavier Cugat, la Sonora Matancera, su propia orquesta y cualquier multitud de conjuntos que compartían el sentimiento colectivo de su ancestro afro caribe, la magia sensual de su voz tribal y el canto mulato de sacerdotiso en que se convertían sus presentaciones. En cada actuación, emitía aquel mensaje alado que transportaba a otros tiempos:
-“A é! Che che re bruca maniguá, mira que bruto bruca maniguá, a é!”-
…porque había en él una fantasía erótica cuando sus manos golpeaban la tumbadora y bajo el conjuro del cencerro, los saxofones y trompetas, el público sentía un ansia indefinible de libertad y el recuerdo sublime de un bien perdido en el pasado.
Aquella tarde, arregló sus maletas pensando en que tal vez al finalizar el Show de media noche en el Hotel Tequendama, llegaría tan cansado que sería incapaz de hacerlo. Una premonición sutil lo había movido a telegrafiar a su esposa que regresaría dos días después, pese al desarraigo que le causaba el tráfago de Los Angeles. Solo sería unos cuantos días, porque sus verdaderos sueños eran volver a la playa, cualquier playa, cualquier mar, donde se pudiera sentir la cercanía del sol, el agitado paso del tiempo en las palmeras y la nostalgia de siempre Todos sabíamos que su música era tan solo el lenguaje cifrado con que invocaba los recuerdos, los afectos indelebles, los rencores proscritos y los sentimientos confusos con que cada cierto tiempo añoraba a Cuba…su gente, su brisa tibia cargada de alivio, y el encanto indescifrable que ocultaba cada rincón de la cada vez más lejana isla.
En la noche, la presentación estaba cargada de la misma nostalgia. Los mismos admiradores de ayer, algunos pocos que habían estado en su concierto popular de la Media Torta que se acercaban para que les firmara autógrafos, los que registraban el recuerdo mate de una fotografía donde aparecerían los ojos almendrados cargados de presagios ya, bajo unos párpados enrojecidos y abotagados por el peso del insomnio.
Había cantado a placer. Su voz metálica, un tanto enronquecida por el tapiz del tabaco, llenaba los tres costados del apretujado salón, cuando la sangre fascinada por el instante de gloria le trajo el sabor de la resolana de Cartagena de Indias:
-“En la playa blanca de arena caliente, hay rumor de cumbia y olor a aguardiente…”-
Sintió que era una oportunidad más que le daba la vida de combinar su soledad interior y los afectos del pasado, por lo que se levantó y anunció alegremente:
-“Y ahora, para todos ustedes, de mi compadre José Barros, Navidad Negra!”-
En ese momento se fue desmadejando como una ola que termina el recorrido de su existencia en cualquier playa solitaria. Y ante el público mudo, sorprendido, estupefacto de aquel amanecer del 8 de noviembre de 1978 en Bogotá a 2.600 metros sobre el nivel del mar, murió Miguelito Valdés, el misterioso Mister Babalú, cuyo son eterno llevamos con nosotros.
(Publicado en OCCIDENTE abril 10 de 1994)
EL HERMANO MAYOR DE BENY MORÉ
DANIEL LASSO,
“LENTA” PARA LOS AMIGOS.
POR: JOSE RAMON BURGOS MOSQUERA
No de otra manera se concibe en éste trópico de sueños, personajes como Daniel Lasso Díaz Carabalí, “Lenta” para sus amigos, a quien con justicia se le conoce como el “hermano mayor” de Beny Moré. Y es que “Lenta” exhibe un encanto especial, una magia antillana única que a duras penas le permite sustraerse a la realidad cortante de nuestros tiempos. Nacido en “Arrancacinchas” una vereda recóndita entre los recovecos del río Palo al occidente de Puerto Tejada, a los 66 años se desplaza con la elegancia del Mulato de Richie Ray, enfundado en su guayabera Habanera, pantalones de linos impecablemente blancos, la cachucha infaltable y un aire de importarle un “carajo” que los tiempos de la abundancia de los negros se los tragó el polvo del olvido. En cada expresión se percibe que en su alma de artista permanece intacta la convicción de que tarde o temprano la realidad termina por darle paso a los sueños, sin embargo y pese a algunas fantasías de porcelana que todos llevamos dentro y a la certeza de que no hay nada más apasionante que su trajín diario, las añoranzas le arañan el alma sin contemplación alguna:
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-“En la música hay algo de instinto, que vibra con los rítmos que uno lleva dentro. Y aunque nada es más bello que eso, uno nunca puede dejar de el dolor de la realidad”- nos confiesa a Diego Paz y a mí. Y entonces recuerda con fruición la historia de la bisabuela contada en su infancia de labios de la abuela, quien había sido “marcada” en la hacienda de La Bolsa por los años de la abolición. Estas historias lacerantes que hicieron de su niñez una permanente reflexión le imprimieron para siempre un gesto de hombre absorto y de ademanes pausados que ahora ya sabe los circunloquios que da la vida.
Receloso al comienzo, después del quinto trago deja que sus dientes blancos brillen bajo el bigote encanecido de caribeño audaz y se abandona al calor del afecto que fluye con los recuerdos del pasado:
-“Cuando dejé el fútbol profesional, formamos una orquesta en Puerto tejada que se llamó “Armonía Tropical”. La mayoría eran músicos de escuela como el maestro Aníbal Loboa quien era el director, Samuel Díaz baterista, Alí Garcés trompetista, Juan Caicedo y otros. Tocábamos de todo! Porros, pasillos, pasodobles, guarachas…en fin. Yo le daba a la tumbadora, como se le debe dar, con esa cadencia que le viene a uno del alma, sobre todo los temas de Beny Moré. Y bueno, desde entonces, cada vez que los amigos quieren evocar los buenos tiempos, me contratan con un grupo pequeño de músicos y es como si el tiempo no hubiera pasado, compay” – comenta con los ojos vibrantes.
Las remembranzas maceran sus bigotes endurecidos por la resolana del Norte del Cauca, sobre todo porque “Lenta” al igual que los cantantes de su generación sobreviven pese a su mal llevado matrimonio con la música: no pueden vivir ni con ella, ni sin ella. Ello no le impidió disfrutar de la compañía del grupo de Celina y Reutilio a quienes invitó a su casa a comerse unos fríjoles negros hechos en leche de coco. Luego de unos alegres rones les cantó algunas de sus mejores interpretaciones y uno de ellos exclamó encantado:
-Chico, ¿Qué tú haces aquí? ¡Si estás cantando como el hermano mayor del Beny Moré!-
-“Mi mejor amigo de la infancia y de la adolescencia fue Jorge Benhur Peña, quien es hijo natural de un hermano del cantante Luis Ángel Mera. Me envió esa foto desde Hollywood donde se dedica al diseño de joyas para el jet set…tú sabes: Gregory Peck, Elizabeth Taylor…al punto que es compadre de matrimonio de Muhammad Ali, el inolvidable Cassius Clay!”
Los ojos brillantes por el instante, pese a un halo simbólico que los cerca, giran alegremente hacia la pared donde está el personaje a quien se refiere y comprendo el valor en que sobrevive esa vieja amistad.
¿DE DONDE SON LOS CANTANTES?
“Lenta” ha cantado para todos, ha cantado para redimir las penas de los amigos, pero fundamentalmente ha cantado por lo que todo el mundo termina inconscientemente haciéndolo en cualquier instante: para ponerse a resguardo de los sitios a que nos impone la soledad.
-“Una noche de viernes de 1958, Luis Ángel Mera nos llevó a su hacienda de Quintero con José Felipe Mina el contrabajista, Rafael Olave trompetista, Miguel Olave y Oliver Viáfara guitarristas, mi tumbadora y yo. En la casona estaban entre otros Carlos Julio Ramírez, Curro Girón y Emilio Corey entre los conocidos. Pero los invitados de Luis Ángel siempre eran de lo mejor de Cali, había mujeres bellísimas, licores de toda clase, en fin… Después de pasar la noche escuchando las dos mejores voces de América, cuando ya se estaban recostando comenzamos nosotros a darles una serenata cubana con canciones de los Matamoros, de Beny Moré: “Yiriyiribom”, “Bonito y sabroso”, “Mucho corazón” hasta que los sacamos de una resaca de espanto preguntando lo mismo de siempre: ¿De dónde son los cantantes?”-
Volver a los cincuenta de la voz de un exarquero de aquel Deportivo Cali del 48, de “Chinola” Aragón, Severiano Ramos, Máximo Lobatón (Peruano) y los argentinos Manuel Espagnolo, Héctor “Tanque” Ruiz y de la mano de sus músicos de ayer, hoy y siempre tiene sus privilegios, aunque termina uno cayendo en las trampas de la nostalgia, de las cuales no se regresa a casa sino al atardecer del día siguiente liberado de los sempiternos complejos de culpa, fortunosamente.
(Publicado en “OCCIDENTE” el 25 de junio 1994)

A diario, la pequeña saeta negra que envuelve su cuerpo delgado de asceta africano parece pender de un hilo invisible guiado por manos misteriosas, mientras zigzaguea con su vieja cámara Cannon registrando los instantes insólitos, los segundos fugaces, aquel mágico momento que solo será incambiable años después, cuando el tiempo se convierte en un insobornable juez.
Sofonías Vidal, con su cráneo dolicocéfalo de Yoruba Ghanés, brillante, de canas ensortijadas, ha exorcizado con su cultura milenaria los salones vaporosos a incensario electoral y la cochambre hostil que resuma la burocracia intocable. Hoy hace parte de la tropilla audaz de testigos de excepción que viven paso a paso el pródromo de las leyes, el fragoroso combate que se libra en su interregno y el parto feliz dos o más años después.
-“Hace dos años recibí la muestra más grande que se le pueda dar a un funcionario público. El Director Administrativo de entonces, el doctor Domingo Cárdenas me declaró insubsistente. Yo sin embargo, seguí trabajando y hablando con mis amigos: Luis Guillermo Giraldo, Alberto Santofimio, Maria Estela Sanín, Roberto Gerlein y tantos otros…me había llegado un cobro judicial de Colmena porque llevaba cuatro meses de atraso en mis cuotas, los mismos que tenía por fuera de la nómina…cuando en plena discusión de la Ley de Presupuesto Nacional se lee una proposición presentada por el Senador Giraldo solicitando se me reintegrara en el cargo. ¡Fue aprobada por unanimidad! Y curiosamente no solo se cumplió ese mandato, sino que dos semanas después era declarado insubsistente el Director Administrativo –cuenta, con los ojillos vivaces de satisfacción-.
-“Pero lo increíble no termina allí” –agrega con franqueza- “A la media hora se me acerca el doctor Pedro Pumarejo, secretario General del Senado con un sobre y $870.000 que los Senadores habían recogido, cuando se enteraron por las que estaba pasando. ¡Carajo. Ahí es cuando uno no sabe qué hacer con la amistad en lo que le queda de vida!”-
Sin embargo, Sofonías no olvida aquellos lejanos días de su infancia en la escuelita de maestro Domingo Lasso cuando correteaba con ,os amigos hasta las orillas del río Palo para ver el desfile final del vapor “Caldas” con el que no solo se iban los sueños del futuro sino que se iniciaba la interminable travesía del desierto para los negros del norte del Cauca, el progresivo deterioro de su condición humana, la pérdida de su identidad cultural, la diáspora incontenible por todos los recovecos de las selvas colombianas.
-“En razón de mi trabajo, viajo con frecuencia por todo el territorio nacional. He visto toda nuestra gente regada por toda Colombia”- recuerda, mientras hace cuentas del archivo fotográfico que ha logrado acumular en cuarenta años de ejercicio profesional y como reportero de “OCCIDENTE” donde se inició, “EL PAIS” y otros medios nacionales.
-“El país ha dado un vuelco tremendo desde que pasó ese “ciclón” del Presidente Gaviria (César) –observa reflexivamente- pero sin desconocer la figura sobresaliente de la Senadora Piedad Córdoba, en verdad, ¡Soy el último negro que queda en el Senado ¡!”-
Por todo ello, Sofonías guarda memoria fiel de las horas sin transcurso en las sesiones permanentes, registra el gesto adusto, el ceño fruncido, la mueca trágica, la sonrisa complaciente de Representante, Senadores, Ministros y hasta Presidentes. Ha almorzado en el Hilton, cenado en el Club de Ejecutivos y participado en desayunos de trabajo en el Tequendama. Se saluda cordialmente con Horacio Serpa, o Tito Rueda Guarín o disfruta de las notas de buen humor de Juan Guillermo Ángel. Conoce a plenitud de las rabietas de Maria Izquierdo, la elegancia “y muy gente” actitud de Claudia Blum, el corte clásico y la oratoria centenaria de Roberto Gerlein Echeverría, el humor inteligente – pese a su fama de malgeniado- de Víctor Renán Barco, el respeto no exento de ironía conque hoy se escucha a Santofimio Botero, la seriedad incambiable de Fuad Char, en fin, a cada quien lo ha visto ascender trabajosamente los peldaños de la fama y descender las gradas del Capitolio, para no regresar sino por los rescoldos del pasado y la liquidación.
Hubo un instante indefinible en que guardó silencio. Hubo en su rostro un aire lejano que le trajo recuerdos degradantes de pasados tiempos. Fue cuando lo interrogué sobre las actitudes que han asumido con él los parlamentarios Caucanos, excepción hecha de Humberto Peláez Gutiérrez, quien hizo posible su nombramiento como fotógrafo de la Oficina de Prensa del Senado!
(“Publicado en “OCCIDENTE”)

Confieso con vergüenza que conocí a Diego Tobar, el famoso fotógrafo de Popayán, hace un cuarto de siglo en la pista de carboncillo del recién inaugurado estadio de la Universidad del Cauca. En ese entonces ya era un deportista consagrado, dueño de una disciplina infernal que lo mantuvo alejado de la realidad por varios años. Hoy, cuando desdeño temerariamente el dictamen de la balanza, él a duras penas exhibe una hipótesis de madurez en el pelo color ortiga y las sienes brillantes de canas impúdicas que contrastan con su frenesí juvenil de medio siglo.
Diego Tobar nació en Popayán junto a un monasterio convertido en hotel bajo el rigor de las campanas de cuatro iglesias que cercaban la casa paterna. Pero su vida intensa de fotógrafo profesional, sometida a la presión volátil de una caldera hirviendo, guarda paradojas y enigmas que solo sus amigos más íntimos pretenden conocer a cabalidad, puesto que sus actitudes iconoclastas y de gonfaloniero le impidieron para siempre depender de nadie. Delgado como un asceta, febril e impetuoso como un adolescente, inició estudios de ingeniería, se graduó en Geotecnia pero solo se le conoce por sus indiscutibles logros como fotógrafo. Un fotógrafo que sueña, o sea, un fotógrafo nada común, de aquellos que luchan con la llama interior que les provoca su creatividad plástica.
Cuando habla, los ojos brillan en el fondo de las órbitas, mientras las manos henden el aire a placer dando mayor énfasis a sus palabras y juicios.
-“Hice una carrera que no ejerzo, por necesidad de estudiar algo. Con poca vocación. Mi verdadera vocación es de artista y mi temperamento es romántico, por eso, lo que registran mis lentes va más allá de la forma y los colores. Más allá del paisaje en sí mismo. Creo que lo que uno busca recoger son los sentimientos más profundos”-dice con franqueza.
-Sin embargo la fotografía solo registra lo efímero- trato de insinuarle.
“La fotografía corta el tiempo en instantes y cada instante conserva valores inamovibles y únicos que jamás podrán repetirse” –explica-
Con una cámara en la mano se mueve con la voluptuosidad de quien se siente amo y dueño de las bellezas insospechadas del mundo.
-“Algunas sesiones y estudios me han quitado en pocas horas hasta un kilo de peso. El oficio me mantiene en forma” –asegura sonriente-
El momento más difícil comienza cuando se encierra en su laboratorio a descifrar el jeroglífico de las imágenes captadas, los sentimientos reflejados, las verdades aparentes y las mentiras reales que expresan sus personajes: aquel hereje con cara de santo, el tufo libídine de la adolescente indiferente, la gracia marchita y el hastío precoz de los niños de nuestro tiempo, el alarido de rencor que emiten las facciones cortadas a cuchillo de los caudillos en campaña, la mirada sensual bajo el sombrero blanco del líder guerrillero que olvida el título de la obra colocada estratégicamente sobre la mesa de trabajo junto a la cual posó:”Soy un hombre libre!”
La fama ha hecho que los políticos desfilen por su residencia –no tiene estudio- en busca del mejor ángulo para sus propósitos electorales. Por ello disfruta más que padece las intrigas y fastidios de la comedia política Caucana. De ahí que su obra bien puede encontrarse en postes y avenidas o decorando grandes salones y salas de espera de oficinas de renombre. Pero su verdadero escenario es el espacio vital de la tierra, el Parque Nacional de Puracé, el diáfano interrogante de la mirada de los niños de la costa, la otra cara de la medianoche, y por supuesto las calles de Popayán, sus adoquines, eslabones y empedrados coloniales, el arco victorioso de sus puentes, la argamasa de cal y canto de sus muros, los balcones de visillos empolvados y enrejados retorcidos por el paso de los años, el liquen verdoso de los tejados españoles o la perdida luz de los faroles en invierno.
Popayán es excepcionalmente bella. Pero al anochecer esta belleza se sublima y adquiere esos tonos sepia de las fotos viejas. Y como sobreviven personajes sui géneris, no es extraño que al paso de los años cuando abrimos el álbum encontremos uno de aquellos fantasmas que cada vez cuando se topan con Diego Tobar, le hacen el mismo interrogante:
-“¿Qué pasó con el farol que existía frente a la Casa Valencia?”-
(Publicado en OCCIDENTE el domingo 27 de marzo de 1994)
RECUERDOS DE UNA SERENATA CON LUNA
La otra noche de viernes cuando cruzaba sudoroso bajo las heliconias rubras, los chiminangos húmedos adornados de tulipanes africanos y nidos de enredaderas, la nube de herreros, leñadores, carboneros, guaqueros, arrieros, buhoneros y organilleros que invadían la biblioteca mientras era transportado en el tiempo por el delicioso libro de Eduardo Santa “La Colonización Antioqueña”, el encanto se deshizo como una pompa de jabón cuando ingresó como una exhalación por entre las hendijas, el cálido abrazo de una serenata con mariachi:
“No hace falta que salga la luna
pa venirte a cantar mi canción
No hace falta que el cielo esté lindo
pa venir a entregarte mi amor.
No encontré las palabras precisas
Pa decirte con mucha pasión:
Que te quiero con toda mi vida
Que soy un esclavo, de tu corazón”
Mientras los diez músicos seguían interpretando la “Serenata sin luna” de José Alfredo Jiménez, todo el conjunto residencial se había desplazado hacia las ventanas. Por los corredores y gradas ascendía el mensaje alado:
“…en el otoño, cuando las hojas caigan
Tendrá tu vida una nueva ilusión…”
Una sensación de disgusto amable se percibía en quienes habían sido despertados, aunque una serenata lleva implícitos sentimientos personales tan valiosos y sublimes, que todos acceden generosamente a compartir un par de horas de insomnio, de solidaria comprensión.
Después fue la inspiración de Maria Grever:
“Cuando vuelva a tu lado
no me niegues tus besos
el amor que te he dado
no repitas jamás……..
No me preguntes nada
Que nada he de explicarte
Si el beso que negaste
Ya me lo puedes dar..”
Recordé las premisas sobre las cuales construía castillos románticos el inolvidable Rubén Ramírez: -“Ahí donde terminan las palabras comienza la música”- repetía con un toque de solemnidad, mientras exorcizaba el hielo que levitaba en los vasos de Buchanan.
Es imposible sustraerse a la fantasía indefinible que conlleva un concierto en medio de la noche. No lo fue para la doncella de Perth cuando el propio Bizeth dirigió la orquesta que interpretó en los grandes salones cortesanos su magnífica serenata, como tampoco pudo serlo para Pierné o Toselli. Clásicos serenateros de los pasados siglos fueron a su vez Romberg (“El príncipe estudiante”), Mozart (“Don Juan”), Offenbach (“Barcarola”), y Tchaikovsky (“Romeo y Julieta”), porque en todas las épocas, en todos los idiomas y por las mismas razones de amor y desamor, de ternura y desolación, de inspiración sublime o pasiones abrasadoras hombres y mujeres escriben y dedican serenatas ya se llamen Schubert, Mascaghi, Berlioz, Donizetti, o Lara, Manzanero, Discépolo, Villamil, porque en una serenata vivifican el murmullo de los sentimientos que no pueden permanecer ocultos y el vuelo de las notas es un libro de poemas abierto que transmite lo indecible.
Los que sucumbimos con respeto ante la pródiga gentileza de la composición romántica del Caribe, propondríamos una serenata solo de cuerdas, con un trío que mantenga la esencia de los tradicionales Tres Reyes, Los Tres Ases o Los Panchos, y sugeriríamos las inmortales: “Tu me acostumbraste”, “Contigo en la distancia”, “Sin ti”, “Regálame esta noche”, e “Irresistible”, porque en la serenata latinoamericana aún sigue vivo el mensaje a la manera de Agustín Lara, Alfredo Gil, Chucho Navarro, Pepe Guizar, Rafael Hernández, Pedro Flores, Bobby Capó o el gran Roberto Cantoral.
Han cicatrizado tantas heridas inflingidas con “Mi corazón cerró la puerta”, “Buenas noches mi amor”, “Embrujo”, “Las verdes hojas del verano” o abierto tantas ventanas que permanecían cerradas, que a lo mejor a nuestros países les deberíamos enseñar a escuchar más para aprender a odiar menos y poder conquistar la libertad infinita de tolerarnos más. ¿Quién osa discutir la libertad de darse un amor sin límites cuando se interpreta “Voy a apagar la luz”, de Armando Manzanero? O negar que el ardor de la desilusión quemará por igual cuando el mariachi haga suyos los versos de Federico Méndez o Fernando Maldonado cuando compusieron “De qué manera te olvido” y “Por tu maldito amor” o José Alfredo Jiménez en “Que te vaya bonito”?.
“Yo soy como el chile verde, llorona
Picante pero sabroso! -gemía como animal de monte Chabela Vargas-
No sé qué tienen las flores llorona,
Las flores del camposanto
Que cuando las mueve el viento llorona
Parece que están llorando!
El romántico mundo de la noche se ha extraviado, ha tomado un giro trágico y fatídico para los serenateros. El sereno hace estragos en la conducta de los hombres, como aquel amanecer inolvidable para un reconocido trío de la ciudad que fuera contratado por un par de alegres bohemios de cuyos nombres (Diego y Javier) quisieran olvidarse. Los invitaron en “Aquí es Miguel” a compartir unos tragos de aguardiente, concertaron una serenata para despertar a la novia de uno de ellos en el barrio Tequendama, lo cual posteriormente resultó ser una farsa y hasta los acompañaron con sus voces en las tres primeras canciones:
“Somos”, Gracias a la vida”, “Una aventura más” y “Adios”
Pero ni siquiera entonces el trío de marras supuso que el título de las canciones escritos en un sobre de manila, llevaban aquel mensaje cifrado de los guaches del amanecer:
“Somos”, Gracias a la vida”, “Una aventura más” y “Adios”, porque al promediar la serenata, se fugaron sin pagar la cuenta a los enfurecidos músicos.
“Soy la sombra de una pena
soy el eco de un dolor,
quiero olvidar!
¡Quiero encontrar perdón..!
HASTA QUE VUELVA UN VALLUNO A LA PRESIDENCIA
Pese a que el viejo Cauca Grande en política quedó convertido en un desierto de cenizas petrificadas donde no hay espacio para las conquistas del espíritu sino para las ligaduras de la devoción mecánica, pese a que tan solo quedan tizones de derrotas y humareda de orgullos, pese al tufo melancólico de los recuerdos y la taciturna embriaguez de los pequeños logros de ahora, el pasado siglo le perteneció al Cauca.
Todavía me parece escuchar el chasquido de placer con el cual los Payaneses celebran haber llevado al solio de Bolívar catorce presidentes en toda la historia de la república: nueve titulares y cinco encargados. Y nadie se sonroja porque en la lista aparezcan tres nacidos en Cali y Buga, porque desde entonces y sin remordimientos “el Valle era parte de la Provincia del Cauca, como lo fue después del Estado Soberano del Cauca y de nuestro departamento hasta 1.910”. Y es cierto. Los Caucanos no se equivocan. Fueron presidentes titulares en su orden: Joaquín Mariano Mosquera en 1.830; Tomás Cipriano de Mosquera 1845 a 1849, 1861 a 1864, 1866. José Hilario López 1849 a 1853; José María Obando 1853-1854; Manuel María Mallarino 1855-1857; Julián Trujillo 1878-1880; Carlos Holguín Mallarino 1888-1892; Manuel Sanclemente 1898-1900 y Guillermo León Valencia 1962-1966. Además ejercieron la Presidencia de la República en calidad de encargados Froilán Largacha (4 meses en 1863), Ezequiel Hurtado (4 meses en 1884), Eliseo Payan (5 y ½ meses entre 1887 y 1888, Euclides Angulo (1 mes en 1908) y Víctor Mosquera Chaux (8 días en 1981).
Sin embargo, el Valle generó de su tierra cuatro presidentes indiscutibles.
MANUEL MARIA MALLARINO, gallardo y prestigioso abogado cuyo talento y patriótico desempeño ha sido reconocido por todos los historiadores, gobernó entre 1855 y 1857 un barco que había soportado la tormenta de anarquía que se tomó el país ante la mediocre y paupérrima gestión de Obando. Precursor de una desusada decencia y una desconocida búsqueda del entendimiento Nacional, desarmó el espíritu filibustero que recorría el país sometido a los hervores de la inmadurez política y el olor a pólvora que envenenaba la sangre de nuestros caudillos.
MANUEL ANTONIO SANCLEMENTE nacido en Buga en 1814 y muerto en Villeta en 1902. Al igual que su antecesor abogado de la Universidad del Cauca fue electo Presidente cuando solo se debe ser abuelo, para el sexenio 1898-1904. Padeció como nadie los sinsabores del poder: la guerra de los mil días iniciada por el Liberalismo en octubre de 1899 y cuyo trágico final acompañado del desgarro de Panamá no alcanzó a vislumbrar.. La hiel del desengaño tocó a la puerta de su residencia de convaleciente en Villeta, de la mano del cobarde traidor elegido como vicepresidente, José Manuel Marroquín quien le dio golpe de Estado. Sanclemente, agonizó en silencio, cavilando, con sus ojos almendrados y opacos mirando el más allá, en la convicción de que algunos hombres tienen misiones y oficios más elevados que quitar la vida a sus semejantes y así mejor la muerte en olor de dignidad, tal vez con el pudor de los años, aunque lejos de los bosques y guaduales por donde se perdía el humo de los trapiches del Valle.
ELISEO PAYAN nacido en Cali en agosto de 1825 murió en la hacienda de la familia en las afueras de Buga en junio de 1895. Después de combatir en las guerras civiles de entonces por cerca de 45 años al lado de los Liberales y de haber ejercido la Presidencia del Estado Soberano del Cauca que era como el 30% de la Colombia actual, defendió con denuedo el gobierno Regenerador de Núñez, Conservador entonces, en 1895. Esto le permitió ser elegido Designado y encargarse de la Presidencia en dos oportunidades en 1887 y 1888. Pero su espíritu libertario lo perdió frente al criterio cerrado y la estirpe Calvinista que destilaba la reciente Constitución de Núñez, quien propició la ley que revocaba su investidura.
Por todo lo anterior, quien llena las mejores páginas de los Presidentes del Valle del Cauca es indudablemente JORGE HOLGUIN MALLARINO. Linajudo, aristócrata, pero con un carisma que difícilmente han heredado a migajas sus descendientes. Nació en Cali en 1848 y murió en la agitada neblina de la polémica Bogotá en marzo de 1928, aquel inolvidable año de los debates por la “masacre de la Bananeras”, cuando la ciudad tenía tranvía. Fue el primero y el último Presidente del siglo XX nacido en el Valle del Cauca. Hombre de excepcionales condiciones de quien se escribió: “no tuvo la ilustración de su hermano (Carlos Holguín, nacido en Nóvita Chocó quien gobernó entre 1888 y 1892) ni su elocuencia parlamentaria, ni fue tampoco un escritor tildado y elegante, ni un polemista de primera talla, pero aventajó a aquel en el conocimiento de los hombres y en lo que fuera su cualidad predominante: el buen humor..”
Con raras excepciones los Presidentes de Colombia posan de una solemnidad que carcome el más elemental sentido de espontaneidad y naturalidad. Viven sometidos a un idolátrico complejo megalomaníaco que los hace torpes, inauténticos, atorrantes y posesos de divinidad.
De Holguín en cambio, se cuentan anécdotas que han sobrevivido al tiempo, como aquella de sus años de Ministro, cuando le gritaban desde las barras del Congreso que explicara el origen de sus riquezas, lo retratan felizmente:
- “…Que cómo hice los pesos que poseo? Van a saberlo: yo tuve poco Colegio. Eso de los latines, de los artículos en los periódicos y de los discursos, es de mi hermano Carlos. Yo, ni sé latín, ni sé escribir en los periódicos, ni sé hacer discursos. Todo el talento se lo llevó mi hermano! Pero una cosa sí tengo. ¡Soy vivito para los negocios! Alguna cosa habría de tener..”
Y así, con ese desparpajo típicamente nuestro se encargó de la Presidencia de la Republica tres veces. Quizá porque en él las heridas de las campañas y la amargura de las guerras no dejaba cicatrices de rencor o porque comprendió que el ejercicio del poder no es una meta sino un aparejo de viaje en el camino de la vida de un hombre público.
(Publicado en OCCIDENTE abril de 1994)
GARCIA ABAJO: LA HACIENDA DE UN FANTASMA LEGENDARIO
La grandiosa construcción, plena de valiosos secretos y rodeada de un halo de misterio, es la más artística demostración del siglo XVIII en nuestras tierras. Las “haciendas” como tales, nacieron en tiempos de la Colonia Española Para suplir el abastecimiento agrícola indígena ante el crecimiento de la población y las exigencias de Encomenderos y Mineros. Así fue como a fines del siglo XVII y comienzos del XVIII las primeras haciendas de valle del río Cauca surtían de carne a las regiones mineras del Viejo Antioquia y el Cauca Grande. Los hacendados vivían en Caloto, Santiago de Cali, Guadalajara de Buga y Popayán desde donde coordinaban el trabajo de sus peonadas y cuadrillas de esclavos. Una extensa bibliografía descubre como en 1688 los Arboleda compraron en 60.660 pesos de la época la Hacienda de La Bolsa. En 1777 don Francisco Arboleda adquiría la hacienda de Japio en 70.000 pesos a los Jesuitas, quienes no solo criaban ganado allí sino en Llano grande donde tan bien mantenían centenares de esclavos.
En el norte del Cauca sobreviven hermosas haciendas: Japio, Quintero, La Bolsa, Pílamo y Garcíabajo. Si bien un alto porcentaje de las tierras están dedicadas al cultivo intensivo de la caña de azúcar, en la mayoría subsisten pequeños potreros circundantes a las grandes mansiones donde pastan a placer algunas vacadas. Pero García Abajo tiene el privilegio de ser la memoria viva de una etapa grandiosa y trágica de nuestra historia, a la que debemos volver sin sobresaltos para entender mejor las intensas contrariedades que nos afligen.
La hacienda está ubicada a unos cinco kilómetros del municipio de Padilla a mitad de camino de agradable carretera pavimentada que une a Miranda con Corinto. Medio kilómetro adelante del “ puente de los esclavos” que se levanta sobre el río Güengüé bajo cuyos arcos descienden tormentosas y acorazadas en un lecho de piedras brillantes sus aguas cristalinas, se encuentra el camino de ingreso; la carretera bordeada de samanes centenarios que forman un arco de sombras bienhechoras invita a caminar e imaginar, cómo hace doscientos años el cabriolé o landó de la familia Mosquera, traslado a por el mismo camino a Ana Maria Crespo, hija natural del aristocrático tronco que daría tanto prestigio y tantos dolores de cabeza a la naciente república en el pasado siglo.
El camino hace una curva al final y de pronto bajo un concierto de gorriones y azulejos aventureros, el vuelo plácido de una garza extraviada y grupos dispersos de aves que viven a plenitud en el inmenso samán central, aparece la magnificencia del pasado en los múltiples arcos victoriosos de la gran casona y sus regias construcciones circundantes: los cimientos visibles de piedras pulidas, las columnas histriónicas delineadas con columnas antropomorfas e inscripciones egregias, amplios corredores cercados de chambranas talladas en madera, estratégicas ventanas entreabiertas, fuentes de helechos arqueados, y hojas rotas gigantescas que rivalizan con soberbios tinajones exhalando una frescura de encanto donde sobreviven sombreros de esparto dejados al azar sobre baúles sin tiempo y los altos asientos en cuero repujado. Aquí y allá grandes bateas de cobre reposan después de haber cumplido su cita con el pasado y a un costado emergen las huellas de los caneyes donde departían los esclavos y donde seguramente, anduvo cabriolando con los hijos de los trabajadores negros el niño rubio que estaba predestinado a representar mejor que nadie una alianza implícita y una empatía natural con los negros del Patía y del Norte del Cauca a lo largo de sus interminables guerras civiles.
Al anochecer una brisa fresca y voluptuosa que juguetea alrededor de la casa con las columnillas de humo azul que serpentean entre la llovizna, permite volver a escuchar el resoplido de los caballos y el cocear de las mulas en la cuadra, como cuando llegaba de paso, cubierta la capa impermeable por el barro del camino, el fantasma de esa mansión solariega, el pelo revuelto por la peso de la amargura, la casaca abierta, los bigotes ensortijados por el sudor y el polvo del exilio en los ojos encandilados por la resolana del trópico descubren de nuevo la varonil figura del general Obando.
La historia ha comprobado el insólito fervor popular que acompañó a Obando en su vida pública. El haber nacido hijo natural de Ana María Crespo y el Cirujano español José Iragorri, combatir decididamente por España al comienzo de la guerra y mantener la dignidad como soldado de la revolución al lado del coro de aduladores que asfixiaba al Libertador, su enfrentamiento con el atildado abolengo que lo había desconocido y negado, no le impidieron llegar a la Presidencia de la Republica en hombros del populacho de la Sociedades Democráticas, los artesanos y las negrerías que engrosaban sus batallones. En 1832 como Vicepresidente elegido, se encargó de la alta dignidad por ausencia del titular, exilado entonces, general Santander. Y en 1853, contra todos los pronósticos que acompañan el vivac de un perseguido político, vuelve a ser electo. Haberlo conseguido le generó dolorosos enfrentamientos y odios viscerales que llevaron a sus enemigos a utilizar toda la gama de la falacia política hasta verlo derrotado, al punto que biógrafos respetables han encontrado en su existencia el “sino trágico de abril” : “en abril había tomado posesión del mando, en abril lo derrocaba Melo, en abril lo sentenciaba el Congreso a la pérdida de la investidura y moriría el 29 de abril de 1861, cuando paradójicamente por primera y por vez última peleaba una nueva guerra junto a su archienemigo primo hermano Tomás Cipriano de Mosquera”. En abril siempre llovizna en El Barranco. Es una época extraña, tal vez un poco triste.
(OCCIDENTE abril 22 de 1.994)




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