Hubo una vez un comandante en "Tres esquinas" (Fragmento)
Aquel incidente, sin embargo, estuvo rodeado de una dramática e inusual circunstancia, ya que el hijo de una guerrillera recibió múltiples heridas y quemaduras en el cuerpo. El brazo izquierdo estaba fracturado en varias partes y en la espalda, las quemaduras le habían arrancado jirones de la piel salpicados de tierra y cenizas. Sebastián, sin ocultar la ira que apenas lograba disimular la frustración se acercó dispuesto a ayudar, mientras las voluntarias y el médico del campamento lo atendían. Al ingresar al improvisado cobertizo que hacía las veces de dispensario, transfigurado por una lividez indescifrable, con un estoicismo nacido desde las entrañas de la tierra que conmovió a todos, el niño le extendió la mano derecha, mirándolo como a un padre. El comandante sonrió para darle ánimo y con una sonrisa que le nacía muy dentro dobló el cuerpo para darle un beso en la frente antes de despedirse, pero el niño levantó su brazo derecho acariciándole la cara, en un acto ingenuo e inexplicable, que causó en Sebastián una oleada de ternura inefable y conmovedora.
La mirada diáfana y penetrante como el agua, hizo estragos en él, limpiándolo por dentro, colmándolo de un silencio incomparable que le llenaba el alma de un aire que desconocía por completo. Tomó la mano del niño para dejarla sobre su cuerpo ensangrentado y sucio, pero él se aferraba con la fuerza y ansiedad de un náufrago, acongojado, aturdido por la incertidumbre y por unos segundos sintió que un prodigio obraba en su interior. El, quien no creía posible que subsistiera fuego sobre su piel porque el amor se le había muerto, que no solo vivía blindándose contra las debilidades del espíritu sino que además le imponía a sus hombres una coraza de escepticismo frente a esos sentimientos famélicos, sintió como el amor que alguna vez perdurara en su corazón a medio tiempo, recobraba la esencia de la verdad en su ser. Una hora después, los anillos de seguridad alertaban sobre el desplazamiento de tropas que ascendían en su búsqueda y comprendió que no podría retrasar más el abandono del campamento. Pero algo más profundo que aún no lograba descifrar se había quebrado en él.
Ese doloroso cuadro lo perseguiría insomne, imperturbable como una sombra, implacable como una condena. Era como el heraldo del juicio que se cernía sobre una conciencia que permaneció escondida. Y era un mensajero que lo obligaba a abrir la puerta de su propio juicio donde tantos seres, cuya vida había segado, reclamaban por su derecho a vivir.
Al iniciar la marcha, un nuevo ser lo poseía. Los fantasmas de los muertos lo acompañaban en silencio, todos, sombríos e irredentos, como una creciente sombra errante y meditabunda, los que acababa de enterrar y los centenares que habían caído bajo el fuego de su metralla y de sus bombas. Los recuerdos se amontonaban en una imperturbable manifestación de dolor ininterrumpido, que solo menguaba cuando volvía la sensación de dulzura y bondad que le había provocado la mano del niño en su rostro. Más que una fuga, era un regreso. Era un insólito reencuentro con el hombre que había sido algún día en el pasado, con aquel niño triste que se paraba frente a la ventana de su casa en las montañas de Génova para ver llover, mientras soñaba con el día en que tuviera motivos para sonreír y jugar como los demás. Era volver a aquellos tiempos en que lo había tenido todo y la misma infernal violencia se lo había arrebatado. Era por toda aquella resaca que rezumaba su alma que sentía esa necesidad de olvido y por la que en las madrugadas, al ordenar la toma de un pueblo, sentía una escabrosa sensación de orgiástico alivio cuando destruía un cuartel de policía o acababa aniquilando hasta el último rescoldo de resistencia de quienes nunca conocerían el desierto que anidaba en su corazón.
Había olvidado cuántas veces había dicho que Dios no existía porque jamás lo sentía latir en su corazón. Y lo anecdótico lo convirtió en un dogma personal que trataba de inculcar en sus hombres como un credo que los blindara contra las veleidades religiosas de la infancia. Aunque sus propias irreverencias y contradicciones afloraban cuando condescendía en que lo detestable de las religiones eran las profundas injusticias que anidaban en el seno de las iglesias:
- “Uno de los primeros revolucionarios fue Jesucristo, quien tuvo la osadía de desconocer todos los mandatos de los sanedrines y conciliábulos de los judíos. Habló un lenguaje igualitario y social muy distinto al que hablan los pastores de la Iglesia, quienes no solo inventaron un concepto esotérico de Dios, sino que terminaron convirtiéndolo en soporte de reyes corrompidos, dictadores despiadados y sirviendo de sostén a las más repugnantes injusticias en veinte siglos. No puedo aceptar que exista un Dios al servicio de los ricos, únicamente. ¿Cómo podría creer en él? Dios no existe. Es un invento. Y además nunca he sentido que viva en mi corazón!”.
Sin embargo una música extraña comenzó a conducirlo, como el paso de una comparsa fascinante que halaba de él sin preguntar siquiera donde iba a llevarlo. Era un estado febril inusitado, una sosegada confusión de sentimientos insólitos, desconocidos, perturbadores, que asilaban en su mente como una constante e incontenible profanación de los dictados con que había vivido. Trataba de aferrarse a los postulados y a la fuerza dialéctica que diariamente compartía con los ideólogos de su entorno, pero simultáneamente una desconcertante confusión lo invadía, apabullándolo, desmadejándolo, haciéndolo presa de un inexplicable y doloroso complejo de culpa que jamás había aflorado en casi cuarenta años de luchas.
El recuerdo del niño acariciándole el rostro reaparecía como una visión seráfica, reviviendo todos sus viejos resquemores y prejuicios frente a las actitudes blandengues que resquebrajaban la dureza del mando, pero esos instantes desaparecían dando paso a las imágenes carbonizadas de las iglesias destruidas, el olor penetrante de los mutilados en combate, las humilladas súplicas de los ajusticiados por sus propias órdenes y el silencio impuesto a las guerrilleras obligadas a abortar. Se aisló en un intento por ocultar el desconcierto que lo invadía, pero la sensación asfixiante que poseía su espíritu se multiplicaba haciéndole intolerable la soledad. Quiso contrarrestar ésta profanación de su libre albedrío, embriagándose, decidido como estaba a recuperar el sentido común, pero ninguna de estas estratagemas era capaz de quitarle el estremecimiento provocado por el desfilar permanente de cadáveres, en una alucinación interminable, que ni siquiera era reproche sino dolor, agonía insufrible y culpa desconocida.
LA SANGRE DE DAVID (FRAGMENTO)
Bajo una pertinaz llovizna que en la ciudad habría causado los derrumbes y sempiternas inundaciones de Petare y demás barrios bajos contaminados por el Güayre, el cómodo LTD descendió raudamente por la avenida Sucre y continuó por la Andrés Bello tras atravesar el recientemente pintado puente de la Fuerzas Armadas. Quizá la única hora amable para un turista en Caracas es aquella que sigue a las nueve de la noche. Para entonces la locura de sus ochocientos mil vehículos (1979) reposan en las calles convertidas en aparcadero obligado, sopla una brisa fresca que desciende del Ávila y la vieja arquitectura de Miraflores, el blanco edificio del Correo Nacional, aquella callejuela angosta convertida en paseo peatonal que desemboca en una silenciosa plaza de Bolívar, o el desperdiciado cementerio histórico en que se ha convertido la Plazuela de San Jacinto, adquieren vida propia, frente a la dictatorial majestad y brutal sumisión que han impuesto gigantescas moles de cemento.
El vehículo desvió hacia San Bernardino por la estrecha Avenida Carlos Soublette para detenerse frente a un elegante edificio de catorce pisos. Se llamaba "Yajay-Roi" según podía leerse en una plaqueta negra con letras doradas. El chofer bajó el vidrio izquierdo, extrajo un pequeño artefacto del bolsillo y tras manipular un botón, la severa puerta de hierro corrugado comenzó a abrirse dando paso a un espacioso sótano de tres niveles donde permanecía estacionada una veintena de lujosos automóviles. Al final se detuvo cerca de la puerta de comunicación con el ascensor principal. El chofer fue el primero en descender para abrir la puerta a un imperturbable Moshe Rabinovich y al cansado Alex Dimitrie.
- Enseguida subiré su equipaje, señor.
- Gracias.
En ese instante se abría la puerta del ascensor y apareció el grupo de personas que incluía una sonriente Sella Misraim.
- Moshe, mon amour…Qué locuras son esas de seguir viajando en Sabath! Ya nos tenías preocupados. Y qué ocurrencia es esa de llamar solo dos horas antes de viajar! ¡Mon Dieu! –de inmediato se le abalanzó al cuello con los brazos abiertos dándole calurosos besos en las mejillas, consiguiendo ruborizar a medias a Moshe.
- Y tú. ¿Qué dices? No percibo ese comprometedor perfume de sándalo que no llevabas desde nuestro último viaje a Nueva York? Sella, cariño qué tal van tus vacaciones? –respondía Moshe con efusividad a su mujer, al tiempo que alargaba la mano derecha para saludar a los demás.
- Bienvenido Moshe! –casi corearon todos.
- Bienvenido querido hermano – dijo con un sollozo entrecortado el delgado rabino Elías Ben Yussef, conmovido ante el encuentro con el debilucho ayudante de antaño, desde aquella borrosa época de la prohibición legal de celebrar el culto en el ghetto de Vilna.
- ¡Respetado Maestro! ¿Desde cuándo decidió abandonar su tranquilo Nueva York para enfrentarse a este trópico semisalvaje? ¡Déjeme abrazarlo! –pidió Moshe con veneración- Hace ya cerca de un año que no le veo mi querido Ben Yussef. Pero se ve tan duro como en los viejos tiempos, verdad?
- ¡OH…claro! –contestaron todos con alegría al ver la satisfacción de los viejos compañeros de lucha que habían sobrevivido al holocausto de la guerra.
Ascendieron a un elegante pent house volaban prestos los sirvientes dando los últimos toques a una soberbia sala decorada con dignidad. Un majestuoso jarrón que adornaba la mesa de centro dio paso a sendas copas de vodka con tónica, la bebida predilecta de Moshe. El ambiente del amplio salón se llenó de las risas que provocaban las anécdotas de Moshe coreadas por aquel auditorio que le escuchaba con verdadero placer. El largo brazo de su poder tenía la virtud de inyectar optimismo en cuantos le acompañaban y su voz, cuando de verdad lo deseaba, tenía la valiosa cualidad de llenar el vacío de cualquier lugar. Nada más importante que dejar de lado lo trascendental para demostrar una vez más la segura sensación de estar en capacidad de repartir una confianza sin limitaciones. Había vivido para ello. Disfrutar de un poder sin cortapisas. Hablar un lenguaje exento de dudas. Recrear un estado de ánimo cercano al éxtasis donde fuese imposible sembrar de guijarros el surco fecundo de una lealtad conseguida como respuesta a una voluntad inquebrantable. Allí estaba el Moshe Rabinovich del que todos creían saber lo suficiente para no parecer alejados de su íntima y poderosa amistad. Era Innegable la evidente fortaleza de su carácter. ¿Quién recordaba al “gringo viejo” que recorría las fincas de los negros norte caucanos ofreciéndoles cuentas de cachivaches a cambio de arrendarle sus fincas?
- - Y bien amigos - brindó con gesto de sincera preocupación- creo que han surgido algunos problemas de mayor o menor gravedad que demandan atención inmediata. Quiero conocerlos en detalle. No he venido desde Bogotá a acompañarlos a un plato Kosher. Ya sabéis que no soy un hassidim fanático sino un judío, sionista, práctico, de nuestro tiempo. Es verdad, señores –se sintió en el deber de explicar su tema predilecto- no consumo comida kosher por prescripción médica, pero una de las áreas de financiamiento de la Fundación sirve para aumentar su producción en varios lugares del mundo. Nuestro trabajo no consiste en mostrarnos como obedientes ciegos de los mandatos del Talmud sino en hacerlos posibles para cientos de nuestros hermanos. Ahora, cuando algunos ingenuos se asustan de la amplia cobertura de nuestros dominio y las diversas líneas de nuestros negocios, yo les respondo con hechos: ¡trescientos mil judíos están luchando por abandonar Rusia y los dos mil que hemos logrado evacuar en tres ”aliyahs” no hubieran podido retornar a Israel sin nuestro apoyo; ¡Ninguna ley, ninguna razón humanitaria ha sido tomada en cuenta! Fue el poder de nuestro dinero el que compró docenas de altos oficiales y empleados…! Decenas de reductor neonazis pululan en Europa Oriental, Alemania Occidental y los mismos Estados Unidos! Pues bien. Nuestra Fundación provee los recursos suficientes para combatirlos, dondequiera se encuentren y por los métodos que considere adecuados! Nada debería extrañarnos queridos amigos –prosiguió calmadamente- Hace mucho rato que vivo convencido que solo en Israel somos los descendientes de Jacob. Para el resto del mundo seguimos siendo los asesinos de Cristo! De allí que Herzl y Mendelsohn, cada uno en su estilo, no se equivocaban cuando nos proclamaron la indispensable necesidad de una patria verdaderamente nuestra. Así ella sea en gran parte roca o desierto. Todo ello no ha servido sino para demostrar al resto del mundo la fuerza de nuestra disciplina, el vigor indoblegable de nuestra raza… su razón de ser! Ahora lo saben bien! El mundo que veremos al comenzar el nuevo siglo será un mundo libre de esa vergüenza de la humanidad que es la esclavitud estalinista impuesta por el Estado. El final de esta centuria muestra un camino amplio para la libertad, la democracia y la creatividad individual y colectiva del capitalismo!
Moshe hizo una nueva pausa mientras ingería más de la mitad del contenido de su vaso y recorría el gesto sereno, atento, de quienes le escuchaban. Al fondo, solo el coro arrullador de una melodía americana daba paso al cansado juego de los saxofones.
- Para la Fundación es una ley –continuó- que por cada “sukkah” que sostengamos, debe existir un centro de preparación política y militar cercano. Ya en Estados Unidos y en algunos países de Europa nuestros niños no solo aprenden la religión de su raza, sus costumbres y valores. Al mismo tiempo les enseñamos geopolítica intensiva, sociología y arte militar. Los colegios que hemos creado tienen esa clara orientación tanto en América como en el viejo mundo. Y sabed una cosa más. Hoy en día, el Bar Mitzvah más que el viejo ingreso ceremonial, es una prueba de habilidad físico-mental que combina el manejo del fagot con el de una metralleta; no basta interpretar los libros sagrados, tener una nueva responsabilidad en la vida. ¡Es absolutamente indispensable saber que eso mismo depende de la habilidad para ser un excelente soldado de Israel! ¡Nuestra guerra será eterna! Por lo mismo nuestra preparación debe acomodarse a tal situación. Permanentemente. En cualquier circunstancia y lugar. Aún en la misma Rusia lo estamos haciendo. No volverán a tomarnos desprevenidos jamás!!...
-
- Moshe…Moshe, por favor -trató de atemperar Sella, observando con preocupación la angustia que había adquirido el rostro del Rabino, no así la de los demás que guardaban expectante silencio. Pero su marido no la determinó un segundo, como si la pausa hubiera sido para cambiar tan solo de aire.
- Os repito una vez más aquella sabia máxima que nos dejara Moisés Mendelsohn: “el deber de todo buen judío es alcanzar distinción y poder en el país que viva y usarlo en beneficio de los suyos y de los nativos que permanecen en Israel”. Pues bien, esa es mi ley. Nada es más claro para un judío práctico como yo. Todo cuanto haga por engrandecer la fuerza de Israel es bueno. Todo aquello que pudiera debilitarla es malo. Muy malo! - y se hundió unos segundos en el fragor de su propia conciencia desnudada a medias ante los ojos de aquellos hombres…
Hubo una vez un comandante en "Tres esquinas" (Fragmento)
Hubo además, entre la interminable cadena de discursos de aquellos tres días de celebraciones, el que se convirtió en anécdota de toda reunión futura. Uno de los visitantes dando rienda suelta a su inveterada adicción por los clásicos y la historia antigua, comparó a San Sebastián de Huaquillas con los pueblos de la Galia Cisalpina, convencido como estaba de que los Andes exhalaban el mismo aire, tenían el mismo misterioso verde toscano que había madurado ante los ojos brillantes y el pincel conmovido de los grandes paisajistas del medioevo. “Ello es así – insistía- cuando se conoce la historia de grandeza de San Sebastián de Huaquillas. Un pueblo orgulloso de su pasado heroico, de su coraje y dignidad sin límite, que en plena Guerra de los Mil días en 1900 resistió a machete limpio por más de una semana el asalto de un batallón entero de revolucionarios que bregaba por tumbar al gobierno constitucional que había heredado la constitución de Núñez”. De esas épocas viene el estilo de saludar a lo marcial, acariciando un lado de la frente, el derecho, por supuesto. Cuando los alzados entraron al pueblo, no encontraron a nadie en las calles de piedras ensangrentadas que la lluvia no había terminado de lavar, porque hasta los muertos habían sido llevados a cuestas por los bravos luchadores. Nadie en las casonas coloniales, ni en lo más hondo de los pisos ocultos; no hallaron los caballos que imaginaban ramoneando en las cuadras, ni grano en las alacenas. Era un pueblo muerto, blanco como una tumba, colgado de un barranco de donde pendían sus tres largas calles que iban desde San Francisco hasta la vieja cárcel, donde engordaban tres viejos guardianes. El general invasor, con el rostro enlobreguecido por el aspecto que emanaba de ese cagadero con ínfulas de pueblo histórico, colonial y español, pese a los geranios y las veraneras que colgaban de los groseros capiteles de barro cocido que sostenía los ventanales, en pocos días se asqueó de la soledad, de la ausencia de mujeres musitando historias, de la falta de oír gritar ese “Susana, ven, Susana” al que estaba acostumbrado en su Caribe abierto, a niños corriendo, ancianos pulcramente abandonados en los escaños… pese al pequeño botín de los objetos no alcanzados a esconder o llevar en la presurosa fuga, optó por una honrosa retirada para no guardar en su haber la ocupación de un viejo pueblo solo, triste y abandonado.
“No me gustan los pueblos de godos!”- fue el único juicio que dejó para recuerdo. Y talvez porque cargaba con alguna pena en el alma no se sintió obligado a meterle candela por los cuatro costados como lo hicieran tantos otros en el pasado, que arrasaron, violaron, secuestraron y asesinaron en nombre de la guerra. Solo quedan borrones de una empolvada carta que escribió a una lejana amante durante aquellos días de reposo: “en un nublado y triste atardecer solo siento que apareces en las flores que sobreviven en los ventanales de este pueblo escondido y milenario que me gané en suerte en esta horrenda guerra. Pero es tan honda la soledad que no resisto más. Solo resta recobrar el aliento y salir volando como las águilas, porque aquí es imposible vivir”! – escribió desde San Sebastián de Huaquillas el general Custodio García a su novia en Turbaco- “Si supieras mi dolor –agregaba- cuando vuelva a tu lado y te cuente esta ausencia, no podrás negarme tus besos ni el refugio de tu amor. No vale la pena sufrir en la vida ni tanto padecer por amor. Tuyo del alma, C.G.”
Después del solemnísimo entierro que siguió a las carreras y angustias vividas por todos, ante la inimaginable confusión que reinó desde el instante en que Don Carlos Rojano Mantúa pronunciaba su discurso de aceptación de la Alcaldía, preparando el ánimo y conteniendo la expectación de la multitud que aguardaba el momento de la posesión para entregarse a la francachela preparada durante varios días por el criticado “comité de los catorce” encargado de organizar los festejos del cuarenta y ocho cuando se obtuvo la dignidad de municipio; después de los incontables intentos de volverlo a la vida, pese a los delicados cuidados de su viuda, del sabio Dr. Felipe Castro y los infructuosos esfuerzos del pueblo entero menoscabado por su abierta ignorancia, la antigüedad de sus fórmulas y la lamentada ausencia de medicamentos especiales en las boticas del pueblo…. El más trepidante y ensordecedor plebiscito colectivo escogió por unanimidad como candidato único del pueblo ante la terna solicitada por el Gobernador para nombrar alcalde municipal: a Sebastián!!
Solo entonces comprendimos el enorme ascendiente que tenía y sus verdaderas dimensiones como organizador y dirigente.
“¡Sabaqueños –dijo- estoy aquí por vosotros y para vosotros! Permitidme que yo os jure por Dios, –agregó luego-, que nada ni nadie impedirá que vosotros tengáis lo que os pertenece!! Juro por mi honor de hombre y de dirigente de este movimiento que nunca os traicionaré!”. Tras una pausa que no alcanzó a apaciguar el ánimo sobrecogido de emoción que amenazaba con estrangular las gargantas atenazadas, terminó diciendo a todo pulmón:
“¡Pero vosotros tenéis que jurar conmigo que tampoco vais a traicionarme!!”
El pueblo entonces olvidó por completo las reglas mínimas y como quien lanza una chispa sobre materias inflamables, explotó en gritos de júbilo y de gloria sin dar espera al abrazo, que no obstante los empujones y los brazos alargados, el polvo levantado, las banderas ondeantes y las flores pisoteadas, los amplios vestidos de las monjas estrujados en la felicitación masiva convertida en batalla campal se obstinaron en darle el propio Gobernador, los secretarios del despacho con sus distinguidas señoras y los honorables diputados autores de la memorable Ordenanza.
El hombre de las Galias alcanzó a advertir entre dientes:
“¡Ahí tienen su Duchecito!!”
Pero nadie sabía entonces de latines ni de fascios. A duras penas acabábamos de sobrevivir a los gritos del negro Gaitán.
Aquellos dìas difíciles (Fragmento 3)
Hablamos de todo y de nada. De la necesidad de mantener la agricultura del campo, donde empezaba a observarse una hambruna silenciosa disimulada por el ventorrillo del narcotráfico. Pero fué imposible hablar de paz. Ni siquiera tangencialmente, por si acaso. De tal manera que me guardé el delicioso recuerdo de un reciente viaje, que hubiera sido como anillo al dedo para comprometerse en una buena amistad. Con él no había términos aplicables a sentimientos tan comunes entre la gente. Solamente se podía pretender llegar a la calidad de conocido, ante su hierática actitud.
-Allí, sentado en aquella banca un año antes, mientras consumía un plato de arroz con atún y frijoles, observando una pared de resanes inacabados, recordó a Walita, la vuelta bajera. Su transparencia le inspiró estas verdades. Y volvió a leer parte de sus escritos:
“Por mucho tiempo me sobrevivió el embrujo causado por la resolana del caribe, sentido en lo alto de la escalerilla del avión. La brisa del mar jugaba con el cabello suelto de las mujeres, mientras enfriaba los motores encendidos de la aeronave que nos había transportado desde Tocumen a Rancho Boyeros, en los suburbios de La Habana. Al detallar el entorno de la malla que rodea el aeropuerto, observé al abuelo Telésforo en su eterna bicicleta Philips, camino del río Güengüé; pasaría el puente de guadua, seguiría hasta la finca de la tía Matilde y luego se enterraría en la manigua hasta el comienzo de la noche, cuando volvería a recoger los pasos. ¡Pero el abuelo había muerto hacía cuarenta años en Padilla! ¡Qué hacía allí, en la Cuba de Fidel Castro, a finales del noventa y siete, ya casi comenzando el siglo veintiuno?”
“Aquella mágica, triste y absurda sensación de haber regresado medio siglo en el tiempo, me mantuvo hipnotizado durante un corto mes en la isla. Caminaba absorto, tropezando con fantasmas de mi infancia que creía perdidos en la bruma de los años. Todo permanecía estático, quieto, recién envejecido. Un perfecto hedor de herrumbre caminaba agazapado al paso de los hombres y mujeres aferrados a sus viejas ciclas, transpirando un aliento de dignidad, parecido al que sobrevivió en la mirada de los negros del norte del Cauca, mucho tiempo después de ver sus fincas convertidas en mares de caña de azúcar. El mismo mar, la misma caña y el mismo azúcar que amargaba aquí y allá la mirada de los hombres, bajo la canícula hirviente que ataba la piel tostada y reseca a unos esqueletos mantenidos en pié, por capricho y generosidad del mar.”
“Despojado del ceñido hábito de las vidas vividas hasta entonces, comencé aquel fisgonear de buhonero por las calles inundadas de gritos de pregoneros; altos, descascarados y coloniales edificios mostraban con un desparpajo inocente a través de las derruidas puertas, el vientre de una inocultable pobreza. La ausencia de carros y la aturdidora molicie urbana, no lograba disimular el ruido que hacían los niños, los juicios altisonantes que hacían las mujeres de una ventana a otra, las carcajadas batientes de los jugadores de dominó enronquecidos por el humo de sus tabacos y los alegres sarcasmos conque mataban los días sin término. Allí nada pasa. Ni siquiera el descomplicado ingreso de las jineteras llevando de la mano el hilo de su última conquista, gradas arriba, lograba perturbar el hálito de trágico acomodo a una chocante y grosera realidad.”
-“¡Mierda! De modo que esto es la revolución! Nadie me lo va a creer, carajo!”- era el sarcástico axioma que observaban mis ojos.
-Deslumbrado la descubrió, allí estaba, enmohecida y semienterrada la cuna de la cultura latinoamericana. Divagaba envuelta en las volutas de bruma y tabaco y ron, con ese ropaje encubridor de toda nuestra malhadada condición. En el vórtice de aquel huracán endemoniado podía verse que cuanto tenemos de pintoresco, extrovertido, sensual y perturbador, nos viene de allí. Susceptibles, ardientes, apasionados, intransigentes, soñadores, idealistas, irresponsables, lengüilargos, posesos de divinidad, así éramos todos en esta vuelta del mundo. Rezumábamos sensualidad. Sobretodo eso. Una dicharachera, disparatada y volátil sensualidad que tan fácil hacía erupción con la chisporroteante fuerza de las olas en el malecón, como luego se tornaba en dura, melancólica, fría, superficial indiferencia que solo nosotros somos capaces de provocar y padecer. Aquel viaje a Cuba le permitió conocer mejor su alma, quizá porque fue tan honda la conmoción y el contraste entre el dolor visceral que le provocó sacarse sus más recónditos ideologísmos y encontrar con alborozo que hay axiomas que allí terminan convertidos en mentiras verdaderas, como aquel insólito regreso al pasado con solo bajar de un avión y terminar aceptando que el tiempo no existe-.
“Walita, –en realidad su verdadero nombre era Marcia Waleska- tenía un aire de misterio, una rara mezcla de tristeza seductora y enigmático silencio, que la hacían diferente a toda la camada de burbujeantes jineteras que se tomaban por asalto la avenida del malecón frente al hotel Nacional. Su piel blanquísima centelleaba bajo la pálida iluminación del monumento a Máximo Gómez, donde hablamos por primera vez. La voz sedosa y enronquecida, tenía una firmeza que advertía de un carácter endemoniado. Y aunque el primer concepto que esgrimió sobre el héroe dominicano, hacía presagiar una ignorancia enciclopédica, con los días, fué mostrando la sólida convicción de que para ella, la historia estaba llena de jirones de la existencia y que vivía en abierta contradicción con las verdades del gobierno, para demostrarse a sí misma que la libertad era como el aire.”
-“Si me quitas el aire, tú lo que quieres es matarme, vaya”!- le dijo ella muy seria.
“Las mujeres odiaban hablar de política en dondequiera que estuviesen. Era un tema muerto, que les recordaba la razón de la sinrazón por la cual se sacrificaban una vez más. Walita solo se hizo eco de mis pensamientos cuando recorrimos en el desvencijado carro de Andrés, los bulevares arbolados que refrescaban las grandes mansiones de Miramar o cuando descubrimos los arabescos de hierro de los faroles del viejo puerto natural de La Habana. En la Bodeguita del Medio escribió un rápido graffiti mientras nos servían el siguiente mojito: “el último que salga, apaga la luz”. La frase tenía un suave aroma de sedición.”
-“Cuando la gusanera apoyada por Kennedy se metió en Bahía Cochinos las mujeres nos
sacrificamos. Cuando nuestros hombres se fueron por todo el mundo a hacer internacionalismo proletario, las mujeres también fuimos las sacrificadas. ¿Cuándo la guerra en África, quiénes pusieron el pecho aquí, mientras los muchachos peleaban en Angola y en Namibia? Y luego, con cada nuevo esfuerzo que pedía el Comandante, en la zafra, en las cosechas de tomate, de papa. Mira. ¿Qué tú crees que produjo el “periodo especial” de la economía, después que se derrumbó la Unión Soviética y aquí comenzó todo el mundo a tirarse al mar, a irse para los Estados Unidos, sino es esto? –decía moviendo rítmicamente las manos en una representación inequívoca- Quienes son las sacrificadas...Ah?” Aquí la política se la dejamos a los babalaos para que la exorcicen, oíste?”- El discurso exhalaba un peregrino resumen de la propaganda del régimen sin esconder cierto tufillo de amargo desencanto.
Las cejas oscuras enmarcaban unos ojos claros que miraban dando la impresión de lejanía. Pero cuando callaba, la mirada tenía una ternura inefable que parecía dar refugio a una orfandad desconocida. Entonces humedecía con estudiada suavidad los labios y volvía a escudriñar el horizonte con la paciencia de una gata, y la expresión recuperaba ese aire de indiferencia aparente. No era una mujer hermosa, pero era un encanto de mujer. Tenía el atractivo de las mujeres inteligentes, abiertas a la madurez y cansadas ya de disimular lo que en verdad eran, por el temor de asustar a los hombres.
-“Amo tanto a esta isla, que lo único que me trastorna es pensar que por amor termine creyendo que puedo ser feliz lejos de aquí” – le confesó serena -. El amor sobrevive mientras haya alegría, pero se acaba cuando uno se cansa de escuchar la quejumbrera de los hombres. Igual debe ser con ustedes. Aunque a los hombres, ni los hijos los amarran. Solo “zingal”. – Al instante evocó a Mechitas y sus violines gitanos. Aunque la referencia de Walita hacía referencia a nuestra indomable condición concupiscente.
La afirmación guardaba una dureza inobjetable, sórdida y cierta, confirmada con el paso de los días. La revolución no había prohibido el amor, pero lo hacía cada vez más inalcanzable. El resquebrajamiento de la tabla de valores había convertido a los amantes en unos proscritos, porque en la búsqueda de su propio lugar, en la construcción de un nido, le demandaban al estado imposibles. Los amantes, solamente encontraban un refugio para el amor, internándose en la selva densa, enmarañada y cruel de los instintos sin prejuicios. Todo se podía compartir pero era casi imposible mantenerlo vivo con el paso del tiempo. Así, hablar de hijos era una utopía enmarcada por el dolor de haberlos tenido y de no poder mantenerlos. La cháchara propagandística de las libretas de racionamiento, no lograba cambiar el sentimiento de frustración frente a la maternidad y las bodegas maltrechas y vacías, causaban heridas más hondas, que los anaqueles repletos de productos importados en las tiendas de recambio de divisas.
Walita quizá estrujando sus sueños, jamás pensó que esto o aquello la hacía infeliz.
-“¿Qué tu crees que le gusta a una mujer Cubana” –preguntó de sorpresa, mientras exigía silencio a sus compañeras del malecón- “un hombre con una pinga grande, malencarada, que te la meta y te haga sangrar, o un hombre tierno, que la tenga pequeña, pero que la sepa usar con arte?” –Caí ingenuo en su inesperada red -.
-“Uno que la sepa usar con arte” –filosofé, pretendiendo darle cabida a una relación apasionada y gratificante a la vez.
-“¡Otro que la tiene pequeña!”- exclamó el coro de compinches, celebrando con algarabía.
Era inevitable disfrutar la alegre camaradería conque todos ahuyentaban la angustia, con la misma entereza conque el rompeolas devolvía al océano la espuma de su fuerte oleaje, sin importar el rugido que terminaba convertido en brisa refrescante.
Dábamos un paseo en una carreta de los tiempos coloniales, en Cárdenas, ya al atardecer, cuando unos músicos callejeros lograron lo que hasta entonces parecía un ajedrez. Walita recostó la cabeza en mi hombro y musitó con la voz más deliciosa del mundo:
“Mira que esa música me está matando por dentro” –musitó al oído, tratando vanamente que nadie más lo supiera -.
Los enigmas y las veleidades de la revolución fueron refundidos para siempre, desde ese momento.
-“Los guajiros somos gente aparte. Somos incapaces de esconder los sentimientos, de guardarnos las cosas. Lo que sentimos, terminamos gritándolo a coro. Pero somos unos guajiros sentimentales.”-
Una furtiva lágrima se escapó rauda por sus mejillas, mientras el instrumentista del laúd clavaba su mirada de esperanza y fuego en nosotros. Humedeció los labios, con la misma picara fruición con que lo había hecho la primera noche junto al mar y prosiguió, abiertamente conmovida por las alegres notas que interpretaban los músicos.
–“Tú no te me puedes ir sin saber lo que estoy sintiendo por ti, oíste?”-
“Supe entonces que mis días de paz estaban contados. Fueron muchas horas bailando, en un parque animado por espontáneos románticos que querían compartirlo todo: recuerdos, anécdotas de los tiempos de Matamoros, de Beny Moré, de todos los ídolos anteriores a la revolución. Al amanecer, tenía la voz llena de matices cercanos que habían permanecido ocultos por la sombra de la dignidad. Su risa fresca le permitía llorar y cantar sin asomo de vergüenza. Y todos a una, le dábamos cobijo a su desnudez espiritual, con la misma bienhechora sensibilidad que nos había provocado. Fue una noche inolvidable aquella, en que la química de la música hizo y deshizo con la química del poder. Una extraña sensación me conmueve al evocar los recuerdos de aquella noche en Cárdenas. La imagen móvil de las alegres volandas de la abuela Juliana y el abuelo Telésforo, bailando a la luz tenue de los faroles, en aquel parque mágico de la isla”.

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