Aquellos dìas difíciles (Fragmento 2)

Virgilio Olano pertenece a ese grupo de personajes en vía de extinción: médico, poeta, escritor, diplomático, compositor, muralista, académico, en fin, cuesta mucho trabajo separar los elementos esenciales de una personalidad tan polifacética, y más cuando se descubre que en cada una de ellas es un valor destacado.
A los cincuenta y tres años es un exitoso médico especialista en cirugía: -“El cirujano es el poeta que escribe el verso sobre el pergamino de los hombres y lo firma con el sello inconfundible de su cicatriz”- afirma en uno de sus casi cuarenta libros publicados. Nada de ello le ha disminuido en lo más mínimo su espontaneidad, ni siquiera ahora cuando después de muchos viajes a España en su inalterable periplo taurófilo recibe el reconocimiento de los andaluces y Granadinos por su monumental “Misa flamenca, gitana y torera” presentada con la misma majestuosa cascada de simbolismos espirituales con que conmovió los cimientos de la catedral de sal de Zipaquirá hace dos años.
En sus novelas (Tras la senda de Manolete, Tras la senda de Federico, La tauromaquia de Van Gogh, entre otras) estila la manzanilla de sus oneirismos peninsulares, porque para Virgilio Olano sus nostalgias son más por los tablaos sonoros, el aire abrasador de los redondeles taurinos, las hojas secas sin color esparcidas por las alamedas de la Alambra, que por el mismísimo olor de la guayaba. Sus pequeños dramas, sainetes y sátiras (El Bachiller, Al Diablo con la pezuña, City Tour) y sus zarzuelas (De España vengo, La Gitana y el doctor, La Princesa de El Dorado) así como sus deliciosos Romances Taurinos y Pasodobles a todas las plazas de Colombia lo retratan de pies a cabeza:
-“Soy un hombre del toro! Siento un apasionado respeto por cuanto, lo rodea: su historia, su fuerza creadora, su música, su literatura, su entorno humano. Mis amigos están inscritos en ese marco: libros, música y toros!”-
-“¿Todos tus amigos?”- le interrogo a quemarropa.
-“Bueno. ¡Nadie es perfecto!”- agrega con una amplia sonrisa.
Le he visitado en el primer piso de la Clínica Bogotá donde ejerce como su director científico y espiritual desde hace varios años. Ese es su verdadero centro de gravedad del cual escapa esporádicamente para reconciliarse con la cultura del Universo. Ha permanecido como embajador de la república en las repúblicas de Corea, Indonesia y Filipinas y la última vez que fui convocado por su encantadora Maria Cecilia a la Gran Casona donde ha sentado sus reales, era para recibir al Embajador no residente de Chipre en Colombia del cual es su Cónsul en nuestro país.
Sin embargo entre los alamares de la diplomacia, por entre las hendijas de un tiempo avaro que le impide dar aún más de si mismo en la Sociedad Bolivariana de la cual es su reelecto presidente, en la Academia de la Lengua, las Academias de Historia de Cundinamarca, Sanmartiniana, Boliviana, en fin… todavía le queda soplo vital suficiente para padecer poesía y ser al mismo tiempo piloto privado!
-¿Qué otra cosa puede apasionarte?_ le digo ya sin sorprenderme.
-“Todas las posibilidades de la existencia”- afirma con su vehemencia gentil.
-“Tengo la convicción que la juventud es la capacidad de emocionarse que posee el hombre. Aún me conmueve un buen libro, la música me sigue transportando a sitiales maravillosos y no cambio nada por una tarde de toros. Me han practicado cuatro by pass en el corazón pero ninguno en el alma!”-
Hemos hablado sin descanso sobre la cultura nacional, el fenómeno Mockus y hasta sobre la moribunda luz de las luciérnagas que animan el espíritu de los Cachacos. Virgilio es un hombre con una vitalidad ideológica sorprendente.
-“Hay gentes que muestran una cosa distinta antes de mostrar su cara –dijo refiriéndose al nuevo Alcalde Mayor de la capital- ¡No sabemos quién es! Pero la expresión del rostro de un hombre es un reflejo de su personalidad en él apenas tenemos datos de algunas señales particulares, de las cuales esperamos no tener que acordarnos cuando expire su mandato. Por lo mismo no creo que nos vayan a convertir en la “tenaz” Suramericana como se está registrando en los graffiti”-
-“La cultura nacional viaja en coche y allí ocupa un lugar el “espíritu cachaco”. Ese espíritu que no han logrado destruir ni la superpoblación ni la subcultura para el consumo masivo que “venden” los medios de comunicación de masas y que corresponde a una actitud ante la vida, de la cual soy uno de sus representantes, sobrevive! Y la vanguardia de esta convicción está la mujer. ¡En la actualidad existen veinte mujeres poetas por cada hombre!! Desde la fanática hasta la erótica estamos bajo su sino incontenible!”-
Virgilio Olano construye sus castillos con la fe indoblegable de un alfarero que hace de la arcilla su mejor refugio frente a la realidad. Quiere convocar a todas las Sociedades Bolivarianas en Panamá con motivo del hallazgo de las actas originales del Congreso Anfictiónico convocado por el Libertador Simón Bolívar hace 170 años, las cuales aparecieron en Brasil uno de los países que se excusaron de asistir entonces.
Quien duda que moverá cielo y tierra para conseguirlo?
(Publicado en “OCCIDENTE” el 13.11.1994)

Navegábamos a la deriva por las callejuelas de Cartagena de la mano de esta permanente inspiración de Maria Mercedes, reviviendo los chispazos de Daniel Gil Lemus:
-“Yo no brindo por los bellos,
Solo brindo por las bellas.
Mas, también brindo por ellos
Pero por los vellos d’ellas!”-
Los disparatorios de Alberto Mosquera, alguno de Carlos Villafañe, las acrobacias Becquerianas del nunca bien ponderado Ciro Mendía y por supuesto, al toparnos con la plaza de la Inquisición volvimos a Luis Carlos López, a su lúcida conciencia de la complejidad de la vida y la pobre condición del cascarón humano que la consume.
Eran los tibios días del solaz empeño por borrar las fisuras de la inseguridad de los amores en la edad más verde, y el concierto evocador de la plaza invitaba a disfrutar la acuarela postal y la plástica acústica de los versos del Tuerto. Ya cuando terminaba de contarle una vez más su “Muchachas de provincia”:
-“Muchachas solteronas de provincia, que los años hilvanan
leyendo folletines
y atisbando en balcones y ventanas…Muchachas de provincia,
las de aguja y dedal, que no hacen nada,
sino tomar de noche
café con leche y dulce de papaya…Muchachas de provincia
que salen, si s que salen, de la casa
muy temprano a la iglesia,
con un andar doméstico de gansas…Muchachas de provincia,
papandujas, etcétera, que cantan
melancólicamente
de sol a sol: Susana!, ven..Susana!...
Pobres muchachas, pobres
muchachas tan inútiles y castas,
que hacen decir al diablo,
con los brazos en cruz: ¡Pobres muchachas!”-
Hice algún comentario al desgaire sobre aquel inolvidable soneto del Tuerto López a Cartagena de Indias (“A mi ciudad nativa”), cuando se nos acercó un hombre enjuto, con esa piel endurecida que distingue a quienes disfrutan de la resolana del Caribe. Una frente brillante salpicada de pecas evanescentes apenas disimuladas por un sombrerillo duro de antiguo bailarín de TAP daba cabida a sus ojos firmes, vivaces, pese al halo volátil de nostálgica senectud que hacía sombra a sus pupilas.
-“Ese era un renegado del carajo!”- terció con una voz amable exenta de formalismos e impermeable a la consideración.
Observé con atención aquellos ojos casi azules, hieráticos, que revelaban la sabiduría del hombre que conoce al dedillo el misterio de la otra cara de la medianoche, inmune a la incertidumbre.
-“Eduardo Lemaitre, un servidor más”- se presentó sin solemnidades. La brisa abanicaba los hilos de su guayabera.
De inmediato nos convertimos en cómplices irreductibles del cansancio de vivir angustiado por la certeza de saberse escuchado, leído, comprendido y aceptado. Nos dimos cuenta que deambulaba cansado de temblar ante la incertidumbre del porvenir pero preparado para sucumbir ante el asedio implacable de la vejez. Fue cuando nos lanzó aquel hálito de perturbación que aún retumba en mis recuerdos:
-“Es que Luis Carlos López proviene de lo que queda de rancio de la aristocracia de Cartagena!”-
Entre las ironías de Eduardo, sus mordaces críticas que se me antojaban innecesariamente implacables, pese a que escuchábamos arrobados el vaivén de sus afectos íntimos y sus desencantos literarios. Sin embargo y pese al deslumbramiento por la facilidad con que se desenvolvía en ese laberinto intrincado de verdades aparentes y espejismos reales, el Tuerto hacía de las suyas en mi memoria:
-“Noble rincón de mis abuelos: nada
como evocar, cruzando callejuelas,
los tiempos de la cruz y de la espada,
del ahumado candil y las pajuelas…
Pues ya pasó, ciudad amurallada,
tu edad de folletín…las carabelas
se fueron para siempre de tu rada.
¡Ya no viene el aceite en botijuelas!
Fuiste heroica en los años coloniales,
cuando tus hijos, águilas caudales,
no eran una caterva de vencejos!
Más hoy, plena de rancio desaliño,
bien puedes inspirar ese cariño
que uno le tiene a sus zapatos viejos…”
-“ Y es que a ese carajo nos lo volvió grandioso el Bebé Martelo cuando fue Alcalde de la ciudad, mandando a hacer los botines esos que están ahora mismo frente al castillo de San Felipe de Barajas. ¿Imagínate el contraste: el heroísmo frente a la chabacanería!”- agregó con una mezcla de nostalgia y desdén.
No obstante, Eduardo Lemaitre, quien estaba acompañado del historiador Donaldo Bossa, padecían esa rara dolencia de la amabilidad costeña que suscita una confianza inmediata, dejándolo a uno presa de una cordialidad diáfana parecida a la plenitud del amor.
-“Por supuesto que de la aristocracia de Cartagena solo quedan unos cuantos quinquerones “tente en el aire” que ni ponen ni dejan hacer!”- terminó asegurando guasón.
Lemaitre escribía bajo la fascinación y el embrujo que le provocaban los recuerdos de las galeras y bergantines mientras observaba el mar incandescente desde la iluminada colina de La Popa, hendiendo la bruma con sus ojos achinados por la brisa marina, recalando en las velas grisáceas de las carabelas del siglo XVI que orzaban al sur para ingresar por Bocagrande a su Cartagena del alma.
Los galeones le consumían la imaginación febril poseída por el tráfago del tiempo, las caravanas de traficantes de piedras preciosas y los bucaneros de espanto, seguían desfilando en sus páginas sobrecogidas por la dura realidad de la historia rediviva en sus obras claves:”Breve historia de Cartagena de Indias”, “Cartagena Colonial”, “Rafael Núñez: el solitario del Cabrero”, “Colombia y su separación de Panamá”, etc.
En sus pensamientos se llenan de color los careneros de la Marina Real Española y vuelven a apretujarse los pescantes con el embarque o desembarco de cañones de artillería; los trajineros sofocados continúan martilleando en las playas donde se reparan y carenan los barcos, bajo el grito de los capataces, el canturreo de los marinos y las exclamaciones de los esclavos.
Buen viaje Eduardo! Vete feliz como una gaviota a tu reencuentro con el Tuerto!
(Cali 25.11.1994)
LA ÚLTIMA NOCHE DE MISTER BABALÚ
La mañana de aquel miércoles de neblinas huidizas y eucaliptos inquietos Miguelito Valdés había abordado el teleférico de Monserrate no porque tuviese el sueño premeditado de mirar por última vez la ciudad, sino porque en su caminata se había topado con un agradable grupo de trasnochadores impenitentes del Valle del cauca y llevado por una ráfaga de confianza, les había seguido la corriente, aceptándoles discutir el tema eterno de su peregrinar de siempre: la música. Sin la amargura de las desilusiones ni el peso del olvido que iba adquiriendo su fama legendaria de antaño, disfrutó el escándalo que causaba en los peregrinos la grabadora inmensa que desgranaba aquellos boleros morunos de su viejo amigo Tito Rodríguez. Pero ni en ese momento ni después a lo largo del día intuiría que el tiempo es un insobornable testigo de la existencia y que sus horas estaban contadas.
Seguramente hubiese disfrutado el incógnito de aquella fuga de la realidad sino fuera porque, mas que libertad, era búsqueda de aire puro para un cuerpo golpeado por el tufo de los cabarets y el humo sempiterno de los habanos “Cohíba” con que exorcizaba sus presentaciones, sino lo hubiera delatado su caminar desenvuelto de Caribe indomable, el sombrero negro de bailarín de milonga y su traje todo negro cortado sobre medidas en Los Angeles donde residía. Pero Miguelito Valdés, Mr. Babalú como se le conocía en los medios tenía el alma abierta y el espíritu desenvuelto que lo convertían sin proponérselo en el centro de atracción donde quiera que se presentase. La ocasión era válida.
La gloria de haber sobrevivido a la herrumbre de la revolución Cubana le había convertido en un vagabundo célebre, así como errantes y exitosos deambulaban como corsarios sus compañeros de exilio: Miguel Matamoros, Arsenio Rodríguez, y Celia Cruz. En su fardo de recuerdos estaban las grandes orquestas: Casino de la Playa, Xavier Cugat, la Sonora Matancera, su propia orquesta y cualquier multitud de conjuntos que compartían el sentimiento colectivo de su ancestro afro caribe, la magia sensual de su voz tribal y el canto mulato de sacerdotiso en que se convertían sus presentaciones. En cada actuación, emitía aquel mensaje alado que transportaba a otros tiempos:
-“A é! Che che re bruca maniguá, mira que bruto bruca maniguá, a é!”-
…porque había en él una fantasía erótica cuando sus manos golpeaban la tumbadora y bajo el conjuro del cencerro, los saxofones y trompetas, el público sentía un ansia indefinible de libertad y el recuerdo sublime de un bien perdido en el pasado.
Aquella tarde, arregló sus maletas pensando en que tal vez al finalizar el Show de media noche en el Hotel Tequendama, llegaría tan cansado que sería incapaz de hacerlo. Una premonición sutil lo había movido a telegrafiar a su esposa que regresaría dos días después, pese al desarraigo que le causaba el tráfago de Los Angeles. Solo sería unos cuantos días, porque sus verdaderos sueños eran volver a la playa, cualquier playa, cualquier mar, donde se pudiera sentir la cercanía del sol, el agitado paso del tiempo en las palmeras y la nostalgia de siempre Todos sabíamos que su música era tan solo el lenguaje cifrado con que invocaba los recuerdos, los afectos indelebles, los rencores proscritos y los sentimientos confusos con que cada cierto tiempo añoraba a Cuba…su gente, su brisa tibia cargada de alivio, y el encanto indescifrable que ocultaba cada rincón de la cada vez más lejana isla.
En la noche, la presentación estaba cargada de la misma nostalgia. Los mismos admiradores de ayer, algunos pocos que habían estado en su concierto popular de la Media Torta que se acercaban para que les firmara autógrafos, los que registraban el recuerdo mate de una fotografía donde aparecerían los ojos almendrados cargados de presagios ya, bajo unos párpados enrojecidos y abotagados por el peso del insomnio.
Había cantado a placer. Su voz metálica, un tanto enronquecida por el tapiz del tabaco, llenaba los tres costados del apretujado salón, cuando la sangre fascinada por el instante de gloria le trajo el sabor de la resolana de Cartagena de Indias:
-“En la playa blanca de arena caliente, hay rumor de cumbia y olor a aguardiente…”-
Sintió que era una oportunidad más que le daba la vida de combinar su soledad interior y los afectos del pasado, por lo que se levantó y anunció alegremente:
-“Y ahora, para todos ustedes, de mi compadre José Barros, Navidad Negra!”-
En ese momento se fue desmadejando como una ola que termina el recorrido de su existencia en cualquier playa solitaria. Y ante el público mudo, sorprendido, estupefacto de aquel amanecer del 8 de noviembre de 1978 en Bogotá a 2.600 metros sobre el nivel del mar, murió Miguelito Valdés, el misterioso Mister Babalú, cuyo son eterno llevamos con nosotros.
(Publicado en OCCIDENTE abril 10 de 1994)
EL HERMANO MAYOR DE BENY MORÉ
DANIEL LASSO,
“LENTA” PARA LOS AMIGOS.
POR: JOSE RAMON BURGOS MOSQUERA
No de otra manera se concibe en éste trópico de sueños, personajes como Daniel Lasso Díaz Carabalí, “Lenta” para sus amigos, a quien con justicia se le conoce como el “hermano mayor” de Beny Moré. Y es que “Lenta” exhibe un encanto especial, una magia antillana única que a duras penas le permite sustraerse a la realidad cortante de nuestros tiempos. Nacido en “Arrancacinchas” una vereda recóndita entre los recovecos del río Palo al occidente de Puerto Tejada, a los 66 años se desplaza con la elegancia del Mulato de Richie Ray, enfundado en su guayabera Habanera, pantalones de linos impecablemente blancos, la cachucha infaltable y un aire de importarle un “carajo” que los tiempos de la abundancia de los negros se los tragó el polvo del olvido. En cada expresión se percibe que en su alma de artista permanece intacta la convicción de que tarde o temprano la realidad termina por darle paso a los sueños, sin embargo y pese a algunas fantasías de porcelana que todos llevamos dentro y a la certeza de que no hay nada más apasionante que su trajín diario, las añoranzas le arañan el alma sin contemplación alguna:
.
-“En la música hay algo de instinto, que vibra con los rítmos que uno lleva dentro. Y aunque nada es más bello que eso, uno nunca puede dejar de el dolor de la realidad”- nos confiesa a Diego Paz y a mí. Y entonces recuerda con fruición la historia de la bisabuela contada en su infancia de labios de la abuela, quien había sido “marcada” en la hacienda de La Bolsa por los años de la abolición. Estas historias lacerantes que hicieron de su niñez una permanente reflexión le imprimieron para siempre un gesto de hombre absorto y de ademanes pausados que ahora ya sabe los circunloquios que da la vida.
Receloso al comienzo, después del quinto trago deja que sus dientes blancos brillen bajo el bigote encanecido de caribeño audaz y se abandona al calor del afecto que fluye con los recuerdos del pasado:
-“Cuando dejé el fútbol profesional, formamos una orquesta en Puerto tejada que se llamó “Armonía Tropical”. La mayoría eran músicos de escuela como el maestro Aníbal Loboa quien era el director, Samuel Díaz baterista, Alí Garcés trompetista, Juan Caicedo y otros. Tocábamos de todo! Porros, pasillos, pasodobles, guarachas…en fin. Yo le daba a la tumbadora, como se le debe dar, con esa cadencia que le viene a uno del alma, sobre todo los temas de Beny Moré. Y bueno, desde entonces, cada vez que los amigos quieren evocar los buenos tiempos, me contratan con un grupo pequeño de músicos y es como si el tiempo no hubiera pasado, compay” – comenta con los ojos vibrantes.
Las remembranzas maceran sus bigotes endurecidos por la resolana del Norte del Cauca, sobre todo porque “Lenta” al igual que los cantantes de su generación sobreviven pese a su mal llevado matrimonio con la música: no pueden vivir ni con ella, ni sin ella. Ello no le impidió disfrutar de la compañía del grupo de Celina y Reutilio a quienes invitó a su casa a comerse unos fríjoles negros hechos en leche de coco. Luego de unos alegres rones les cantó algunas de sus mejores interpretaciones y uno de ellos exclamó encantado:
-Chico, ¿Qué tú haces aquí? ¡Si estás cantando como el hermano mayor del Beny Moré!-
-“Mi mejor amigo de la infancia y de la adolescencia fue Jorge Benhur Peña, quien es hijo natural de un hermano del cantante Luis Ángel Mera. Me envió esa foto desde Hollywood donde se dedica al diseño de joyas para el jet set…tú sabes: Gregory Peck, Elizabeth Taylor…al punto que es compadre de matrimonio de Muhammad Ali, el inolvidable Cassius Clay!”
Los ojos brillantes por el instante, pese a un halo simbólico que los cerca, giran alegremente hacia la pared donde está el personaje a quien se refiere y comprendo el valor en que sobrevive esa vieja amistad.
¿DE DONDE SON LOS CANTANTES?
“Lenta” ha cantado para todos, ha cantado para redimir las penas de los amigos, pero fundamentalmente ha cantado por lo que todo el mundo termina inconscientemente haciéndolo en cualquier instante: para ponerse a resguardo de los sitios a que nos impone la soledad.
-“Una noche de viernes de 1958, Luis Ángel Mera nos llevó a su hacienda de Quintero con José Felipe Mina el contrabajista, Rafael Olave trompetista, Miguel Olave y Oliver Viáfara guitarristas, mi tumbadora y yo. En la casona estaban entre otros Carlos Julio Ramírez, Curro Girón y Emilio Corey entre los conocidos. Pero los invitados de Luis Ángel siempre eran de lo mejor de Cali, había mujeres bellísimas, licores de toda clase, en fin… Después de pasar la noche escuchando las dos mejores voces de América, cuando ya se estaban recostando comenzamos nosotros a darles una serenata cubana con canciones de los Matamoros, de Beny Moré: “Yiriyiribom”, “Bonito y sabroso”, “Mucho corazón” hasta que los sacamos de una resaca de espanto preguntando lo mismo de siempre: ¿De dónde son los cantantes?”-
Volver a los cincuenta de la voz de un exarquero de aquel Deportivo Cali del 48, de “Chinola” Aragón, Severiano Ramos, Máximo Lobatón (Peruano) y los argentinos Manuel Espagnolo, Héctor “Tanque” Ruiz y de la mano de sus músicos de ayer, hoy y siempre tiene sus privilegios, aunque termina uno cayendo en las trampas de la nostalgia, de las cuales no se regresa a casa sino al atardecer del día siguiente liberado de los sempiternos complejos de culpa, fortunosamente.
(Publicado en “OCCIDENTE” el 25 de junio 1994)

A la capital de Colombia la han hecho más insólita e inaccesible los medios de comunicación que la orientan a su antojo con su fatigante prepotencia pontifical que los millones de colombianos sobrevivientes al hacinamiento ruidoso y asfixiante, intemporal e insensible, de quienes deambulan como sonámbulos tratando de encontrar un ápice de identificación con una urbe cuyo único mérito radica en haber limado la costra de provincialismo con que se llegó a ella.
Pero de la misma manera como Bogotá exhala esa apariencia de ciudad sin fronteras y de puertas siempre abiertas, es callada y secretamente centralista en defensa de la mayor concentración del poder de la nación en manos de un estrecho círculo de privilegiados con acceso a los medios de comunicación de masas donde bajo las influencias recurrentes de sus pocos propietarios se viola el más elemental sentido de la equidad dando rienda suelta a una desmesurada capacidad para inflar talentos inexistentes en mediocridades adineradas, reciclan prestigios calcinados por el estrepitosos rechazo nacional, o confabularse inmisericordes contra los anónimos personajes de la provincia. Apolillados por el frío y carcomida por los recelos, la fauna de la gran prensa devora ministros, congresistas, gobernadores, concejales. Noticia es colocar en el asador y dejar en entredicho los logros de la provincia. Ignorar sus logros es una política permanente porque para los medios “no vende” la buena prensa sino el escarnio, en un país quejoso por el sempiterno problema de la mala imagen.
Son verdadera excepciones las que brillan con su propia luz: García Márquez, Fernando Botero “el Pintor”, Manuel Elkin Patarroyo, porque por lo general las luces de las cámaras de televisión se rinden ante los caprichos de personajillos hechos por la fuerza de sus relaciones, de los presupuestos publicitarios que manejan, de las juntas directivas a que pertenecen; así pues, personajes que en los departamentos son mirados como semidioses, allá a duras penas son reconocidos por sus amigos de la provincia: ya sean parlamentarios, gerentes o profesionales de renombre.
En la capital por lo mismo se inventan imágenes, se pergeñan comedias, se elaboran figurines de relumbrón. Son los “favoritos” de los medios: la TV., El Tiempo y las dos grandes cadenas privadas de radio (RCN y Caracol) y sus revistas semanales Semana, Cromos, Aló, TV y Novelas.
Ese cerrado círculo maquiavélico promueve prestigios, inventa jefaturas, aglutina adhesiones, genera movimientos conduciendo el río de la opinión pública por un cauce preestablecido e invisible que de una u otra manera termina convertido en las grandes decisiones nacionales. Los “medios” han hecho personajes de la nada llámense Vives, Santofimio, Sanín Botero Zea o Mockus.
Los medios igualmente han destrozado a su gusto personajes que siguen vigentes en la provincia: Santofimio, Latorre, Maria Eugenia Rojas, o Vives Echeverría, Guerra Serna o Char Abdala. No existe sin embargo equilibrio en esa comparsa de odios aparentes y cariños reales. Para nadie es un secreto que a los políticos de provincia que “pecan” se les sanciona con la pena inconmutable del escarnio público. ¿A los de la capital? No…no es igual. El despliegue con Escrucería en nada se pareció al de Losada Valderrama, o Blakburn o los Puyo Vasco de la Empresa de Energía de Bogotá.
Pese a los esfuerzos de El Tiempo con sus ediciones regionales, la gran prensa y las cadenas de televisión son marcada e insoportablemente centralistas; el gran esfuerzo que cumplen los líderes de la provincia para salir del anonimato se ve menguado por el cerco de hostilidad que les tienden los editores de la capital, excepción hecha de las cadenas radiales donde la apertura a la noticia regional encuentra acogida mas o menos aceptable. Y pensar que los hilos conducentes de esa tiranía son movidos por marionetas del desarraigo que lograron sobrevivir a la soledad, olvidaron sus propias raíces y ahora exhiben orgullosos el tatuaje pálido de socarronería del altiplano que les era tan detestable al comienzo.
Un aspirante de provincia a cargosa nacionales debe moverse y frecuentar la alta sociedad bogotana, dejarse seducir por los salones aristocráticos, su refinamiento, la vida ociosa y hedonista de sus protagonistas, nadar en los ríos de conversación sutil, modales exquisitos y costumbres caras que han hecho de la capital “la tenaz suramericana”, lo demás es cuestión de tiempo. Los “dueños” de los medios merodean por allí, y al final terminan reconociendo como válidas las opiniones de un Belisario, un Gaviria, un Holguín, un Uribe…
(Publicado en Occidente y El Liberal en octubre 24 de 1995)

A diario, la pequeña saeta negra que envuelve su cuerpo delgado de asceta africano parece pender de un hilo invisible guiado por manos misteriosas, mientras zigzaguea con su vieja cámara Cannon registrando los instantes insólitos, los segundos fugaces, aquel mágico momento que solo será incambiable años después, cuando el tiempo se convierte en un insobornable juez.
Sofonías Vidal, con su cráneo dolicocéfalo de Yoruba Ghanés, brillante, de canas ensortijadas, ha exorcizado con su cultura milenaria los salones vaporosos a incensario electoral y la cochambre hostil que resuma la burocracia intocable. Hoy hace parte de la tropilla audaz de testigos de excepción que viven paso a paso el pródromo de las leyes, el fragoroso combate que se libra en su interregno y el parto feliz dos o más años después.
-“Hace dos años recibí la muestra más grande que se le pueda dar a un funcionario público. El Director Administrativo de entonces, el doctor Domingo Cárdenas me declaró insubsistente. Yo sin embargo, seguí trabajando y hablando con mis amigos: Luis Guillermo Giraldo, Alberto Santofimio, Maria Estela Sanín, Roberto Gerlein y tantos otros…me había llegado un cobro judicial de Colmena porque llevaba cuatro meses de atraso en mis cuotas, los mismos que tenía por fuera de la nómina…cuando en plena discusión de la Ley de Presupuesto Nacional se lee una proposición presentada por el Senador Giraldo solicitando se me reintegrara en el cargo. ¡Fue aprobada por unanimidad! Y curiosamente no solo se cumplió ese mandato, sino que dos semanas después era declarado insubsistente el Director Administrativo –cuenta, con los ojillos vivaces de satisfacción-.
-“Pero lo increíble no termina allí” –agrega con franqueza- “A la media hora se me acerca el doctor Pedro Pumarejo, secretario General del Senado con un sobre y $870.000 que los Senadores habían recogido, cuando se enteraron por las que estaba pasando. ¡Carajo. Ahí es cuando uno no sabe qué hacer con la amistad en lo que le queda de vida!”-
Sin embargo, Sofonías no olvida aquellos lejanos días de su infancia en la escuelita de maestro Domingo Lasso cuando correteaba con ,os amigos hasta las orillas del río Palo para ver el desfile final del vapor “Caldas” con el que no solo se iban los sueños del futuro sino que se iniciaba la interminable travesía del desierto para los negros del norte del Cauca, el progresivo deterioro de su condición humana, la pérdida de su identidad cultural, la diáspora incontenible por todos los recovecos de las selvas colombianas.
-“En razón de mi trabajo, viajo con frecuencia por todo el territorio nacional. He visto toda nuestra gente regada por toda Colombia”- recuerda, mientras hace cuentas del archivo fotográfico que ha logrado acumular en cuarenta años de ejercicio profesional y como reportero de “OCCIDENTE” donde se inició, “EL PAIS” y otros medios nacionales.
-“El país ha dado un vuelco tremendo desde que pasó ese “ciclón” del Presidente Gaviria (César) –observa reflexivamente- pero sin desconocer la figura sobresaliente de la Senadora Piedad Córdoba, en verdad, ¡Soy el último negro que queda en el Senado ¡!”-
Por todo ello, Sofonías guarda memoria fiel de las horas sin transcurso en las sesiones permanentes, registra el gesto adusto, el ceño fruncido, la mueca trágica, la sonrisa complaciente de Representante, Senadores, Ministros y hasta Presidentes. Ha almorzado en el Hilton, cenado en el Club de Ejecutivos y participado en desayunos de trabajo en el Tequendama. Se saluda cordialmente con Horacio Serpa, o Tito Rueda Guarín o disfruta de las notas de buen humor de Juan Guillermo Ángel. Conoce a plenitud de las rabietas de Maria Izquierdo, la elegancia “y muy gente” actitud de Claudia Blum, el corte clásico y la oratoria centenaria de Roberto Gerlein Echeverría, el humor inteligente – pese a su fama de malgeniado- de Víctor Renán Barco, el respeto no exento de ironía conque hoy se escucha a Santofimio Botero, la seriedad incambiable de Fuad Char, en fin, a cada quien lo ha visto ascender trabajosamente los peldaños de la fama y descender las gradas del Capitolio, para no regresar sino por los rescoldos del pasado y la liquidación.
Hubo un instante indefinible en que guardó silencio. Hubo en su rostro un aire lejano que le trajo recuerdos degradantes de pasados tiempos. Fue cuando lo interrogué sobre las actitudes que han asumido con él los parlamentarios Caucanos, excepción hecha de Humberto Peláez Gutiérrez, quien hizo posible su nombramiento como fotógrafo de la Oficina de Prensa del Senado!
(“Publicado en “OCCIDENTE”)

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