viernes, 2 de mayo de 2008

EL FAROL PERDIDO DE DIEGO TOBAR







Confieso con vergüenza que conocí a Diego Tobar, el famoso fotógrafo de Popayán, hace un cuarto de siglo en la pista de carboncillo del recién inaugurado estadio de la Universidad del Cauca. En ese entonces ya era un deportista consagrado, dueño de una disciplina infernal que lo mantuvo alejado de la realidad por varios años. Hoy, cuando desdeño temerariamente el dictamen de la balanza, él a duras penas exhibe una hipótesis de madurez en el pelo color ortiga y las sienes brillantes de canas impúdicas que contrastan con su frenesí juvenil de medio siglo.

Diego Tobar nació en Popayán junto a un monasterio convertido en hotel bajo el rigor de las campanas de cuatro iglesias que cercaban la casa paterna. Pero su vida intensa de fotógrafo profesional, sometida a la presión volátil de una caldera hirviendo, guarda paradojas y enigmas que solo sus amigos más íntimos pretenden conocer a cabalidad, puesto que sus actitudes iconoclastas y de gonfaloniero le impidieron para siempre depender de nadie. Delgado como un asceta, febril e impetuoso como un adolescente, inició estudios de ingeniería, se graduó en Geotecnia pero solo se le conoce por sus indiscutibles logros como fotógrafo. Un fotógrafo que sueña, o sea, un fotógrafo nada común, de aquellos que luchan con la llama interior que les provoca su creatividad plástica.

Cuando habla, los ojos brillan en el fondo de las órbitas, mientras las manos henden el aire a placer dando mayor énfasis a sus palabras y juicios.
-“Hice una carrera que no ejerzo, por necesidad de estudiar algo. Con poca vocación. Mi verdadera vocación es de artista y mi temperamento es romántico, por eso, lo que registran mis lentes va más allá de la forma y los colores. Más allá del paisaje en sí mismo. Creo que lo que uno busca recoger son los sentimientos más profundos”-dice con franqueza.
-Sin embargo la fotografía solo registra lo efímero- trato de insinuarle.
“La fotografía corta el tiempo en instantes y cada instante conserva valores inamovibles y únicos que jamás podrán repetirse” –explica-

Con una cámara en la mano se mueve con la voluptuosidad de quien se siente amo y dueño de las bellezas insospechadas del mundo.
-“Algunas sesiones y estudios me han quitado en pocas horas hasta un kilo de peso. El oficio me mantiene en forma” –asegura sonriente-

El momento más difícil comienza cuando se encierra en su laboratorio a descifrar el jeroglífico de las imágenes captadas, los sentimientos reflejados, las verdades aparentes y las mentiras reales que expresan sus personajes: aquel hereje con cara de santo, el tufo libídine de la adolescente indiferente, la gracia marchita y el hastío precoz de los niños de nuestro tiempo, el alarido de rencor que emiten las facciones cortadas a cuchillo de los caudillos en campaña, la mirada sensual bajo el sombrero blanco del líder guerrillero que olvida el título de la obra colocada estratégicamente sobre la mesa de trabajo junto a la cual posó:”Soy un hombre libre!”

La fama ha hecho que los políticos desfilen por su residencia –no tiene estudio- en busca del mejor ángulo para sus propósitos electorales. Por ello disfruta más que padece las intrigas y fastidios de la comedia política Caucana. De ahí que su obra bien puede encontrarse en postes y avenidas o decorando grandes salones y salas de espera de oficinas de renombre. Pero su verdadero escenario es el espacio vital de la tierra, el Parque Nacional de Puracé, el diáfano interrogante de la mirada de los niños de la costa, la otra cara de la medianoche, y por supuesto las calles de Popayán, sus adoquines, eslabones y empedrados coloniales, el arco victorioso de sus puentes, la argamasa de cal y canto de sus muros, los balcones de visillos empolvados y enrejados retorcidos por el paso de los años, el liquen verdoso de los tejados españoles o la perdida luz de los faroles en invierno.

Popayán es excepcionalmente bella. Pero al anochecer esta belleza se sublima y adquiere esos tonos sepia de las fotos viejas. Y como sobreviven personajes sui géneris, no es extraño que al paso de los años cuando abrimos el álbum encontremos uno de aquellos fantasmas que cada vez cuando se topan con Diego Tobar, le hacen el mismo interrogante:
-“¿Qué pasó con el farol que existía frente a la Casa Valencia?”-


(Publicado en OCCIDENTE el domingo 27 de marzo de 1994)

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