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jueves, 8 de enero de 2009 0 comentarios

LA SANGRE DE DAVID (FRAGMENTO II)



- Comprendo cuánto debió costarte disparar a un hombre por primera vez -dijo exhalando el humo del Kent.

- Fue como dispararme a mí mismo -respondió Remi tomándose el rostro con las manos.

Ocupaban las sillas de mimbre esparcidas en el corredor posterior de la quinta. Cerca de allí el rumor casi perdido de la quebrada, continuaba su rumbo rodeando los ramilletes de bambúes amarillos, refrescando la noche.

- Para mí fue como un alivio. Temía que el arma no hiciera fuego; que yo misma no fuera capaz de hacerla funcionar. Era una pistola Astra Cub de 6.35 mm con cachas de plástico de las fabricadas en Guernica y comprada por mi padre a algún turista vasco en Jerusalén. Los vascos, los eslavos y los árabes siempre nos hemos entendido. Somos solidarios, quizá porque nos reúne el mismo sino trágico de la existencia. Nos identifica además la misma tendencia absurda a dividirnos porque amamos tanto la libertad que terminamos convertidos en anarquistas por naturaleza. Y bien – continuó - En aquella época vivíamos en Lidda. A comienzos del año cincuenta. Hacía dos años de la guerra. Los judíos invadieron como langostas a Palestina. Llegaban de todas partes del mundo y en todo tipo de vehículos, preparando lo que después sería la más repugnante carnicería de nuestra gente. Mis padres habían perdido su pequeña parcela en las afueras de Lidda para dar paso a una de los incontables kibbutz de judíos, quienes comenzaron por cambiar el nombre de nuestra ciudad por el de Lod, como aparece hoy en los mapas de Israel; miles de nuestros refugiados que fueran desplazados a punta de fusil de sus tierras ya hacían parte de uno de los grupos de expatriados que clamaban venganza desde los campamentos en Jordania, Siria y Líbano. Para mis hermanos y para mí que entonces contaba con siete años de edad, era apenas un motivo de curiosidad el descubrir que nosotros permanecíamos en nuestra casa del centro y que el almacén de abarrotes de mi padre había sobrevivido a la hecatombe. Miles sucumbieron a los bombardeos o al desalojo violento que hacían los terroristas del Irgun israelí, el más cruel de todos los grupos terroristas que he conocido. Algunos sobrevivientes, aquellas pocas personas de Lidda que habían logrado a fuerza de súplicas o sobornos permanecer, así fuera temporalmente en sus hogares, nos miraban con recelo y en el fondo, con un odio explicable ante la frialdad con que mi padre permanecía en su negocio.

- Alguna noche, mientras dormía en el cuarto cercano a la tienda, me despertó una agria discusión en la cual mi padre era severamente enjuiciado por tres de sus antiguos amigos. Le gritaban cosas horribles como:

- “Sionista! Sionista! Has vendido tu sangre! Has traicionado a tu raza! Eres otro judío! Perro judío! Que Alá maldiga tu descendencia!”.

- Yo espiaba, aterrorizada, sin poder gritar. Observé como el miedo se apoderó de mi padre quien suplicaba que no lo mataran, que todo lo había hecho por sus hijos aún pequeños, que gustoso contribuiría en el financiamiento de la “riyad”. Pero los asesinos no esperaron a que terminara sus ruegos sino que le apuñalaron en el abdomen. Busqué bajo su almohada hasta descubrir la pistola que afortunadamente estaba cargada, pues aunque había observado como disparaba en varias oportunidades y sabía con certeza que debía bajar la palanquita del seguro y halar la corredera hacia atrás, aún me sentía incapaz de introducir el cargador en la recámara. Me subí hasta un asiento que permanecía junto al cajón del dinero desde donde mi padre dirigía sus ventas y chillé con todas las fuerzas que pude reunir:

- “Déjenlo!”

- Para ese entonces mi padre gemía moribundo y lo estaban levantando para robar el dinero que cargaba adherido a su piel. Me miraron con sorpresa y uno se dirigió hacia donde yo estaba, gritándome que le entregara el arma. Yo pedía con todas las fuerzas de mi alma que la pistola disparara…pero no fue hasta encontrarme con los ojos de rabia con que aquel hombre se me acercaba, que pude oprimir el gatillo! No me asustó el estruendo que hizo el disparo sino el grito que emitió al desplomarse herido de muerte, no sé en qué parte, porque al instante los demás huyeron sorprendidos por el resto de disparos que salían del arma sin control en mis manos… Mi padre murió unas pocas horas después en el hospital de Jerusalén y yo fui conducida hacia una tierra que aceptó ser mi nueva patria: un campamento de refugiados en la margen derecha del Jordán. De ello ya han transcurrido cerca de veintiocho años y como puedes ver el bautizo con que fui iniciada en la lucha no pudo ser peor. Así fue como crecí en esa ambivalencia: una secreta seducción y desprecio por las armas y un odio feroz por los judíos.

Leyla hizo una pausa. Se había agitado con los recuerdos. Un tenue brillo de sudor perlaba sus sienes. Había encendido un nuevo cigarrillo que aspiraba con fruición. Remi sirvió una cerveza para acompañar su relato, se hundió en la silla y siguió aquella confesión con serena complacencia, disfrutando a plenitud el puente de intimidad establecido entre ellos. Era una oportunidad inigualable de conocer la mujer que se escudaba con frecuencia tras los lentes ahumados, en la rigidez de su postura política y militar, y la intransigencia sólida con que mantenía la disciplina interna.

- Mi infancia estuvo oscilando entre la justicia de ese disparo, hecho para defender a mi padre, y el reconocimiento de su carácter reaccionario -_continuó Leyla-. Sin embargo, al recordar las redadas que efectuaban los soldados israelíes de Ben Gurion y aquella loba del desierto que fuera Golda Meir, su aparición repentina esculcando, destruyendo todo y amedrentando con sus fusiles a mis hermanos de raza, fue despertando en mí una clara conciencia de cuál sería mi destino final.

- Qué sucedió después? - inquirió Remi con genuino interés.

- Bueno, nos trasladamos a Gaza y conocí el mar. Pero lo primero que aprendí en el campo de refugiados, era que no tenía patria. Los niños en esos territorios crecemos mirando con rabia a nuestro derredor. Pese a la hospitalidad con que fuéramos recibidos, éramos unos extraños en nuestra propia tierra, y las personas que la ocupaban, aquella gente que en nombre de la justicia nos había echado, eran nuestros enemigos. Y los enemigos eran los judíos.. …

Había un aire de ilusiones infelices que a Remi se le antojaron barnizadas de aquel tufillo milonguero de los arrabales que exhalaban los tangos a los que era tan adicto. La sintió arrastrarse entre espinas, herida en el alma por el mundo de dolor y traiciones al que había sobrevivido. Y entonces comprendió por qué a Leyla le era tan difícil amar. Cuál era el peso de aquel fardo inasible que nada parecía importar al mundo. Sintió que una ternura sublime le erizaba la piel, pese a que era inevitable sentir, con cada palabra que pronunciaba, que tal vez jamás lograría ser el único dueño de su ser.

- El planeta jamás comprenderá cuántas infamias cometieron los judíos con nuestro pueblo. Cómo trataron de exterminar nuestra cultura; cómo intentaron doblegar nuestra dignidad y todo vestigio árabe que sobreviviera a su paso por nuestras casas y calles. Inventaban asaltos para justificar los bombardeos que siguieron haciendo hasta hoy, y el mundo occidental, presa del complejo de culpa que heredaron del fascismo y el nazismo, consumidor masivo de las noticias que ellos producen en sus UPI y demás agencias internacionales de noticias, sigue rindiendo culto a los débiles de siempre, los “mártires de la historia”!- El desalojo de los diez mil habitantes de Lidda en 1948, su destierro y el genocidio de miles de ellos, es uno entre los centenares de crímenes de lesa humanidad que ha cometido Israel contra nuestro pueblo. Deberías conocer las memorias de George Habash, quien nació allí y pudo ver con sus propios ojos esta ignominia y sin embargo han vendido al mundo la imagen de que es “el médico de la muerte”, por su postura indeclinable contra el sionismo!””

Leyla había subido el tono de voz. Parecía que de su interior brotaba un coro de danzas milenarias, de dátiles y flautas mágicas, incubadas con la fuerza del sol en las perdidas y lejanas dunas donde su resplandor y la arena tenían su propia lengua de fuego. Ahora, los finos rasgos de aquella cálida feminidad exhumaban un coraje que le hacía temblar la barbilla, humedecida por el sudor

- Durante mis estudios secundarios en Amman, ocurría que los estudiantes de origen palestino éramos vistos con igual desdén. Los árabes muy pronto olvidaron que tenemos un destino común, porque aquí y allá, los parientes pobres permanecíamos distanciados, hacinados en una especie de ghetto, hecho más para espiar nuestras actividades que para apoyar nuestra causa. Una turba de “alacranes”, -así los llamábamos- mantenía un ambiente hostil contra nosotros. Era una guerra subterránea que nos acosaba, haciéndonos la vida imposible. Mis hermanos eran militantes activos de un grupo proletario juvenil, que con los años se convertiría en Al Fatah, a pesar de que mi padre había logrado guardar una modesta fortuna en El Cairo, a la cual solo podríamos acceder con la mayoría de edad. Pero es que para nosotros, la lucha era y sigue siendo una necesidad vital, una guerra de liberación nacional!

- A finales de julio del cincuenta y uno se produjo el asesinato de Abdullah, padre de Hussein, y aquel grupo del cual hacían parte, fue de alguna manera involucrado en el atentado, ya te puedes imaginar por quiénes. Atartuk el mayor, fue asesinado por un comando militar, mientras participaba en aquellas reuniones que buscaban organizar la resistencia y dirigir los primeros brotes de insurgencia palestina contra la ocupación judía. Solo con los años los jordanos, y en cabeza del propio Hussein, comprendieron que a los únicos que podía beneficiar el asesinato de Abdullah era a los judíos…y claro a los americanos.

Repasaba en su memoria aquella historia triste y lacerante con un dejo de amargura inevitable. Su voz era un hilo, tensado a veces por los sentimientos infundidos, que unía los hechos en un tejido denso, hiriente, entrañable. De pronto el relato adquiría el tono histriónico de una perorata, cuando hacía mención a las injusticias soportadas, los éxitos aparentes, las derrotas reales. Entonces encendía un nuevo cigarrillo, miraba más allá de las sombras, hurgando en una soledad tan cercana como su propia soledad y dejaba que el sentido común, curtido por los años, mostrara sin sonrojos las cicatrices escondidas.

- Lo demás es historia reciente. Lo viviste en nuestro primer viaje a Beirut agregó-. La Universidad, la organización de la rama Libanesa de la OLP en mayo del sesenta y cuatro… mis primeros ingresos a la cárcel en Beirut por pedreas a la embajada americana… en fin… Estuve bastante desorientada política y militarmente hasta cuando conocí a George Habash, su esposa Hilda con quien formamos el FPLP en compañía de Waddied Haddad y un grupo de rebeldes ante la pusilanimidad de Arafat y su gente. Dejamos de botar corriente con el cuento de la República Árabe Unida, donde se encontraban los intereses más contradictorios e insólitos que te puedas imaginar y desde entonces nos declaramos marxistas leninistas. ¡Soñábamos con una guerra inmediata! Queríamos estar en la vanguardia de la recuperación de nuestra tierra! Y George canalizó toda nuestra impetuosidad dándonos el entrenamiento militar que pedíamos. La oportunidad de efectuar las primeras incursiones en territorio enemigo. “Jugábamos al héroe!!”-

Remi sonrió. Para un latinoamericano de hoy, las noticias de los genocidios colectivos, las masacres de pueblos enteros como Sabra y Chatila, las hecatombes en que sucumben centenares de seres distantes, apenas tienen un interés anecdótico. Y sonrió con amargura al comprender el enorme poder alienante de las noticias perdidas en la página internacional de los periódicos. Aquellos recuentos escuetos de un drama diario que centuplica el dolor de las penas locales. Unas angustias tan pequeñas comparadas con el dolor sin límites que padecía aquel pueblo hermano del otro lado del mar…

En su mirada brilló una vez más el resplandor de la amarilla turbulencia del Jordán, el río eterno de los semitas, tan exacta a la del río Palo, el pobre río de los camitas, cuando transita frente a Puerto Tejada, agonizantes ambos, envenenados por la misma infamante, apocalíptica contaminación; putrefactos, moribundos. Habitados por la misma clase explotada inmisericordemente por los judíos. Porque ahora ellos estaban aquí, utilizando todos los recursos a su alcance para alimentar el poder que esgrimían al otro extremo de la tierra.

- ¿Cómo pudimos demorarnos tanto en descubrirlo? –se escuchó preguntar sobresaltado- ¡Israel es un fenómeno colonialista; el colonialismo es un fenómeno imperialista!! –reafirmó- Demoré varios días con la idea en la cabeza, buscando cómo presentarlo a nuestro pueblo de manera que le fuera asequible! Y mira en lo que estamos!...

- No te extrañe. Yo misma, que he soportado toda la vida el peso del imperialismo judío, demoré treinta años en aceptar que la guerra contra Israel debía cambiar de escenario. Fuera de obtener las ventajas de la internacionalización logrando un apoyo efectivo en el resto del mundo, supe que jamás triunfaríamos si no golpeábamos a los sionistas en sus fuentes de abastecimiento dispersas en el mundo occidental y además arrebatarles la aureola de víctimas con que estampan su imagen en el mundo. Nosotros también amamos la vida! ¿No imaginan cuánto nos duele el sacrificio de uno de nuestros mártires, adolescentes aún, cuando se inmola para llamar la atención del mundo por nuestro derecho a una patria igualmente libre?... Por supuesto que cuando fuimos enviados a coordinar la lucha en el Frente sur de América, que parecía ser el menos difícil, no imaginábamos el impresionante poderío de las inversiones judías en cada país latinoamericano…Sabíamos que dominaban la economía de los Estados Unidos donde sería más difícil actuar. Pero fíjate, en Colombia su dominio se extiende del comercio a la Bolsa de valores, monopolizan el papel, las artes plásticas y tipográficas, incluyendo el mercado nacional de libros, la industria azucarera les pertenece, las fábricas de equipos electrónicos y los grandes hipermercados del sector de la construcción son de su propiedad, el contrabando de joyas, oro, esmeraldas…los derivados del petróleo y hasta el comercio clandestino de armas!!


- Y eso que no has mencionado los Fondos de Inversión, las Corporaciones de Ahorro y Vivienda, y hasta parte de Empresas Promotoras de Salud…mejor dicho, son los dueños de la especulación legalmente organizada! -masculló con rabia Remi.

Mientras continuaban haciendo el balance de sus propias convicciones se acercaba la hora crucial de abandonar el refugio para contactar con Farid y Addla, la instructora de base que hacía los estudios socioeconómicos en el norte del Cauca. Les esperaba la más dura prueba hasta entonces: desencadenar la primera invasión de tierras por más de ocho mil trabajadores de la industria azucarera en Puerto Tejada, el pueblo escogido por Dios para padecer la más degradante descomposición social en beneficio de los intereses de la Sociedad Hebrea, representada por Moshe Rabinovich. De las escaramuzas iniciales a la guerra frontal. Esa era la consigna!

domingo, 8 de junio de 2008 0 comentarios

Hubo una vez un comandante en "Tres esquinas" (Fragmento)



Hubo además, entre la interminable cadena de discursos de aquellos tres días de celebraciones, el que se convirtió en anécdota de toda reunión futura. Uno de los visitantes dando rienda suelta a su inveterada adicción por los clásicos y la historia antigua, comparó a San Sebastián de Huaquillas con los pueblos de la Galia Cisalpina, convencido como estaba de que los Andes exhalaban el mismo aire, tenían el mismo misterioso verde toscano que había madurado ante los ojos brillantes y el pincel conmovido de los grandes paisajistas del medioevo. “Ello es así – insistía- cuando se conoce la historia de grandeza de San Sebastián de Huaquillas. Un pueblo orgulloso de su pasado heroico, de su coraje y dignidad sin límite, que en plena Guerra de los Mil días en 1900 resistió a machete limpio por más de una semana el asalto de un batallón entero de revolucionarios que bregaba por tumbar al gobierno constitucional que había heredado la constitución de Núñez”. De esas épocas viene el estilo de saludar a lo marcial, acariciando un lado de la frente, el derecho, por supuesto. Cuando los alzados entraron al pueblo, no encontraron a nadie en las calles de piedras ensangrentadas que la lluvia no había terminado de lavar, porque hasta los muertos habían sido llevados a cuestas por los bravos luchadores. Nadie en las casonas coloniales, ni en lo más hondo de los pisos ocultos; no hallaron los caballos que imaginaban ramoneando en las cuadras, ni grano en las alacenas. Era un pueblo muerto, blanco como una tumba, colgado de un barranco de donde pendían sus tres largas calles que iban desde San Francisco hasta la vieja cárcel, donde engordaban tres viejos guardianes. El general invasor, con el rostro enlobreguecido por el aspecto que emanaba de ese cagadero con ínfulas de pueblo histórico, colonial y español, pese a los geranios y las veraneras que colgaban de los groseros capiteles de barro cocido que sostenía los ventanales, en pocos días se asqueó de la soledad, de la ausencia de mujeres musitando historias, de la falta de oír gritar ese “Susana, ven, Susana” al que estaba acostumbrado en su Caribe abierto, a niños corriendo, ancianos pulcramente abandonados en los escaños… pese al pequeño botín de los objetos no alcanzados a esconder o llevar en la presurosa fuga, optó por una honrosa retirada para no guardar en su haber la ocupación de un viejo pueblo solo, triste y abandonado.

“No me gustan los pueblos de godos!”- fue el único juicio que dejó para recuerdo. Y talvez porque cargaba con alguna pena en el alma no se sintió obligado a meterle candela por los cuatro costados como lo hicieran tantos otros en el pasado, que arrasaron, violaron, secuestraron y asesinaron en nombre de la guerra. Solo quedan borrones de una empolvada carta que escribió a una lejana amante durante aquellos días de reposo: “en un nublado y triste atardecer solo siento que apareces en las flores que sobreviven en los ventanales de este pueblo escondido y milenario que me gané en suerte en esta horrenda guerra. Pero es tan honda la soledad que no resisto más. Solo resta recobrar el aliento y salir volando como las águilas, porque aquí es imposible vivir”! – escribió desde San Sebastián de Huaquillas el general Custodio García a su novia en Turbaco- “Si supieras mi dolor –agregaba- cuando vuelva a tu lado y te cuente esta ausencia, no podrás negarme tus besos ni el refugio de tu amor. No vale la pena sufrir en la vida ni tanto padecer por amor. Tuyo del alma, C.G.”


Después del solemnísimo entierro que siguió a las carreras y angustias vividas por todos, ante la inimaginable confusión que reinó desde el instante en que Don Carlos Rojano Mantúa pronunciaba su discurso de aceptación de la Alcaldía, preparando el ánimo y conteniendo la expectación de la multitud que aguardaba el momento de la posesión para entregarse a la francachela preparada durante varios días por el criticado “comité de los catorce” encargado de organizar los festejos del cuarenta y ocho cuando se obtuvo la dignidad de municipio; después de los incontables intentos de volverlo a la vida, pese a los delicados cuidados de su viuda, del sabio Dr. Felipe Castro y los infructuosos esfuerzos del pueblo entero menoscabado por su abierta ignorancia, la antigüedad de sus fórmulas y la lamentada ausencia de medicamentos especiales en las boticas del pueblo…. El más trepidante y ensordecedor plebiscito colectivo escogió por unanimidad como candidato único del pueblo ante la terna solicitada por el Gobernador para nombrar alcalde municipal: a Sebastián!!
Solo entonces comprendimos el enorme ascendiente que tenía y sus verdaderas dimensiones como organizador y dirigente.

“¡Sabaqueños –dijo- estoy aquí por vosotros y para vosotros! Permitidme que yo os jure por Dios, –agregó luego-, que nada ni nadie impedirá que vosotros tengáis lo que os pertenece!! Juro por mi honor de hombre y de dirigente de este movimiento que nunca os traicionaré!”. Tras una pausa que no alcanzó a apaciguar el ánimo sobrecogido de emoción que amenazaba con estrangular las gargantas atenazadas, terminó diciendo a todo pulmón:
“¡Pero vosotros tenéis que jurar conmigo que tampoco vais a traicionarme!!”

El pueblo entonces olvidó por completo las reglas mínimas y como quien lanza una chispa sobre materias inflamables, explotó en gritos de júbilo y de gloria sin dar espera al abrazo, que no obstante los empujones y los brazos alargados, el polvo levantado, las banderas ondeantes y las flores pisoteadas, los amplios vestidos de las monjas estrujados en la felicitación masiva convertida en batalla campal se obstinaron en darle el propio Gobernador, los secretarios del despacho con sus distinguidas señoras y los honorables diputados autores de la memorable Ordenanza.
El hombre de las Galias alcanzó a advertir entre dientes:
“¡Ahí tienen su Duchecito!!”
Pero nadie sabía entonces de latines ni de fascios. A duras penas acabábamos de sobrevivir a los gritos del negro Gaitán.

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Aquellos dìas difíciles (Fragmento 3)



Hablamos de todo y de nada. De la necesidad de mantener la agricultura del campo, donde empezaba a observarse una hambruna silenciosa disimulada por el ventorrillo del narcotráfico. Pero fué imposible hablar de paz. Ni siquiera tangencialmente, por si acaso. De tal manera que me guardé el delicioso recuerdo de un reciente viaje, que hubiera sido como anillo al dedo para comprometerse en una buena amistad. Con él no había términos aplicables a sentimientos tan comunes entre la gente. Solamente se podía pretender llegar a la calidad de conocido, ante su hierática actitud.

-Allí, sentado en aquella banca un año antes, mientras consumía un plato de arroz con atún y frijoles, observando una pared de resanes inacabados, recordó a Walita, la vuelta bajera. Su transparencia le inspiró estas verdades. Y volvió a leer parte de sus escritos:
“Por mucho tiempo me sobrevivió el embrujo causado por la resolana del caribe, sentido en lo alto de la escalerilla del avión. La brisa del mar jugaba con el cabello suelto de las mujeres, mientras enfriaba los motores encendidos de la aeronave que nos había transportado desde Tocumen a Rancho Boyeros, en los suburbios de La Habana. Al detallar el entorno de la malla que rodea el aeropuerto, observé al abuelo Telésforo en su eterna bicicleta Philips, camino del río Güengüé; pasaría el puente de guadua, seguiría hasta la finca de la tía Matilde y luego se enterraría en la manigua hasta el comienzo de la noche, cuando volvería a recoger los pasos. ¡Pero el abuelo había muerto hacía cuarenta años en Padilla! ¡Qué hacía allí, en la Cuba de Fidel Castro, a finales del noventa y siete, ya casi comenzando el siglo veintiuno?”

“Aquella mágica, triste y absurda sensación de haber regresado medio siglo en el tiempo, me mantuvo hipnotizado durante un corto mes en la isla. Caminaba absorto, tropezando con fantasmas de mi infancia que creía perdidos en la bruma de los años. Todo permanecía estático, quieto, recién envejecido. Un perfecto hedor de herrumbre caminaba agazapado al paso de los hombres y mujeres aferrados a sus viejas ciclas, transpirando un aliento de dignidad, parecido al que sobrevivió en la mirada de los negros del norte del Cauca, mucho tiempo después de ver sus fincas convertidas en mares de caña de azúcar. El mismo mar, la misma caña y el mismo azúcar que amargaba aquí y allá la mirada de los hombres, bajo la canícula hirviente que ataba la piel tostada y reseca a unos esqueletos mantenidos en pié, por capricho y generosidad del mar.”

“Despojado del ceñido hábito de las vidas vividas hasta entonces, comencé aquel fisgonear de buhonero por las calles inundadas de gritos de pregoneros; altos, descascarados y coloniales edificios mostraban con un desparpajo inocente a través de las derruidas puertas, el vientre de una inocultable pobreza. La ausencia de carros y la aturdidora molicie urbana, no lograba disimular el ruido que hacían los niños, los juicios altisonantes que hacían las mujeres de una ventana a otra, las carcajadas batientes de los jugadores de dominó enronquecidos por el humo de sus tabacos y los alegres sarcasmos conque mataban los días sin término. Allí nada pasa. Ni siquiera el descomplicado ingreso de las jineteras llevando de la mano el hilo de su última conquista, gradas arriba, lograba perturbar el hálito de trágico acomodo a una chocante y grosera realidad.”

-“¡Mierda! De modo que esto es la revolución! Nadie me lo va a creer, carajo!”- era el sarcástico axioma que observaban mis ojos.

-Deslumbrado la descubrió, allí estaba, enmohecida y semienterrada la cuna de la cultura latinoamericana. Divagaba envuelta en las volutas de bruma y tabaco y ron, con ese ropaje encubridor de toda nuestra malhadada condición. En el vórtice de aquel huracán endemoniado podía verse que cuanto tenemos de pintoresco, extrovertido, sensual y perturbador, nos viene de allí. Susceptibles, ardientes, apasionados, intransigentes, soñadores, idealistas, irresponsables, lengüilargos, posesos de divinidad, así éramos todos en esta vuelta del mundo. Rezumábamos sensualidad. Sobretodo eso. Una dicharachera, disparatada y volátil sensualidad que tan fácil hacía erupción con la chisporroteante fuerza de las olas en el malecón, como luego se tornaba en dura, melancólica, fría, superficial indiferencia que solo nosotros somos capaces de provocar y padecer. Aquel viaje a Cuba le permitió conocer mejor su alma, quizá porque fue tan honda la conmoción y el contraste entre el dolor visceral que le provocó sacarse sus más recónditos ideologísmos y encontrar con alborozo que hay axiomas que allí terminan convertidos en mentiras verdaderas, como aquel insólito regreso al pasado con solo bajar de un avión y terminar aceptando que el tiempo no existe-.


“Walita, –en realidad su verdadero nombre era Marcia Waleska- tenía un aire de misterio, una rara mezcla de tristeza seductora y enigmático silencio, que la hacían diferente a toda la camada de burbujeantes jineteras que se tomaban por asalto la avenida del malecón frente al hotel Nacional. Su piel blanquísima centelleaba bajo la pálida iluminación del monumento a Máximo Gómez, donde hablamos por primera vez. La voz sedosa y enronquecida, tenía una firmeza que advertía de un carácter endemoniado. Y aunque el primer concepto que esgrimió sobre el héroe dominicano, hacía presagiar una ignorancia enciclopédica, con los días, fué mostrando la sólida convicción de que para ella, la historia estaba llena de jirones de la existencia y que vivía en abierta contradicción con las verdades del gobierno, para demostrarse a sí misma que la libertad era como el aire.”
-“Si me quitas el aire, tú lo que quieres es matarme, vaya”!- le dijo ella muy seria.
“Las mujeres odiaban hablar de política en dondequiera que estuviesen. Era un tema muerto, que les recordaba la razón de la sinrazón por la cual se sacrificaban una vez más. Walita solo se hizo eco de mis pensamientos cuando recorrimos en el desvencijado carro de Andrés, los bulevares arbolados que refrescaban las grandes mansiones de Miramar o cuando descubrimos los arabescos de hierro de los faroles del viejo puerto natural de La Habana. En la Bodeguita del Medio escribió un rápido graffiti mientras nos servían el siguiente mojito: “el último que salga, apaga la luz”. La frase tenía un suave aroma de sedición.”
-“Cuando la gusanera apoyada por Kennedy se metió en Bahía Cochinos las mujeres nos
sacrificamos. Cuando nuestros hombres se fueron por todo el mundo a hacer internacionalismo proletario, las mujeres también fuimos las sacrificadas. ¿Cuándo la guerra en África, quiénes pusieron el pecho aquí, mientras los muchachos peleaban en Angola y en Namibia? Y luego, con cada nuevo esfuerzo que pedía el Comandante, en la zafra, en las cosechas de tomate, de papa. Mira. ¿Qué tú crees que produjo el “periodo especial” de la economía, después que se derrumbó la Unión Soviética y aquí comenzó todo el mundo a tirarse al mar, a irse para los Estados Unidos, sino es esto? –decía moviendo rítmicamente las manos en una representación inequívoca- Quienes son las sacrificadas...Ah?” Aquí la política se la dejamos a los babalaos para que la exorcicen, oíste?”- El discurso exhalaba un peregrino resumen de la propaganda del régimen sin esconder cierto tufillo de amargo desencanto.
Las cejas oscuras enmarcaban unos ojos claros que miraban dando la impresión de lejanía. Pero cuando callaba, la mirada tenía una ternura inefable que parecía dar refugio a una orfandad desconocida. Entonces humedecía con estudiada suavidad los labios y volvía a escudriñar el horizonte con la paciencia de una gata, y la expresión recuperaba ese aire de indiferencia aparente. No era una mujer hermosa, pero era un encanto de mujer. Tenía el atractivo de las mujeres inteligentes, abiertas a la madurez y cansadas ya de disimular lo que en verdad eran, por el temor de asustar a los hombres.
-“Amo tanto a esta isla, que lo único que me trastorna es pensar que por amor termine creyendo que puedo ser feliz lejos de aquí” – le confesó serena -. El amor sobrevive mientras haya alegría, pero se acaba cuando uno se cansa de escuchar la quejumbrera de los hombres. Igual debe ser con ustedes. Aunque a los hombres, ni los hijos los amarran. Solo “zingal”. – Al instante evocó a Mechitas y sus violines gitanos. Aunque la referencia de Walita hacía referencia a nuestra indomable condición concupiscente.

La afirmación guardaba una dureza inobjetable, sórdida y cierta, confirmada con el paso de los días. La revolución no había prohibido el amor, pero lo hacía cada vez más inalcanzable. El resquebrajamiento de la tabla de valores había convertido a los amantes en unos proscritos, porque en la búsqueda de su propio lugar, en la construcción de un nido, le demandaban al estado imposibles. Los amantes, solamente encontraban un refugio para el amor, internándose en la selva densa, enmarañada y cruel de los instintos sin prejuicios. Todo se podía compartir pero era casi imposible mantenerlo vivo con el paso del tiempo. Así, hablar de hijos era una utopía enmarcada por el dolor de haberlos tenido y de no poder mantenerlos. La cháchara propagandística de las libretas de racionamiento, no lograba cambiar el sentimiento de frustración frente a la maternidad y las bodegas maltrechas y vacías, causaban heridas más hondas, que los anaqueles repletos de productos importados en las tiendas de recambio de divisas.

Walita quizá estrujando sus sueños, jamás pensó que esto o aquello la hacía infeliz.

-“¿Qué tu crees que le gusta a una mujer Cubana” –preguntó de sorpresa, mientras exigía silencio a sus compañeras del malecón- “un hombre con una pinga grande, malencarada, que te la meta y te haga sangrar, o un hombre tierno, que la tenga pequeña, pero que la sepa usar con arte?” –Caí ingenuo en su inesperada red -.

-“Uno que la sepa usar con arte” –filosofé, pretendiendo darle cabida a una relación apasionada y gratificante a la vez.

-“¡Otro que la tiene pequeña!”- exclamó el coro de compinches, celebrando con algarabía.

Era inevitable disfrutar la alegre camaradería conque todos ahuyentaban la angustia, con la misma entereza conque el rompeolas devolvía al océano la espuma de su fuerte oleaje, sin importar el rugido que terminaba convertido en brisa refrescante.

Dábamos un paseo en una carreta de los tiempos coloniales, en Cárdenas, ya al atardecer, cuando unos músicos callejeros lograron lo que hasta entonces parecía un ajedrez. Walita recostó la cabeza en mi hombro y musitó con la voz más deliciosa del mundo:
“Mira que esa música me está matando por dentro” –musitó al oído, tratando vanamente que nadie más lo supiera -.
Los enigmas y las veleidades de la revolución fueron refundidos para siempre, desde ese momento.
-“Los guajiros somos gente aparte. Somos incapaces de esconder los sentimientos, de guardarnos las cosas. Lo que sentimos, terminamos gritándolo a coro. Pero somos unos guajiros sentimentales.”-
Una furtiva lágrima se escapó rauda por sus mejillas, mientras el instrumentista del laúd clavaba su mirada de esperanza y fuego en nosotros. Humedeció los labios, con la misma picara fruición con que lo había hecho la primera noche junto al mar y prosiguió, abiertamente conmovida por las alegres notas que interpretaban los músicos.
–“Tú no te me puedes ir sin saber lo que estoy sintiendo por ti, oíste?”-
“Supe entonces que mis días de paz estaban contados. Fueron muchas horas bailando, en un parque animado por espontáneos románticos que querían compartirlo todo: recuerdos, anécdotas de los tiempos de Matamoros, de Beny Moré, de todos los ídolos anteriores a la revolución. Al amanecer, tenía la voz llena de matices cercanos que habían permanecido ocultos por la sombra de la dignidad. Su risa fresca le permitía llorar y cantar sin asomo de vergüenza. Y todos a una, le dábamos cobijo a su desnudez espiritual, con la misma bienhechora sensibilidad que nos había provocado. Fue una noche inolvidable aquella, en que la química de la música hizo y deshizo con la química del poder. Una extraña sensación me conmueve al evocar los recuerdos de aquella noche en Cárdenas. La imagen móvil de las alegres volandas de la abuela Juliana y el abuelo Telésforo, bailando a la luz tenue de los faroles, en aquel parque mágico de la isla”.



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Aquellos dìas difíciles (Fragmento 2)


lunes, 21 de abril de 2008 0 comentarios

AQUELLOS DÍAS DIFÍCILES (Fragmento)

 
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