viernes, 26 de junio de 2020

AL FINAL DE LA ESPERA


                                                 

                                            AL FINAL DE LA ESPERA


Por:  José Ramón Burgos Mosquera

17

 

Los vidrios opalizados de la sala siempre enviaban un pronóstico errado sobre el clima. Al interior parecía que aún era de madrugada y al abrir la puerta el sol encandilaba con luminosos rayos. Joseph se levantó silenciosamente para no despertarla y se dio un baño. El agua era allí como en el lapislázuli de la pequeña piscina interior: un pedazo de cielo en medio del sofocante calor que solo se menguaba con la brisa que venía del golfo. Al observarla indefensa, tuvo la límpida impresión de que era una fantasía de su mente. Su cabello castaño suavemente ondulado descendía hasta el cuello y los hombros ahora descubiertos lucían unas pecas diminutas. El vestido no impedía vislumbrar la perfecta curva de sus caderas y sus piernas torneadas y fuertes. Los labios mantenían ese dibujo enigmático que lo sustrajo por tanto tiempo. Fueron segundos únicos que tan solo había elaborado en sus pensamientos muchas veces, y que lo llevaron a preguntarse cómo era que Dios le regalaba esas circunstancias.

Con miles de ideas a punto de estallarle en las sienes, se metió en la alberca con cuidado de no perturbarla. Casi una hora después la escuchó ducharse con prolongado placer hasta que al fin se presentó con un brevísimo bikini que le permitía lucir su espléndida lozanía contrariando la impresión de delgadez que aparentaba en los videos y provocándole una incontenible cascada de emociones.

-       Hola. Fue muy grato dormir contigo -fue su saludo de entrada.

-       Hubo muchas conmociones juntas, y tanto vino, que casi me quedo dormido en la poltrona. Eres una anfitriona formidable.

-       ¡Y eso que aún no has desayunado! -dijo ella empujándolo en el agua.

-       ¿Qué puede uno desear después de estar a tu lado? -dijo tomándola de sus manos hasta tenerla a escasos centímetros.

Elaine volvió a conocer la complaciente atracción que la agitaba mientras él comenzaba a acariciarla. Sintió el ardor de su cercanía, la grata sensualidad que esparcía y el ansia contenida de compartir con él la plenitud total de su ser. Sus dedos recorrieron su espalda, sus nalgas y sus genitales expectantes y unas ganas desconocidas de complacerlo se adueñaron de ella hasta conseguir que él la penetrara como una tortura breve, un complemento inimaginable que la transportaba lejos de allí hasta un lugar de pasión y sortilegio como en la tierra del nunca jamás. Fue un coito delicioso y vibrante que exigió el vigor de ambos y del que salieron agobiados y satisfechos. Luego de retozar un rato, volvieron al cuarto y continuaron la faena como si la deuda por saldar no acabara. Al final de la tregua, ella musitó divertida:

-       Nunca te creí tan intenso -afirmó admirada.

-       Esta abstinencia duró demasiado, Elaine.

-       ¿Y cuánto tiempo vas a permanecer así? -dijo risueña señalando su prolongada erección.

-       No lo sé. Ojalá fuera por lo que nos quede de vida.

Y volvió a incitarla para que montara sobre él. Y así hasta mediar la tarde, cuando ambos estaban fatigados por el ayuno y agotados por el esfuerzo.

-       Salgamos a cenar. ¿Dónde quieres ir?

-       ¡Vamos al Cypress! -exclamó ella entusiasmada, saltando del lecho, ágil como una acróbata.

Analizó con holgura su silueta sana y perfecta, los senos turgentes y sus glúteos proporcionados y exentos de grasa como su abdomen. Y aunque lo deslumbraba el desparpajo con que ella llevaba su desnudez, por momentos le sobrevino la imagen pudorosa con que Shannon se protegía. Era un contraste inconcebible pero persistente. Con aquella, la generosidad de un beso había sido producto de un arroyo de delicadeza tan sagrado como una comunión. Con Elaine no hubo tiempo para madurar ideas ni conceptos porque el incendio lo consumió todo en instantes. Lo desconcertaba que éste hubiese sido tan súbito y desquiciante. Él había supuesto la elaborada búsqueda de un consentimiento al que demoraría en llegar, pero ella era en realidad sorprendente y dueña de una capacidad inverosímil de hacerlo todo abierto y casual, logrando trastornarlo de manera rotunda. Esa faceta arrolladora de Elaine destrozaba sin lástima su vieja tabla de valores, desatando en él reacciones discordantes con la forzosa convicción de que apenas empezaba a entenderla.

Mientras se acicalaba siguió la estela que dibujaron las palabras sin dobleces de Shannon, que habían sobrevivido al penúltimo diálogo sostenido pocos meses atrás en su oficina:

-       “Debes encontrarla para que decidas cuál es el derrotero que tomarás”.

En ese entonces él había seguido la fácil opción de terminar de embriagarse para complacer su atávica costumbre de no arriesgar, mientras pudiera asegurarse de obtener lo que se había propuesto. Ahora podía hacer cuenta de las paradojas que se habían conjugado, para que estuviera rumiando la satisfacción de su ego superlativo por haber sido persistente, maquinal, invariable. Cualquiera podría vanagloriarse de que lo había logrado todo porque había porfiado sin arredrarse ante las dificultades. Era poderoso, se sentía lleno de energía y allí a cuatro metros se hallaba la mujer con la que las circunstancias habían fraguado una partida de largo aliento. Pero algo en su interior no lograba encajar de manera adecuada.

Divagaba por Sonoma donde su musa mestiza bien podría estar con el arquitecto Garrett que había brotado entre los viñedos, mientras construía castillos en su sensibilidad. Debió serle fácil. Lo había conseguido en una etapa en que él había arruinado todo sin piedad, como se deshacen los términos de un pacto cualquiera. No tenía más remedio que reconocerlo. Sin embargo, al pensar que estuviera siendo poseída por aquel hombre que armaba andamios y decoraba jardines como los que había diseñado para los McDevitt, se hicieron palpables ocultos temores que permanecían inéditos. Él la apreciaba con lealtad en una relación que creyó completamente intelectual, casi cerebral, pero ahora comenzaba a darse cuenta de que también escondía las borrascas y tempestades del corazón.  Lo insólito era que esos desatinos le sobrevenían tras conquistar la cima que siempre quiso coronar y que el tiempo le proporcionaba de manera tan pródiga. Quiso alejar esas ideas que empezaban a atormentarlo, pero mientras se vestía comenzó a sentir la nostalgia de esos cortos paseos y coloquios al final de la jornada, de su presencia en medio del trabajo, y del silencio. Ramalazos de apego que jamás había consentido lo arropaban cuando salió de la habitación para cumplir con la invitación hasta el sitio que habían seleccionado. Se sentía inquieto y dominado por sorpresivas marejadas de culpa.

Elaine irrumpió rozagante y dispuesta a sacudirse el sufrimiento que la había aletargado tan cruelmente. Era pasmosa la velocidad con que había cambiado su aspecto. Ahora era una encantadora representante de Carolina Herrera y lucía con soltura hermosos accesorios para una ocasión especial. Por parte alguna presentaba huellas del fuerte ejercicio que habían sostenido.

-       Vamos. Te enseñaré la ciudad.

-       Merci, madeimoselle -dijo él gratificado.

Aún conservaba el Suv Volkswagen Polo que había comprado hacía tres años y se desvivía por hacerle un planificado mantenimiento. Y aunque en ocasiones lo ligaba al ingrato episodio del vendedor de autos, le satisfacía demostrar que había cancelado cada cuota del crédito con su esfuerzo. El aspecto deportivo y el color de mango biche del auto la llenaba de orgullo porque eran dos aspectos de su cotidianeidad a los que daba gran trascendencia: mantener un estado físico impecable y comer la mayor cantidad posible de frutas y legumbres que la sostuvieran joven y dinámica. Esta vez, sin embargo, estaba dispuesta a consumir los elaborados productos del mar que allí presentaban de manera tan agradable. Él estaba tan amable como el día anterior, pero le era imposible alejar la figura imborrable de quien le había hecho todo posible, cuando se colocaba un delantal negro bordado con motivos folclóricos de Méjico y le brindaba su mejor sonrisa antes de servir la mesa con los asados de la casa.

-       ¿Deseas algo en particular? -dijo ella.

-       Me agradaría un corte de carne rostizada con verduras -respondió mecánicamente con el espíritu puesto en los atardeceres del Valle de Napa.

-       De acuerdo. Y pidamos uno de tus vinos. Espero que los encontremos aquí.

-       Ordena lo que gustes.

En Tallahassee casi todos los restaurantes tenían un aire costanero, con mesas desperdigadas al aire libre donde grupos de parejas departían animadamente. Seguía con atención cada detalle que ella exponía mientras dejaba que sus ojos expresaran la suavidad que le propiciaba.   Ahora tenía ánimo para oír sus historias, pero no para repetir los eventos que él había develado en las pasadas horas. Ella, motivada por la chispa incandescente de varios cocteles preparados con Bacardí, se fue liberando de ataduras y le contó aquellas cosas desconocidas que él ansiaba aclarar. Lentamente optó por hilvanar su infatigable listado de batallas en el amor que eran como enfrentamientos de la sangre, tal era la satisfacción con que recordaba sus laureles y desdeñaba sus derrotas.

-       No quiero, no puedo, no me atrevo a decir que levanté la voz contra mi padre -comenzó de pronto- Pero cuando abandoné mi hogar y preferí trasladarme a Buga, lo hice consciente de que no podía seguir viviendo con quien humillaba de manera tan insoportable a mi madre, así fuera su esposo. Presentía, para mi desgracia, que había heredado no solo su apellido sino el fuego avasallador de su sensualidad. Era, como la gran mayoría respecto a las mujeres: apasionado, dominante y dueño de un machismo permanente.

Joseph mostraba un interés sereno, un tanto sobrepasado por el calibre de sus confidencias, mientras paladeaba con alguna inquietud su copa de Merlot.

-       Debido al temor a regresar al pueblo donde crecimos sometidos a esa férrea disciplina, y a la certeza de que en esas soledades no encontraría nunca a alguien que llenara mis expectativas de conocer el mundo, acepté unirme a un hombre al que no logré amar, a pesar de que me había rescatado de la cárcel donde vivía. Yo solo sabía que había nacido para el deleite y eso me impulsó a dar ese paso. La verdad, sentía pánico de mi prolongada castidad ¡a los diecisiete años! -enfatizó divertida- sometida al impetuoso asedio de los hombres. Y mis ímpetus se estaban volviendo irrefrenables. De tal manera que, entre la fila de irresponsables y hombres de variada condición que me perseguían, me decidí por quien parecía más adecuado para lo que yo ansiaba alcanzar en este país. Siempre fui una díscola a la que no la conquistaban baladas, juegos de seducción bobalicona, ni esa hipocresía elegante que lo único que buscaba era disimular la verdadera avidez que los consume. Era turbulenta y alborotadora. Sentía que no podía contentarme con sentimientos mediocres ni dedicatorias dulzonas. En el fondo de mí misma crecía un impulso hondo y fuerte que me advertía que no me ligase a nadie, pues era adicta a los piropos de los admiradores. ¡Y de todas formas, terminé casada!

Había tomado varios cocteles y su vaso era puntualmente cambiado por un obsecuente camarero.

-       Pese a todo, en cuestiones de romance era una inexperta. Di con alguien que estaba señalado para volver añicos todos mis sueños: duro, insaciable, posesivo y enfermo -agregó con acritud- En varias oportunidades, en especial cuando había ingerido alcohol, me poseía en todas las formas utilizando un lenguaje bajo y obsceno como seguramente acostumbraba hacerlo con meretrices de baja estopa, mientras me apuntaba con su arma de dotación. Nos encontrábamos en Rio de Janeiro cuando padeció una incontenible racha de celos que casi me llevan a abandonarlo allí mismo. En esos días no tenía ánimo para devolver las miradas de quienes me halagaban, cuando la tersura de los veinte años me hacía apetecible. Pero él encontraba en cada gesto una falta, en cada paso una infidelidad y así fue como empezó a marchitar cuanto había en mí. No tuve nada con ninguno de los que desfilaban en sus obsesiones, pero tampoco acepté que me impusiera llevar la contraria a mi naturaleza abierta y fresca que él confundía con prostitución. Sufría si reía en las recepciones, escapaba de inmolarse con su sable si algún cónsul expresaba un cumplido protocolario. ¡Fue terrible soportar tanta inseguridad en sí mismo!

La cena había sido grata y variada, aunque las copas de licor habían dejado de ser un aperitivo para transformarse en la antesala de hechos impensados. Ella estaba especialmente dispuesta a sacar sus más arraigados secretos, resguardada en la aquiescencia invariable de quien intuía que también el deleite tenía sus misterios, su grandeza, y de pronto hasta algo de candor tal como ella lo exponía. Era como aquellas vestales de la mitología, que cuando inspiraban un deseo inatajable se veían inspiradas a satisfacerlo. Y todo llevaba a la triste conclusión de que solo se sintió realmente bien cuando pudo ofrecer generosamente lo que para ella era un atributo inagotable: su belleza innegable y su coquetería infantil.

-       Washington me dio la oportunidad de cultivarme un poco y asesorarme adecuadamente para tomar mis decisiones -prosiguió- Pese al nacimiento de mi hijo Alexander estaba dispuesta a separarme y lo logré muy pronto. Para mí no fue nada complicado llevarlo a esos estados de efervescencia y ardor en los que nada ni nadie lo detenían, y lograr el testimonio de varios allegados se convirtió en la llave maestra para salir de la prisión en que me encontraba. Los jueces allí fueron muy favorables conmigo. La protección con que contaba y las restricciones que le impusieron preservaron mi integridad de la violencia que lo dominaba. Esto era prácticamente imposible en una sociedad tan machista como la brasilera. En Rio, con inusitada frecuencia los noticieros mostraban la escandalosa costumbre de maltratar a las mujeres con cualquier pretexto, llegando incluso hasta el homicidio.  ¡Así que obtenido el divorcio y los documentos, volví a ser libre! -concluyó.

-       Tal como lo cuentas, pareciera que hubieras sufrido una pesadilla sin fin.

-       Llegué a decirme que era un castigo de Dios por mis desvaríos…

-       ¿Lo pensaste?

-       Aún lo sigo creyendo. Es que me golpeó varias veces. Era… era. ¿Sabes?¡No me obligues a recordar eso!

El siguió observándola consternado ante el collage de aristas que afloraban y desaparecían mientras hablaba. No hubo en su lenguaje ambición por adquirir fortuna, sino una recurrente incapacidad para ceder o perder. Para ella era dulce tan solo recibir, pero jamás dar, y era evidente que usaba su astucia para convertirse en una calculadora, estricta y fría. Hubo un momento en que él quiso cortar su narración, pero Elaine deseaba depositar la carga de sus intimidades sobre la pequeña mesa, quizá para dejarla allí como todo su archivo de pequeñeces e iniquidades acumuladas.

-       ¡Es bueno que lo sepas todo! -añadió a trompicones- No pienso quedarme con nada, con la condición de que nunca vuelvas a rebujar en mi pasado.

-       No lo he intentado -replicó muy serio.

-       Mejor. Yo tampoco lo hubiera aceptado -dijo con leve aspereza- ¡Soy la dueña de mis actos y jamás permitiré que nadie me juzgue si no ha compartido las estrecheces y privaciones que padecí para llegar a donde estoy!

-       No lo hago. Simplemente no esperaba que me lo contaras. Perdóname, pero no entiendo por qué insinúas que soy yo quien está esculcándote. Estas equivocada.

-       Bueno, tú lo hiciste anoche. Hoy me corresponde a mí -dijo en tono conciliatorio.

Él se había puesto en guardia. Algo en los arrebatos pendencieros de Elaine lo retrotraían a un desafortunado ámbito de incertidumbres que le generaban profundo desagrado. Sin embargo, calló mientras terminaba su larga disertación. Ella se diluyó en la rememoración de varias anécdotas, muchas de las cuales se intercalaban con la permanente cita de que éste o aquel la enamoraban con insistencia, así esos flirteos no hubiesen progresado a nada más más serio o comprometedor. Pero era ostensible que se solazaba recordando la interminable lista de galanes que se doblegaban ante ella. Él pudo comprobar las dimensiones que adquiría el juicio que había hecho su madre pocos días antes:

-       “Han pasado tantas cosas que cuando se encuentren, difícilmente se van a reconocer. Ella aún no halla la verdadera compañía y se ha vuelto tan escéptica que no sé si tenga disposición para volver a empezar”.

Una hora después de divagar en torno al disfrute de las cosas buenas que tienen los Estados Unidos, él insistió en regresar a la casa. Elaine llevaba más de media botella y aceptó que lo correcto era continuar allá. La conversación, por otra parte, había incitado en él un cúmulo de interrogantes y desafíos que estaba dispuesto a confrontar. Ella, olvidando la prohibición de manejar bajo estado de ebriedad, aún pretendía seguir la rumba en otros escenarios, pero Joseph la convenció de hacerlo en la cómplice acogida de su residencia.

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