sábado, 19 de octubre de 2019 0 comentarios

EN MEMORIA DE CYRANA

Megan Fox intelectual y bella (tomada de Mariclaire)



               EN MEMORIA DE CYRANA

           Por José Ramón Burgos Mosquera




                                                                            Cuando yo hablo
                  vuestra alma encuentra en cada una de mis palabras                                                 esa verdad que ella busca a tientas                              (Cyrano de Bergerac).







(Fragmento de  la novela CYRANA, próxima a editarse)




Con el paso de los meses y ante la preocupante depresión que arruinaba la vida de Julián, Giuseppe se puso al frente de la estrategia para doblegar la prepotencia y soberbia con que Eneyda lo seguía menospreciando.
-    ¡Te voy a demostrar cómo es que se enamora a las mujeres! -le aseguró, como si su experiencia en las lides no admitiera dudas a sus catorce años.
Y trabajó calladamente durante varios días averiguando a través de Marlene, una alumna externa que se encargaba de llevar el correo a las internas, cómo era Eneyda. Qué le agradaba, cómo se comportaba y si era cierto que tenía algún amante desconocido. En fin, dedicó el tiempo suficiente para acumular tantos datos de ella, que muy pronto le presentó a su amigo el plan para enfrentarla como si fuera una de las batallas que el reconstruía a diario en sus lecturas de historia.
-          ¿Cuál es?
-          ¡Le escribiremos cartas de amor!
-          ¿Solo eso? -preguntó su amigo con escepticismo.
-        Sí. Una mujer solo entiende lo que se le deja por escrito y se le repite de distintas maneras. Hasta que lo acepta.
-          ¿Cómo lo sabes?
-          Lo leí muchas veces. En El Arte de Vivir de André Malraux.
-          ¿Y eso qué tiene que ver?
-          Ya lo verás…
Giuseppe elaboró con su mejor caligrafía una carta inverosímil, pegando trozos de frases de aquí y de allá. Unas veces era de libros de biografías históricas donde se encontraban las cartas del Libertador a Manuelita Sáenz, otras hurgando en un grueso volumen de la Antología de epístolas que había descubierto en sus constantes visitas a la biblioteca, arrancando fragmentos de los magazines dominicales, leyendo en las anécdotas de personajes que lo apasionaban y buscando obstinadamente en las novelas de la que muy pronto le pareció una pobre biblioteca. Se la leía en voz alta, corregía frases, palabras disonantes y releía. 

 Al final, sin embargo, optó por darle gusto a su sentido común y de un tirón escribió una esquela corta, severa, sublime, conmovedora, que lo dejó satisfecho. Cuando decidieron enviarla, Julián adoptó una conducta diferente. Giuseppe le exigió que debía mostrarse serio, pensativo, distante. Mostrando el dolor de la ausencia y el carácter que él le había impreso en la misiva. Y así permaneció aquella mañana de domingo, mirando hacia el fondo de la calle, inmóvil, agarrado a la baranda al final de las gradas que ascendían hasta la oficina de correos. Con esa carita de “yo no fui”.
 Habían pasado apenas cinco días desde el envío, cuando asistieron al parque para disfrutar la caminata de las internas. Eneyda estaba acompañada de una nueva amiga que por el momento no parecía trascendente. Caminaba silenciosa, seria, altiva, talvez un tanto desconcertada. Las risas que la identificaban habían desaparecido y a duras penas le dirigió a Julián una sonrisa tímida que para él se convirtió en una caricia. Jessie desde su posición le impuso que no sonriera. 
-          ¡Si te ríes creerá que eres un idiota!
Mientras tanto, él los observaba con la perspicacia con que años después escudriñaría en el alma de sus personajes, sonriendo para sus adentros, porque intuía que algo en ese comportamiento estaba relacionado con aquella carta que él había escrito a nombre de Julián. 
-     “Sueño con el momento en que te veré saltar por encima de convencionalismos y te abrazarás a mi cuello para que cantemos juntos tus canciones de amor. Pero los sueños contigo pareciera que tan solo fueran eso, sueños únicamente, mi querida y traviesa muchacha. Aún no me atrevo a buscar otra barca para cargar mis ilusiones. Tú no sabes nada de lo que es la vida. Tú no sabes querer. Lo sé. Aún no te han herido en el alma. Cuando lo sientas, entonces comprenderás lo que es el verdadero querer. “Querer es cantar y llorar de alegría y por una falsía sentarse a sufrir”, como dice un poeta de estos tiempos, había escrito, temeroso de que pudiera conocer la letra del bolero en que estaba inspirada la declaración de amor.
El intuía la tempestad que se había desencadenado en Eneyda. Lo presentía. Y entre las expresiones almibaradas que rezumaban las cartas de Bolívar, de Chateubriand, de Oscar Wilde, se decidió por el romanticismo popular que emanaba de las canciones de barriada. Esas son las que ella sabe de memoria, pensaba. Y así era.
 Quince días después Julián recibió una esquela simple, escrita aprisa, en una página de cuaderno que se había doblado hasta convertirla en un diminuto paquete que recibió de manos de Marlene. Agitado con la respuesta, la llevó hasta el grupo y se la entregó a Giuseppe quien la abrió con solemnidad y leyó despacio, palabra por palabra como construyendo él mismo las frases que aparecían dispersas en el papel.
-     “Apreciado Julián: Yo sí sé lo que es la vida. Pero no sirvo para estar en boca de todo el mundo. Simplemente eso. E”. 
Al final aparecía dibujado un pequeño corazón entrelazado con otro. Y Julián sintió que eso significaba que seguía amando a otro.
-        ¡Nada de eso! Simplemente está definiendo las reglas. Entiéndelo así: te está insinuando: Vamos a jugar, pero no quiero problemas. Vamos a jugar, pero no quiero que me ensucies la ropa. ¿Entiendes cómo es? -estableció Giuseppe y en eso coincidieron el resto de amigos. En otras palabras: ¡está marcando terreno!
-          ¿Y qué sigue?
-          Lo que escribimos en el primer párrafo de la carta anterior. ¿Te acuerdas? “Quiero que me quieras. Quiero que tú sientas lo que estoy sintiendo. Me bastará con saberlo para ser intensamente feliz, mi querida y traviesa muchacha”. En otras palabras: te está diciendo que sí, pero desea que todo sea secreto entre tú y ella. Y en eso hay que darle gusto, así no lo cumpla ella ni tú tampoco.
-          ¡Uy hermano… ahora esto sí se puso bueno!
-          ¡Respóndele! Dile que estás de acuerdo y comienza a decirle cosas.
-          De acuerdo.
Dos días después Julián no había sido capaz de escribir nada y recurría a Giuseppe para que lo salvara. Este escribió en una hoja de cuaderno lo que le pareció indicado y simplemente le pidió que lo pasara a una hoja de papel carta y lo enviara. Decía:
-     “Leí y releí tu breve carta, pero aún no sé si debo alegrarme y sonreírle a la vida u olvidarme para siempre de que existes. Yo soy solo un hombre y merezco respeto. Es cierto que te amo. Pero debes aprender a respetarme. A los hombres no se les fija ese tipo de condiciones que ponen en entredicho su honor. Cordialmente, J.”
Julián se aterrorizó. Enviar esa nota equivalía a tirar todo a la hoguera. Pero Giuseppe fue inflexible. 
-    Si te muestras débil desde el comienzo, terminarás sacándole la bacinilla al patio y haciéndole los mandados. Ahora eres tú quien marca terreno. Como los perros. ¿De acuerdo?
-          Bueno… ¡es que yo no sabía que tener novia era tan complicado!
-          Es el sistema Julián. El problema es el sistema -filosofó su amigo.
Y la carta terminó yéndose en esos términos.

Casi de inmediato Eneyda le respondió disculpándose de no saber qué era lo que había escrito, pero agregando que estaba loca por verlo y sentirlo más de cerca. Julián estaba que se trepaba por las paredes de la felicidad. No podía creer que las mujeres tuvieran tal capacidad de trastornarlo todo ni cómo Jessie conocía la partitura para interpretarlas.
Fue la primera oportunidad en que el grupo de amigos celebraron esa respuesta como una gran conquista, verdaderamente digna de llamarse así.


(Fragmento de  la novela CYRANA, próxima a editarse)

jueves, 26 de julio de 2018 0 comentarios

                   

                       EL MENSAJERO DE SATMAR

                                 ("La Sangre de David" - Cincuenta años antes)



Por José Ramón Burgos Mosquera

(Fragmento del Capítulo 2):

...Cuando el capitán  del buque dio tres largos pitazos, los pasajeros se volcaron a los corredores de cubierta para observar la multitud de curiosos que esperaban en las gradas del embarcadero donde ataban el cabo. Desde allí descubrieron aquel apostadero único y feliz donde los negros usaban vestido completo de paño real inglés, compraban zapatos “tres coronas” y exhibían orgullosos a sus mujeres ataviadas con hermosas túnicas multicolores o recamados vestidos ceñidos a sus deslumbrantes cuerpos de palmera. Todo parecía un carnaval de celuloide, pleno de  una africanidad cercana, por lo que los viajeros confundidos terminaban creyendo que esos cuellos alargados, adornados con cadenas de oro  y pendientes de esterlinas en las orejas, no pertenecían a estas tierras.
Puerto Tejada, nombrado así por el gobierno en homenaje a un fiero militar conservador de mediados del pasado siglo, era entonces un pueblo de casas solariegas con treinta años de fundado donde los negros ebrios de libertad, consumidos por el fuego del liberalismo que sentían correr por sus venas, creían que disfrutar y soñar era la mejor manera de compartir su riqueza y la abolición que habían alcanzado hacía apenas siete décadas. Por eso les tenía sin cuidado el nombre que les habían impuesto para su villorrio. Ya llegaría el día en que sus nietos lo cambiaran por Puerto Rico que se acomodaba a su talante alegre y libertario.  El barrio de Las Dos Aguas y el entorno de la plaza central  protegida de la implacable canícula  por tres centenarios samanes, constituía lo que dio en llamarse la “Capital cacaotera de Colombia” y quien visitaba al Cauca sobreviviente de las hecatombes civiles de finales del siglo XIX, se encontraba con sus calles polvorientas, rectas y alegremente arborizadas, apretujadas por las recuas de animales cargados con las cosechas de sus 10.000 hectáreas sembradas en cacao y con decenas de balsas de guadua atracadas en el entrecruce de sus dos ríos a la espera de los compradores del grano, café, aves, plátano y oro. Los hombres de entonces tenían un fiero sentido del honor y se les respetaba o se moría.

-        ¡Aquí somos hombres de braga! –decía Sabas Casarán, uno de sus líderes.

Los negros ostentaban con orgullo su libertad y exhibían sin falsas modestias su momento de prosperidad. Por eso gastaban a manos llenas, y las ocasiones en que el vapor tocaba a su puerto en la Plaza Chiquita era razón suficiente para disfrutar una semana de juerga con  amigos.

Para Maurice, nada pareció exorbitante hasta cuando descubrió entre la multitud el destello de la sonrisa fresca de una mujer que se protegía del bochorno bajo un paraguas color violeta. La observó caminar en la distancia, y encontró en el rítmico ondear de sus caderas  la sensualidad eterna que había descubierto en Siagolome. El corazón le dio un brinco y de pronto, víctima de esa fascinación nigromante que recorría su cuerpo, sintió la misma incontenible necesidad de acercarse y verla allí de nuevo. Sin embargo, cuando logró bajar del barco la hermosa visión había desaparecido. La sensación inequívoca de su proximidad lo mantuvo alerta y con una inquietante zozobra  que no desaparecería hasta  encontrar a quien la había desencadenado.

El resto del recorrido lo hizo a caballo por un carreteable transitado por vaqueros que arriaban ganados y trabajadores negros que iban y venían de plantación en plantación. El cuadro era nuevo y excitante para Maurice, asombrado por el colorido y abundancia de aves, las bandadas de garzas que volaban junto a la caravana de caballistas y que suavemente terminaban posándose sobre la tierra vibrante, espléndida, abierta como una fruta en  hileras rebanadas por los discos del arado que giraban halados por la fuerza de estrafalarios tractores Bolinder Munktel, recién incorporados a la faena.

La hacienda era una ancestral casa colonial, resguardada de los inclementes soles del trópico por dos monumentales ceibas similares a las de la plaza del pueblo, que le daban un aire de frescura y seguridad envidiables. El camino hacía una curva al final y de pronto bajo un concierto de gorriones y azulejos aventureros, el vuelo plácido de una garza extraviada y grupos dispersos de aves que viven a plenitud en el inmenso samán central, apareció la magnificencia del pasado en los múltiples arcos victoriosos de la gran casona y sus regias construcciones circundantes: los cimientos visibles de piedras pulidas, las columnas histriónicas delineadas con tallas antropomorfas e inscripciones egregias traídas desde milenarios cementerios de indios, amplios corredores cercados de barandas talladas en madera, estratégicas ventanas entreabiertas, fuentes de helechos arqueados, y hojas rotas gigantescas que rivalizaban con soberbios tinajones exhalando su encanto cerca de donde sobrevivían sombreros de esparto dejados al azar sobre baúles sin tiempo y  altos asientos en cuero repujado. Aquí y allá grandes bateas de cobre guardaban reposo después de haber cumplido su cita con el pasado, y a un costado emergían las huellas de los caneyes donde departían los esclavos y donde seguramente, anduvo cabriolando con los hijos de los trabajadores negros el corajudo antepasado de los dueños de casa, quien estaba predestinado a representar mejor que nadie una alianza implícita y una empatía natural con los negros del Patía y del Norte del Cauca a lo largo de sus interminables guerras civiles. A los asombrados visitantes se les advertía que cerca de allí, de este y del otro lado del río, las “mama-lúas” Yoruba aún continuaban pitonizando los sueños de sus hijos y dándole a cada circunstancia de la vida el rigor fantástico que les viene de su cultura africana, pese a haber transcurrido tres siglos desde su llegada a América. Pero en los ojos de los negros aún yacía la misma llama nostálgica que los mantenía atados al ayer, impidiendoles romper el cascarón de su soledad.

Maurice tomado de la mano de su novia guardaba silencio, pero en  realidad estaba pensando en cómo escapar de allí para buscar la causa de su desasosiego. Una circunstancia fortuita rompió la magia del instante y le dio la oportunidad de hallar respuesta a su delirio. Sucedió que uno de los trabajadores de la hacienda armado de un cuchillo, embriagado y soberbio, comenzó a ofender a viva voz a don Bernardo a quien retaba a salir de la casa a responderle como un hombre, y aunque éste en verdad lo era,  se trataba de alguien que superaba los setenta años para enfrentar a un curtido operario que apenas rondaba los treinta. Cuando nadie lo esperaba Maurice encaró al agresor protegiéndose la mano derecha con su blanca chaqueta de dril, y tras eludir un lance del energúmeno lo tomó del antebrazo, y girando velozmente  su cuerpo descargó con violencia el brazo sobre su hombro desarmandolo de inmediato y provocando luxación de su extremidad. No obstante, Maurice siguió golpeando con los codos el rostro del hombre hasta cuando intervinieron otros peones de la finca separándolo del caído, quien quedó irreconocible.  El salvaje que permanecía oculto, aquel ser despreciable que llevaba dentro y aparecía en las noches de París, estaba ahora presente bajo el cabello revuelto y la mirada llameante de sus ojos.

Tras el escándalo y confusión vividos, sintió dolor en la muñeca izquierda que comenzó a hincharse quizá por un probable esguince, por lo que decidieron ir en busca del único médico existente en el pueblo, quien gozaba de una merecida fama de ser capaz de componerlo todo. El se dejaba atender, aunque captaba el halo de misterio, estupor y admiración que lo rodeaba. Para quienes desconcertados, medrosos o acobardados habían presenciado la pelea, el mensaje era claro. Había llegado otro hombre a la hacienda y tenía nervios de acero. Su sensible prometida aún temblaba por el pánico  soportado. Sentada a su lado permanecía pálida, conmovida y nerviosa por lo que había sucedido, pero en su interior, el orgullo de saberse pretendida por un hombre  valiente había acrecentado la idílica pasión  que la devoraba sin  descanso, desde cuando descubrió en aquel ser la plena realización de sus sueños.

Tres días después cuando acompañado de la familia de su novia, fue hasta el pueblo donde le sería retirada la férula que le dejaran en la madrugada de la antevíspera, la descubrió  en el pequeño dispensario donde fuera atendido. En ese momento ya había corrido la noticia  de su temeraria lucha con el cerrero Olegario Galvis, reconocido como un caza pleitos inaguantable, por lo que algunos curiosos estaban sorprendidos de no descubrir heridas en el cuerpo.

 Maurice guardó silencio y aunque parecía que no tenía sentidos sino para disfrutar la esbelta figura de su inquietante  enfermera, se maravilló al descubrir cómo  la piel  quemada de sus diestras manos  recorría con estudiada suavidad su aterida extremidad dedo a dedo, masajeandolo con ternura y una sabiduría ancestral que le  provocaba una paz inexplicable y un equilibrio desconocido en él. Era la primera vez desde cuando arribó a estas tierras de poderosa desmesura que encontraba un resquicio para pensar en los saltos que daba su vida. El dolor  era soportable. Aun así, la frente  estaba perlada de sudor y su mirada había perdido ese marco de insolencia que los distinguía hasta convertirse en una línea gris acerada que le daba un aire impenetrable y desolado. Observando sin pestañear cada paso que daba aquella mujer, compartió la dulzura de su aliento fresco y la miel derretida de sus grandes ojos de gacela,  comprobando que la visión desde el puente del barco no había sido una alucinación. Hallaba en ella algo indefinible y extraño, pese a que no hablaron nada. Es cierto que no hubo espacio para las palabras y sin embargo, Maurice encontró interrogantes inexplicables, que lo conmovieron y fascinaron de tal manera que al terminar el procedimiento ambos sabían que serían amigos o amantes algún día.


viernes, 20 de julio de 2018 0 comentarios

SEVILLA TIENE UN COLOR ESPECIAL


Por. José Ramón Burgos Mosquera

Confieso que fue amor a primera vista. Un  entusiasta grupo de mozalbetes venía coreando el estribillo de su canción emblemática como si fuera una nana de cuna:

"Sevilla, tan sonriente, yo me lleno de alegría cuando hablo con su gente, 
Sevilla enamora al cielo, para vestirlo de azul, capazo duerme en Triana, 
Y la luna en Santa Cruz. 

Todos a una se acompañaban con palmas y entonaban:

"Sevilla tiene un color especial, Sevilla sigue teniendo, su duende 
Me sigue oliendo a azahar, me gusta estar con su gente". 

La primera voz era de una joven mochilera de corte universal que se nos metió en el alma:

"Sevilla, tan cariñosa, tan morenita, gitana, tan morena y tan hermosa, 
Sevilla enamora al río y hasta San Lucar se va, y a la mujer de mantilla 
Le gusta verla pasar". 

Sus amigos la animaban con el coro y las palmas: 

"Sevilla tiene un color especial, Sevilla sigue teniendo, su duende 
Me sigue oliendo a azahar, me gusta estar con su gente".

Desde entonces vagamos recordando esa deliciosa canción: 

"Sevilla, tu eres mi amante, misteriosa reina mora, tan flamenca y elegante, 
Sevilla enamora al mundo por su manera de ser, por su calor, por sus ferias, 
Sevilla tuvo que ser." 

Esa identidad universal de los sevillanos que los hace ciudadanos del mundo, subyuga. Se sienten los dueños del nuevo mundo, herederos de una gesta heróica sin dimensiones que preservan en el edificio de la Casa de Contratación, en sus museos, en sus alcázares y en sus actitudes ante la vida. Eso los hace excepcionalmente cultos, gentiles, generosos, dignos y mundanos. Mucho de sangre árabe corre no solo por sus venas sino en cada vuelta de esquina donde se encuentra ese espíritu de cultura milenaria y distante. Y en el entramado esa efervescencia andaluza que salpica aquí y allá haciendo de ésta ciudad una de las más originales del mundo.
viernes, 4 de agosto de 2017 1 comentarios

SUÁREZ: EL REGRESO DE LA RAZA NEGRA


       Por: José Ramón Burgos Mosquera

La tarde de éste jueves 3 de agosto de 2017 los rayos de un sol abrasador parecían columnas de yodo hirviendo. Pero a nadie le importaba. Habían llegado de Buenos Aires, Morales, del Tambo y hasta de Bolívar Cauca centenares de curtidos mineros y barequeras artesanales a hacerse escuchar del Ministro del Medio Ambiente Luis Alberto Murillo y del senador Luis Fernando Velasco. En el coliseo cubierto del municipio hablaron los alcaldes  Hernando Ramírez, Urdely Carabalí y Silvio Villegas y aproximadamente treinta representantes de las cooperativas de pequeños mineros de esta región del Cauca, solicitando con fundados argumentos justicia y reconocimiento de la cultura minera ancestral.

“Somos mineros desde 1.636 cuando fuimos traídos desde África a éstas tierras. Somos hombres libres que fuimos esclavizados hasta 1.853 cuando se nos reconoció nuestra condición de seres humanos libres y por eso no admitimos el intento de desconocer nuestra cultura minera ancestral, y nuestro territorio ofrecido a multinacionales que pretenden saquear nuestras tierras. Las licencias que se otorgaron en tiempos del presidente Álvaro Uribe, se llevaron a cabo desconociendo nuestros concejos comunitarios, nuestra organización social. Fueron licencias otorgadas sin consultas previas a la comunidad tal y como lo establece la constitución colombiana, por lo cual las rechazamos y no permitiremos que se posesione de nuestro territorio bajo ninguna consideración”, expresó uno de los expositores, de manera elocuente y clara.




Hombres y mujeres que parecían brotar de los socavones, manifestaron su disposición de participar en el proceso de abolir el uso del mercurio que vienen utilizando desde hace 15 años para la extracción del oro, acorde con el Convenio de Minamata, por el cual Colombia se comprometió a la prohibición del uso de éste pesado mineral a partir de julio de 2018. Pero exigieron que el gobierno capacite a los trabajadores y pequeños mineros y sobre todo, posibilite la llegada de tecnologías nuevas y asequibles a los pequeños productores artesanales.

Igualmente participaron líderes indígenas Nasas del resguardo Cerro Tijeras, que practican la minería en el cerro que habitan desde épocas precolombinas, quienes se sumaron a las consignas de exigir respeto a sus territorios amenazados por las multinacionales y anunciar que pese a las amenazas, estarán listos para luchar por sus derechos violentados por las multinacionales que pretenden ocupar las laderas que habitan sus familias desde siempre.

Todos los manifestantes reclamaron por la persecución de que son víctimas al no comprar el Banco de la República el oro que producen, obligándolos a vender a menor valor a tres intermediarios que se lucran de su trabajo, en una sospechosa connivencia que pareciera haber escalado altos niveles del gobierno. “La comercialización del oro no puede ser un privilegio para los grandes mineros y para las multinacionales!” era la consigna más escuchada en cada intervención. Igual denunciaron, las grandes contradicciones que  encuentran en las fuerzas militares, al crear múltiples dificultades para la adquisición de la dinamita que requieren para sus faenas. Lo cual, no acontece con los grandes mineros de la región. Por qué somos perseguidos como delincuentes?

Esta visita a Suárez me ha llenado de esperanza, porque pude verificar el alto grado de conciencia política y madurez intelectual de la dirigencia negra. Al fin aparece la identidad cultural del negro en todo su esplendor, por lo que debemos ser optimistas sobre el futuro de nuestros hermanos en esa hermosa región norte caucana.

Por su parte el ministro negro, de forma sencilla y sabia, expuso la posición del gobierno, sus recomendaciones para avanzar en esta justificación de los derechos de los pequeños mineros y coordinó con el Senador las gestiones que se propondrán ante el Congreso de la República y ante los Ministerios de Gobierno, Minas y Energía. Su cráneo dolicocéfalo de Yoruba Ghanés brillaba ante el sol inclemente que traspasaba el ambiente, pero un aire de satisfacción inundaba su rostro de negro culto, orgulloso y comprometido con sus ancestros.                


 
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