viernes, 2 de mayo de 2008

GARCIA ABAJO: LA HACIENDA DE UN FANTASMA LEGENDARIO

En abril, la callada muchedumbre de negros de la vereda El Barranco en el municipio de Corinto, abandona sus casas a las orillas del río Güengüé desde el amanecer. Una llovizna gris les provoca un atrancón de nostalgia, y un amago de tristeza inexplicable le estruja el alma. Es un mes que resuma un atafago de éxtasis y agonía para quienes tienen el privilegio de visitar la hacienda de García Abajo, en el norte del Cauca, sitio de incalculable valor histórico, conservado fortunosamente con un esmero intachable y un rigor de sacrificio que no tienen precio.

La grandiosa construcción, plena de valiosos secretos y rodeada de un halo de misterio, es la más artística demostración del siglo XVIII en nuestras tierras. Las “haciendas” como tales, nacieron en tiempos de la Colonia Española Para suplir el abastecimiento agrícola indígena ante el crecimiento de la población y las exigencias de Encomenderos y Mineros. Así fue como a fines del siglo XVII y comienzos del XVIII las primeras haciendas de valle del río Cauca surtían de carne a las regiones mineras del Viejo Antioquia y el Cauca Grande. Los hacendados vivían en Caloto, Santiago de Cali, Guadalajara de Buga y Popayán desde donde coordinaban el trabajo de sus peonadas y cuadrillas de esclavos. Una extensa bibliografía descubre como en 1688 los Arboleda compraron en 60.660 pesos de la época la Hacienda de La Bolsa. En 1777 don Francisco Arboleda adquiría la hacienda de Japio en 70.000 pesos a los Jesuitas, quienes no solo criaban ganado allí sino en Llano grande donde tan bien mantenían centenares de esclavos.

En el norte del Cauca sobreviven hermosas haciendas: Japio, Quintero, La Bolsa, Pílamo y Garcíabajo. Si bien un alto porcentaje de las tierras están dedicadas al cultivo intensivo de la caña de azúcar, en la mayoría subsisten pequeños potreros circundantes a las grandes mansiones donde pastan a placer algunas vacadas. Pero García Abajo tiene el privilegio de ser la memoria viva de una etapa grandiosa y trágica de nuestra historia, a la que debemos volver sin sobresaltos para entender mejor las intensas contrariedades que nos afligen.

La hacienda está ubicada a unos cinco kilómetros del municipio de Padilla a mitad de camino de agradable carretera pavimentada que une a Miranda con Corinto. Medio kilómetro adelante del “ puente de los esclavos” que se levanta sobre el río Güengüé bajo cuyos arcos descienden tormentosas y acorazadas en un lecho de piedras brillantes sus aguas cristalinas, se encuentra el camino de ingreso; la carretera bordeada de samanes centenarios que forman un arco de sombras bienhechoras invita a caminar e imaginar, cómo hace doscientos años el cabriolé o landó de la familia Mosquera, traslado a por el mismo camino a Ana Maria Crespo, hija natural del aristocrático tronco que daría tanto prestigio y tantos dolores de cabeza a la naciente república en el pasado siglo.

El camino hace una curva al final y de pronto bajo un concierto de gorriones y azulejos aventureros, el vuelo plácido de una garza extraviada y grupos dispersos de aves que viven a plenitud en el inmenso samán central, aparece la magnificencia del pasado en los múltiples arcos victoriosos de la gran casona y sus regias construcciones circundantes: los cimientos visibles de piedras pulidas, las columnas histriónicas delineadas con columnas antropomorfas e inscripciones egregias, amplios corredores cercados de chambranas talladas en madera, estratégicas ventanas entreabiertas, fuentes de helechos arqueados, y hojas rotas gigantescas que rivalizan con soberbios tinajones exhalando una frescura de encanto donde sobreviven sombreros de esparto dejados al azar sobre baúles sin tiempo y los altos asientos en cuero repujado. Aquí y allá grandes bateas de cobre reposan después de haber cumplido su cita con el pasado y a un costado emergen las huellas de los caneyes donde departían los esclavos y donde seguramente, anduvo cabriolando con los hijos de los trabajadores negros el niño rubio que estaba predestinado a representar mejor que nadie una alianza implícita y una empatía natural con los negros del Patía y del Norte del Cauca a lo largo de sus interminables guerras civiles.

Al anochecer una brisa fresca y voluptuosa que juguetea alrededor de la casa con las columnillas de humo azul que serpentean entre la llovizna, permite volver a escuchar el resoplido de los caballos y el cocear de las mulas en la cuadra, como cuando llegaba de paso, cubierta la capa impermeable por el barro del camino, el fantasma de esa mansión solariega, el pelo revuelto por la peso de la amargura, la casaca abierta, los bigotes ensortijados por el sudor y el polvo del exilio en los ojos encandilados por la resolana del trópico descubren de nuevo la varonil figura del general Obando.

Los contornos de García Abajo no son menos dignos de la tradición histórica que envuelve la región. Cerca de allí, de este y del otro lado del río, las “mamalúas” Yorubas continúan pitonizando los sueños de sus hijos y dándole a cada circunstancia de la vida el rigor fantástico que les viene de su cultura Africana. Desde entonces han transcurrido dos siglos, pero en los ojos de los negros aún yace la misma llama nostálgica que los mantiene atados al pasado impidiéndoles romper el cascarón de su soledad.

La historia ha comprobado el insólito fervor popular que acompañó a Obando en su vida pública. El haber nacido hijo natural de Ana María Crespo y el Cirujano español José Iragorri, combatir decididamente por España al comienzo de la guerra y mantener la dignidad como soldado de la revolución al lado del coro de aduladores que asfixiaba al Libertador, su enfrentamiento con el atildado abolengo que lo había desconocido y negado, no le impidieron llegar a la Presidencia de la Republica en hombros del populacho de la Sociedades Democráticas, los artesanos y las negrerías que engrosaban sus batallones. En 1832 como Vicepresidente elegido, se encargó de la alta dignidad por ausencia del titular, exilado entonces, general Santander. Y en 1853, contra todos los pronósticos que acompañan el vivac de un perseguido político, vuelve a ser electo. Haberlo conseguido le generó dolorosos enfrentamientos y odios viscerales que llevaron a sus enemigos a utilizar toda la gama de la falacia política hasta verlo derrotado, al punto que biógrafos respetables han encontrado en su existencia el “sino trágico de abril” : “en abril había tomado posesión del mando, en abril lo derrocaba Melo, en abril lo sentenciaba el Congreso a la pérdida de la investidura y moriría el 29 de abril de 1861, cuando paradójicamente por primera y por vez última peleaba una nueva guerra junto a su archienemigo primo hermano Tomás Cipriano de Mosquera”. En abril siempre llovizna en El Barranco. Es una época extraña, tal vez un poco triste.
(OCCIDENTE abril 22 de 1.994)

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