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miércoles, 15 de septiembre de 2010 0 comentarios

HOMENAJE A DOS GRANDES: OSCAR DE LEON Y ARTURO SANDOVAL



Hace apenas treinta años durante el Festival del Son en Santiago de Cuba, un grupo de alegres muchachos hicieron las delicias del multitudinario concurso cuando dieron cuerda al retrotraer la deliciosa comparsa de José Castañeda "Para que tú lo bailes" más conocida como Maracaibo Oriental. El grupo lo integraban entre otros: Arturo Sandoval, Jorge Fornell y otros músicos quienes irrumpian en el escenario que hasta entonces pertenecía a genios intocables como Miguelito Cuní y Félix Chapotin. Nadie hubiese podido imaginar entonces, que pocos años después Los Van Van recorrerían el mundo con su loca fantasía melódica y Arturo Sandoval terminaría convertido en el más grande trompetista Cubano de todos los tiempos.

Arturo ha hecho antológicos conciertos al lado de los más exigentes músicos del mundo, quienes se han disputado el privilegio de grabar a su lado. Dizzi Guillespie, Claudio Roditi, Chuk Findler y hasta la Orquesta de la Naciones Unidas, pero esto mismo no le ha impedido regodearse a su antojo con jazzistas consumados como Chucho Valdés y Paquito de Rivera o soneros memorables como Oscar de León y Albita Rodríguez. Producto de una inagotable noche de creatividad y locura quedó esta inolvidable joya de nuestra incambiable música caribeña.
viernes, 20 de agosto de 2010 0 comentarios

PARA QUERERTE SIEMPRE ORQUESTA ARAGON DE CUBA



El mundo aprendió a amar a Cuba desde siempre; desde cuando los abismados cronistas de Indias no encontraban adjetivos suficientes para describir su belleza indescriptible, hasta ahora cuando se nos vuelve a narrar la demencial belleza de los tiempos de búsqueda del país de la canela. Por generaciones se escuchó de su frenética vorágine, al convertirse en el escenario de encuentro de culturas ancestrales y diametralmente opuestas, hasta los tiempos recientes de su heróica lucha por la independencia de Europa. Y luego, seguimos amando y manifestando fieramente nuestra inclinación romántica y amor visceral por todo cuanto acaecía en la isla de José Martí de Ignacio Agramonte, de Antonio Maceo, de Mariana Rosales, a quienes terminamos confundiendo con Camilo Cienfuegos, con Celia, Fidel y por supuesto: el enigmático Ché.

Pero hay un axioma de la historia cuyo juicio termina siendo inexorable: la gloria es tan efímera como la existencia misma. ¿Cuánto hace que el mundo que idolatró a Fidel lo observa como un dinosaurio troglodita que vocifera consignas en contravía del juicio de la historia? Cuántas cosas hemos tenido que soportar para olvidar como se pisotea la dignidad de tres generaciones de cubanos? Ninguna ideología puede estar por encima de la dignidad del hombre. Nada puede justificarlo.

Y qué relación puede haber entre esa desoladora confesión y el título de estas notas? Veámoslo así: ni siquiera la mas recalcitrante ideología pudo destruir las raices inigualables del folclor cubano, pues el son, el cha cha chá y las guajiras hacen parte esencial de la identidad humana de ese pueblo excepcional, creador y mítico. Los quebrantos de esa patria de todos los latinoamericanos, sublimaron en su arte el dolor que los ideologismos no permiten expresar.

Cómo no sobrecogerse ante la mágica egoencia y dignidad elevada conque vagan por los escenarios del mundo los herederos del gran Carlos Light, ahora bajo la batuta de Rafaelito Light?. Cada uno de aquellos virtuosos del violín y la flauta, amanecen en la tierra de nadie, en un peregrinar de noctámbulos donde jamás se hace el mínimo reclamo a ese régimen al que nada conmueve y donde la verdad jamás sobrevive. Ninguno se atreve a romper ese silencioso código de honor que el régimen impone como precio por ser y no ser, la brújula de un viaje irredimible hacia el pasado de la isla. Por eso mismo trashuman y erran , sin subyugarse ante la orgía de luces y despilfarros del capitalismo del orbe. ¿Qué de todo ello podrían llevarse ,tras cada doloroso, anhelado e inevitable retorno a Cuba? A duras penas unas cuantas prendas aquí, un adorno allá... ; al regreso, un nuevo concierto de amor a su pueblo en el Salón Rosado de La Tropical. Y volver a sentir que no se siente y pensar que no piensa mientras el tiempo sigue siendo estático, mudo e insobornable testigo que nada pasa. En la Plaza de la Revolución, sinembargo, en su envejecido refugio, José Martí seguirá meditabundo esperando los cansados pasos de su fracasado intérprete, para reclamarle: ¿Cuántas víctimas necesita tu Leviatán , hermano, para aplacar tu sed de sangre?


viernes, 2 de mayo de 2008 0 comentarios

LA ÚLTIMA NOCHE DE MISTER BABALÚ



La mañana de aquel miércoles de neblinas huidizas y eucaliptos inquietos Miguelito Valdés había abordado el teleférico de Monserrate no porque tuviese el sueño premeditado de mirar por última vez la ciudad, sino porque en su caminata se había topado con un agradable grupo de trasnochadores impenitentes del Valle del cauca y llevado por una ráfaga de confianza, les había seguido la corriente, aceptándoles discutir el tema eterno de su peregrinar de siempre: la música. Sin la amargura de las desilusiones ni el peso del olvido que iba adquiriendo su fama legendaria de antaño, disfrutó el escándalo que causaba en los peregrinos la grabadora inmensa que desgranaba aquellos boleros morunos de su viejo amigo Tito Rodríguez. Pero ni en ese momento ni después a lo largo del día intuiría que el tiempo es un insobornable testigo de la existencia y que sus horas estaban contadas.

Seguramente hubiese disfrutado el incógnito de aquella fuga de la realidad sino fuera porque, mas que libertad, era búsqueda de aire puro para un cuerpo golpeado por el tufo de los cabarets y el humo sempiterno de los habanos “Cohíba” con que exorcizaba sus presentaciones, sino lo hubiera delatado su caminar desenvuelto de Caribe indomable, el sombrero negro de bailarín de milonga y su traje todo negro cortado sobre medidas en Los Angeles donde residía. Pero Miguelito Valdés, Mr. Babalú como se le conocía en los medios tenía el alma abierta y el espíritu desenvuelto que lo convertían sin proponérselo en el centro de atracción donde quiera que se presentase. La ocasión era válida.

La gloria de haber sobrevivido a la herrumbre de la revolución Cubana le había convertido en un vagabundo célebre, así como errantes y exitosos deambulaban como corsarios sus compañeros de exilio: Miguel Matamoros, Arsenio Rodríguez, y Celia Cruz. En su fardo de recuerdos estaban las grandes orquestas: Casino de la Playa, Xavier Cugat, la Sonora Matancera, su propia orquesta y cualquier multitud de conjuntos que compartían el sentimiento colectivo de su ancestro afro caribe, la magia sensual de su voz tribal y el canto mulato de sacerdotiso en que se convertían sus presentaciones. En cada actuación, emitía aquel mensaje alado que transportaba a otros tiempos:

-“A é! Che che re bruca maniguá, mira que bruto bruca maniguá, a é!”-

…porque había en él una fantasía erótica cuando sus manos golpeaban la tumbadora y bajo el conjuro del cencerro, los saxofones y trompetas, el público sentía un ansia indefinible de libertad y el recuerdo sublime de un bien perdido en el pasado.

Aquella tarde, arregló sus maletas pensando en que tal vez al finalizar el Show de media noche en el Hotel Tequendama, llegaría tan cansado que sería incapaz de hacerlo. Una premonición sutil lo había movido a telegrafiar a su esposa que regresaría dos días después, pese al desarraigo que le causaba el tráfago de Los Angeles. Solo sería unos cuantos días, porque sus verdaderos sueños eran volver a la playa, cualquier playa, cualquier mar, donde se pudiera sentir la cercanía del sol, el agitado paso del tiempo en las palmeras y la nostalgia de siempre Todos sabíamos que su música era tan solo el lenguaje cifrado con que invocaba los recuerdos, los afectos indelebles, los rencores proscritos y los sentimientos confusos con que cada cierto tiempo añoraba a Cuba…su gente, su brisa tibia cargada de alivio, y el encanto indescifrable que ocultaba cada rincón de la cada vez más lejana isla.

En la noche, la presentación estaba cargada de la misma nostalgia. Los mismos admiradores de ayer, algunos pocos que habían estado en su concierto popular de la Media Torta que se acercaban para que les firmara autógrafos, los que registraban el recuerdo mate de una fotografía donde aparecerían los ojos almendrados cargados de presagios ya, bajo unos párpados enrojecidos y abotagados por el peso del insomnio.

Había cantado a placer. Su voz metálica, un tanto enronquecida por el tapiz del tabaco, llenaba los tres costados del apretujado salón, cuando la sangre fascinada por el instante de gloria le trajo el sabor de la resolana de Cartagena de Indias:

-“En la playa blanca de arena caliente, hay rumor de cumbia y olor a aguardiente…”-

Sintió que era una oportunidad más que le daba la vida de combinar su soledad interior y los afectos del pasado, por lo que se levantó y anunció alegremente:

-“Y ahora, para todos ustedes, de mi compadre José Barros, Navidad Negra!”-

En ese momento se fue desmadejando como una ola que termina el recorrido de su existencia en cualquier playa solitaria. Y ante el público mudo, sorprendido, estupefacto de aquel amanecer del 8 de noviembre de 1978 en Bogotá a 2.600 metros sobre el nivel del mar, murió Miguelito Valdés, el misterioso Mister Babalú, cuyo son eterno llevamos con nosotros.

(Publicado en OCCIDENTE abril 10 de 1994)

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RECUERDOS DE UNA SERENATA CON LUNA







RECUERDOS DE UNA SERENATA CON LUNA


La otra noche de viernes cuando cruzaba sudoroso bajo las heliconias rubras, los chiminangos húmedos adornados de tulipanes africanos y nidos de enredaderas, la nube de herreros, leñadores, carboneros, guaqueros, arrieros, buhoneros y organilleros que invadían la biblioteca mientras era transportado en el tiempo por el delicioso libro de Eduardo Santa “La Colonización Antioqueña”, el encanto se deshizo como una pompa de jabón cuando ingresó como una exhalación por entre las hendijas, el cálido abrazo de una serenata con mariachi:

“No hace falta que salga la luna
pa venirte a cantar mi canción
No hace falta que el cielo esté lindo
pa venir a entregarte mi amor.
No encontré las palabras precisas
Pa decirte con mucha pasión:
Que te quiero con toda mi vida
Que soy un esclavo, de tu corazón”

Mientras los diez músicos seguían interpretando la “Serenata sin luna” de José Alfredo Jiménez, todo el conjunto residencial se había desplazado hacia las ventanas. Por los corredores y gradas ascendía el mensaje alado:

“…en el otoño, cuando las hojas caigan
Tendrá tu vida una nueva ilusión…”

Una sensación de disgusto amable se percibía en quienes habían sido despertados, aunque una serenata lleva implícitos sentimientos personales tan valiosos y sublimes, que todos acceden generosamente a compartir un par de horas de insomnio, de solidaria comprensión.
Después fue la inspiración de Maria Grever:

“Cuando vuelva a tu lado
no me niegues tus besos
el amor que te he dado
no repitas jamás……..
No me preguntes nada
Que nada he de explicarte
Si el beso que negaste
Ya me lo puedes dar..”

Recordé las premisas sobre las cuales construía castillos románticos el inolvidable Rubén Ramírez: -“Ahí donde terminan las palabras comienza la música”- repetía con un toque de solemnidad, mientras exorcizaba el hielo que levitaba en los vasos de Buchanan.

Es imposible sustraerse a la fantasía indefinible que conlleva un concierto en medio de la noche. No lo fue para la doncella de Perth cuando el propio Bizeth dirigió la orquesta que interpretó en los grandes salones cortesanos su magnífica serenata, como tampoco pudo serlo para Pierné o Toselli. Clásicos serenateros de los pasados siglos fueron a su vez Romberg (“El príncipe estudiante”), Mozart (“Don Juan”), Offenbach (“Barcarola”), y Tchaikovsky (“Romeo y Julieta”), porque en todas las épocas, en todos los idiomas y por las mismas razones de amor y desamor, de ternura y desolación, de inspiración sublime o pasiones abrasadoras hombres y mujeres escriben y dedican serenatas ya se llamen Schubert, Mascaghi, Berlioz, Donizetti, o Lara, Manzanero, Discépolo, Villamil, porque en una serenata vivifican el murmullo de los sentimientos que no pueden permanecer ocultos y el vuelo de las notas es un libro de poemas abierto que transmite lo indecible.

Los que sucumbimos con respeto ante la pródiga gentileza de la composición romántica del Caribe, propondríamos una serenata solo de cuerdas, con un trío que mantenga la esencia de los tradicionales Tres Reyes, Los Tres Ases o Los Panchos, y sugeriríamos las inmortales: “Tu me acostumbraste”, “Contigo en la distancia”, “Sin ti”, “Regálame esta noche”, e “Irresistible”, porque en la serenata latinoamericana aún sigue vivo el mensaje a la manera de Agustín Lara, Alfredo Gil, Chucho Navarro, Pepe Guizar, Rafael Hernández, Pedro Flores, Bobby Capó o el gran Roberto Cantoral.

Han cicatrizado tantas heridas inflingidas con “Mi corazón cerró la puerta”, “Buenas noches mi amor”, “Embrujo”, “Las verdes hojas del verano” o abierto tantas ventanas que permanecían cerradas, que a lo mejor a nuestros países les deberíamos enseñar a escuchar más para aprender a odiar menos y poder conquistar la libertad infinita de tolerarnos más. ¿Quién osa discutir la libertad de darse un amor sin límites cuando se interpreta “Voy a apagar la luz”, de Armando Manzanero? O negar que el ardor de la desilusión quemará por igual cuando el mariachi haga suyos los versos de Federico Méndez o Fernando Maldonado cuando compusieron “De qué manera te olvido” y “Por tu maldito amor” o José Alfredo Jiménez en “Que te vaya bonito”?.

“Yo soy como el chile verde, llorona
Picante pero sabroso! -gemía como animal de monte Chabela Vargas-
No sé qué tienen las flores llorona,
Las flores del camposanto
Que cuando las mueve el viento llorona
Parece que están llorando!

El romántico mundo de la noche se ha extraviado, ha tomado un giro trágico y fatídico para los serenateros. El sereno hace estragos en la conducta de los hombres, como aquel amanecer inolvidable para un reconocido trío de la ciudad que fuera contratado por un par de alegres bohemios de cuyos nombres (Diego y Javier) quisieran olvidarse. Los invitaron en “Aquí es Miguel” a compartir unos tragos de aguardiente, concertaron una serenata para despertar a la novia de uno de ellos en el barrio Tequendama, lo cual posteriormente resultó ser una farsa y hasta los acompañaron con sus voces en las tres primeras canciones:
“Somos”, Gracias a la vida”, “Una aventura más” y “Adios”

Pero ni siquiera entonces el trío de marras supuso que el título de las canciones escritos en un sobre de manila, llevaban aquel mensaje cifrado de los guaches del amanecer:
“Somos”, Gracias a la vida”, “Una aventura más” y “Adios”, porque al promediar la serenata, se fugaron sin pagar la cuenta a los enfurecidos músicos.

“Soy la sombra de una pena
soy el eco de un dolor,
quiero olvidar!
¡Quiero encontrar perdón..!
 
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